Después
que los eventos que condujeron al desenlace del infortunado Tomás Landa me
involucraran en su suerte, tuve acceso ilimitado a toda evidencia relativa al
caso. Esto fue así por cortesía
de la oficina de la fiscalía que nunca manifestó la menor intención de
presentar cargos contra nosotros. A
ese azar le puedo agregar los extensos testimonios del personal del Colegio San
Sebastián y de la misma Eugenia Martínez que presencié en la comisaría. A dichos testimonios le siguieron mis consecuentes
entrevistas con algunos de los implicados que tropezaron con mi propia demanda
de respuestas. De ese contacto con
la abundante evidencia, obtuve el insumo de sus complejos escritos y copias de
sus múltiples correos electrónicos. Otra
de mis fuentes más relevantes fue la colección de horas de video y audio
grabaciones que su computador conservaba y que destaparon muchos de los
pormenores de la historia que he relatado.
Han sido numerosas las horas que he invertido en mi voraz pesquisa e
incontables las notas que he tomado de sus extensos apuntes autobiográficos.
Este proceso me permitido atestiguar ciertos aspectos de la trayectoria
de este inquieto soñador.
Durante
aquella época leí el mamotreto varias veces además revisar una gran cantidad
de discos compactos repletos de la esencia de sus últimas andanzas.
En ese insólito periodo de mi vida, me paseé por insospechados
laberintos mentales e irreversiblemente cuestioné el todo mas de una vez.
Sin intención de hacerlo, me fui adentrando en las profundidades de un
mundo de causas sin altares mientras me despeñaba por las impacientes venturas
del raciocinio crítico. Ese duro
proceso, en conjunto con la fatalidad de haber sido el verdugo ejecutor de quien
se interponía como preceptor de mi propia conciencia crítica, me afectó mas
allá de la frágil cordura que nos cobija.
Paulatinamente, la entrega a la difusa abstracción me consumió hasta el
grado de desentenderme a ratos de la aprobada realidad.
Mis
superiores en el precinto policial percibieron que la situación ya se me había
ido de mis manos cuando me encontraron en un baño del cuartel escribiendo
desesperados versos en las paredes con gotas de mi propia sangre. Inmediatamente fui desarmado, suspendido de labores y
referido a ayuda médica. Mi casa
fue allanada y todo el material del caso fue retirado de mi posesión.
Todo excepto lo que pude esconder aquí y allá.
Una muestra de ellos toma vida en este desesperado tríptico que aquí
confieso.
Durante
mi estancia en esta institución psiquiátrica fui ayudado por múltiples
profesionales. Hoy les doy gracias
a todos ellos. Pero fue cuando
conocí la opinión del Doctor Campos que comencé a sentirme mejor.
Después que tantas horas de terapia y conversaciones, el Doctor Campos
me indicó que mi estado requería extrovertir las vivencias que me atormentan.
Anteriormente había tratado de comunicar mi dilema con prójimos que
persistentemente me pagaron con un pedazo de ingrata soledad.
No fue hasta una fría mañana de enero en que una revelación me concedió
el designio de mi propia salvación. Algo
me profirió desde un lugar que no alcancé ver y en una lejana voz que repetía,
“Escribe, Hazlo Ahora”.
Esas palabras continuaron rebotando en mi herido entendimiento por
semanas, día y noche, hasta que cedí rendido.
Desde
ese momento en adelante he colmado las páginas que he podido con aquello que
cargo en mis recuerdos y con la compilación de notas que no me han podido
arrebatar. Así han nacido estos
parcos escritos que reseñan solo dos cortas facetas de un largo sueño y que
inocentemente procuran desencadenar la sombra de mi efímero error.
Quizás así podré volver a ser yo mismo.
Poco
he tenido que aportar a estas dos historias.
Es mas lo que falta que lo que sobra en ellas.
Carestía que pese a mi insistente rastreo, se apodera del voluminoso vacío
que la “Imagen Central” impone. Sin
embargo, sigo y seguiré buscando, profundamente convencido de la existencia de
una trascendental faena escondida en los oscuros momentos de la parte inédita
de la vida de Tomás Landa, el soñador. El mismo que en una yunta de sangrientos papeles me entregó
la formula de su propio perdón y la certidumbre de que solo hemos rasgado una
ínfima parte de su aportación. Aportación
que rinde tributo a la inconformidad de sus espiritu y que como el mismo escribió
una vez, en cada uno de sus versos irradian presentes.
“Busco futuro en un sueño
y del pasado un deleite
pero coincido en lo eterno
de este verso presente.”
Dibujando en las nubes
canciones y amaneceres
me malgasto en los papeles
que denuncian mis costumbres.
Y permito que perturben
a mis espejismos de dueño
los engaños y empeños
de mis cincos sentidos
y como un niño perdido
busco futuro en un sueño.
Y me deshago del miedo
desempolvando amores
de paralelos horizontes
y laberintos del tiempo.
En mis noches reviento
como estrella impaciente
que extravía su oriente
y entre constelaciones
soy y no soy ilusiones
y del pasado un deleite.
Y retumbo en la puerta
meditando en la muerte
y desde mi íntima suerte
me visita la respuesta.
Que signo, la vida esta
sazonada de misterios
donde evoco y encuentro
mi dialecto olvidado
no soy futuro o pasado
pero coincido en lo eterno
Y me extiendo sin temor
acariciado por siglos
del ahora siempre vivo
revolucionario en amor.
Y sin ínfulas de salvador
subrayo lo inteligente
infinito y permanente
de cada lumbre humana
que remoza en la llama
de
este verso presente.
Por
eso insto y me atrevo a suplicar a cualquiera que haya atestiguado los eventos
que acompañaron al gótico poeta durante su larga y oculta faceta, a que libre
de miedos, narren su suerte y rescaten su fecunda obra. Desesperadamente ansío desplegar los hechos bajo la luz de
las palabras que el mismo escogió para darle forma a su verdad.
De esa manera no todo sería en vano y quizás pudiésemos comparecer
ante el componente esencial del Tríptico del Soñador ya sea en su aliciente
prosa o en su verso generoso. No me
importa como. Pero que advenga a
nosotros para vencer esta miserable culpa que roba el juicio y que
inclementemente sigue atando mis horas a las paredes de esta institución.
Desesperadamente;
Avelino
González
Pabellón
12 - Cuarto 1206
Hospital
Psiquiátrico de San Juan
Septiembre
4, 1999