El mamotreto

 

"Nada es más trascendental que

aprender a buscar la verdad

y nada es tan sublime

 como enseñar a encontrarla."

 

Todas las noches de insomnio son hermanas.  Pero aquella se convirtió en un lapso interminable dentro de una madrugada demasiado sobria.  La solemnidad que rige la etiqueta nocturnal se desvanecía en la rebuscada tarea de un diáfano corazón.  Una señal de luz distinta se recostó sobre el pavimento mojado reflejando la inquebrantable soledad de la vía.  El brote se filtraba desde una ventana ínfima y custodiada por una vieja tela metálica.  La apertura era tan humilde como la roída casa que respiraba por ella.  El aire incipiente de aquel manso recinto le permitía esconderse dentro de su propio vecindario obrero.  Dentro de una sólida estructura de paredes angostas y compartidas, se albergaban tres hogares pintados de colores distintos.  Yo pienso que esas casas adheridas, mal llamadas dúplex, le ahorran a alguien el deber y a otros el derecho.  Pero en fin, nadie protesta por los cimientos compartidos.  Por lo menos nadie que afirme su vida sobre ellos lo haría.

 

La luz profana procedía de unidad del centro.  Esta, además de ser la casa más pequeña, poseía las tonalidades más tristes y pasteladas de toda la cuadra.  Un balcón enrejado servía de recibidor de la tímida brisa y de hogar a un pequeño can intentando llegar a labrador de pelo corto que dormía pesadamente.  El escueto lugar era un espacio vital sin marquesinas, sin patio y demasiado apretado para entenderse cómodo.  Existía arqueológicamente adornado con decenas de variados tiestos que presentaban mas bien desconcierto de estilos y arquetipos.  Concreto, barro cosido, plástico y hasta corroídos envases de galletas servían de taller a las horticulturales manos de algún morador.

 

Sobre el marco de la puerta, la proscrita imagen de la Virgen del Pozo protegía la entrada de los mitológicos enemigos invisibles.  La calle, las plantas, las rejas custodias y las anexionadas casas dispersaban un aire de desgastada madurez urbana al suburbio inconfundible.  Nada le faltaba al reparto de Puerto Nuevo para alcanzar el decrépito honor de ser por siempre un barrio capitalino.

 

Una tenue melodía fluía proveniente de la fuente de luz desigual, borrando el silencio sacro de la madura noche.  Quien se desvelaba hasta las tres, perfilaba la delicadeza de escuchar repetidamente una macabra pero seductora pieza.  Extraño era que un martes cualquiera, algún curioso ser cometiera tal vigilia navegando en los acordes de la sonata de Bethoven, "Luz de Luna".  El misterio irreverente acompañó el luminiscente haz por otra hora más en el solitario silencio.  Solo algunos escasos autos chasquearon la ruta bañada por una triste lluvia, compitiendo sin saber con los eternos acordes del impulsivo y angustiado piano.  Entonces extinguida por el sueño, el juicio o alguna otra de esas crisis que ambulan, la tarea de luz y sonata cedió al silencio sensato y casi perfecto.

 

Tras casi cuatro horas inertes y fugases, un radio despertador impugnó el hechizo de Morféo.  Una metralla de estridentes incoherencias escapó disparada de un infernal enser electrónico.  Las noticias matutinas vivían la infame misión de desgarrar los sueños mañaneros, estrellándolos contra una realidad rigurosamente ruda y hasta cierta medida paranoica.  Una desenfrenada voz de ecos familiares desenlazó fatídicas frases del absurdo que hacer mundano.

 

 !!! Y AHORA LA GRAN NOTICIA DE LA HORA !!!...

!!! MAESTROS DEL DEPARTAMENTO DE EDUCACION ANUNCIAN PARO DE UN DIA EN EL SISTEMA PUBLICO PARA EL PROXIMO LUNES. !!!

 

Sólidos encabezados elaborados con un toque de malicia comercial violentaban la esencia del joven alba.  Entradas musicales desmesuradas separaban las toscas noticias mientras acentuaban su sensacionalismo radio difundido.

 

!!! EL SECRETARIO DE EDUCACION CALIFICA EL PARO DE INJUSTIFICADO Y ADVIERTE QUE SERAN PENALIZADOS SEVERAMENTE LOS MAESTROS QUE FALTEN A SUS LABORES !!!

 

!!! LA FEDERACION DE MAESTROS TILDA AL SECRETARIO DE EDUCACION DE MENTIROSO COMPRADO Y LO RETAN A....!TICK!

 

Una mano tallada en venas se izó desde las sábanas floreadas de un lecho tibio.  De una estocada certera desarmó al portavoz de rumores radiales, desvaneciendo abruptamente el ruidoso dime y te diré mañanero.  Emergió lentamente de su reposo, una figura blancuzca y poblada de años.  Una persignación y un “Gracias Señor por...”, inauguraron el día.  Decenas de fotografías familiares, un cuadro del Sagrado Corazón y recuerdos de un tiempo pasado recibieron a una leve señora de algunas siete décadas.  Sus cabellos grises ondulaban sin premura sobre un tierno camisón blanco.  En su rostro, parecían vivir desde hacía tiempo, varios pares de pesadas ojeras sembradas por el sueño o el dolor de la vida.  Con indicios de mareada pesadez se agarró de uno de los pilotes de caoba de su inmensa cama añeja.  Sentándose, sus pies cayeron exactamente sobre dos pantuflas peludas que yacían en el frío piso.

 

Se levantó y caminó hacia la puerta del guarda ropa con pasos soñolientamente rastreros y lentos como las horas más solitarias.  Husmeó ciegamente varias piezas de vestir dominadas por el negro y el blanco de un eterno luto.  Tomó una cómoda bata de algodón tendida a la derecha de todo y la miró como si la conociera desde siempre.  Vistió la sencilla pieza hogareña mientras se movilizaba pausadamente al baño.  En la ruta del baño a la cocina, se detuvo frente a la puerta de la segunda y última habitación que permanecía cerrada.  Cuatro palmadas en la madera y una voz estrujada por la morra matinal servían de señal imperativa.

 

 “¡Cariño!, a levantarse que ya es hora...”

 

La dama sin más contemplaciones, continuó su ruta calmosa hacia la cocina.  Un cerillo grande le bastó para revivir dos viejas hornillas y velón conmemorativo de San Judas Tadéo.  Un rutinario cambio de agua a un jarrón de ya no tan olorosas azucenas terminó con los preámbulos.   Rápidamente se definió un menú de huevos revueltos, tostadas de pan criollo, jugo y café con leche.  Entre los aromas se entrelazó un tirón de puerta en el pasillo y una voz en la cocina.

 

 “Vamos Tomás, que se te hace tarde... Ya el desayuno está listo...  Oye, acuérdate de levantar la tapa...”

 

En el baño se escuchó un chorrito de orín repicando acompañado de otros ruidos clásicos de esas gestiones.  Luego de algunos minutos, se divisaron dos desayunos servidos sobre una pequeña mesa comedero vestida con un descolorido mantel plástico.  El comedor como todo en la casa, estaba pintado de modestia y decorado con honrada austeridad.  Un último aviso apresuró aún más la mañana apremiante.

 

 “Oye, se te va a enfriar si no vienes ahora...”

 

De la penumbra del pasillo surgió una figura descalza, despeinada y más pequeña que la dama.  Se estrujaba los ojos con manos dormidas mientras caminaba hacia la vieja que ya esperaba sentada pero sin probar bocado.  Un beso afín y un pequeño abrazo rompieron oficialmente el día.

 

“Bendición Mamita...”

 

Ella aprovechó el mimoso intercambio para peinar y desestrujar un poco el pequeño reguero humano mientras lo obsequiaba con su bendición.

 

“Que el Señor te guarde y te acompañe mi amor...”

 

El niño se tenía una pinta muy propia para su edad primaria.  Sus ojos y orejas ligeramente grandes, su nariz redondeada y su cabeza desproporcionada en referencia a su cuerpo.  Sus bien definidas facciones litigaban con la inocencia de sus manos y su desaliñada cabellera negra.  Su estatura y peso brindaban indicios claros de que aquel varón apenas inauguraba la vida con ocho o nueve años.  El crío compartía con la dama la mayoría de su genética facial aunque la brecha generacional era distante.

 

“¡Hum!... Huele bueno. Que te aproveche, Mamita”

 

Afirmó el chico mientras se sentaba en la silla contigua a la de la anciana.  Comió muy entusiasmado pero con los típicos modales de su breve edad.  Lucía una camisa tipo polo blanca y un pantalón escolar negro de una tela cercana al mahón.  Un monograma en el corazón de la camisa ilustraba: C.S.S. - Puerto Nuevo. Los estirones y bostezos del pibe obligaron a la dama a imponer un tema en aquel desayuno.

 

¿Te acostaste tarde anoche?  Cuando quedé‚ dormida se escuchaba tu música todavía. ¿A que hora te acostaste?”

 

El pequeño evadió la mirada inquisidora de su comensal mientras le contestó en un tono casi imperceptible.

 

“No sé que hora era pero estaba terminando el proyecto de la clase de Estudios Sociales.  Tengo que entregarlo hoy.” 

 

Sin dudar un ápice de lo escuchado, le aconseja la mujer con una natural maternidad.

 

“Lo que no quiero es que te amanezcas tanto para que después te duermas en las clases.  Por favor Tomás, hazme caso y acuéstate‚ más temprano esta noche. Te desvelas demasiado y un niño como tu, tiene que dormir mas.”

 

El chiquillo asintió sabiendo que esa había sido solo una de las muchas noches insomnes que le perseguían.  Sin embargo, evadió todo conflicto con su consejera. 

 

“Oquei Abuela… está bien, hoy me acostaré temprano.”

 

Una vez terminado el desayuno, el menor se marchó a su habitación para terminar de vestirse.  En su aposento lucían afíches alegóricos a populares largo metrajes sobre intergalácticos viajes fantásticos y superdotados héroes.  Recortes poco ágiles de los más recientes personajes de ciencia-ficción decoraban una pared cercana a la cama.  Dibujos de calidad aceptable eran desplegados en la puerta del guarda ropa simulando una pequeña galería.  Entre los trabajos más coloridos, figuraban unos relativos a barcos antiguos y dos sobre castillos medievales.  Un pequeño escritorio hecho de un material que pretendía plagiar madera, un radio grabador manufacturado en la República China y una vieja enciclopedia castellana de quince tomos sobresalían como las piezas más meritorias del precoz aposento.

 

Una vez acicalado, el pequeño levantó el pesado colchón de su cama y tomó un colorido cuaderno ilustrado que leía, "El Capitán Sol".  Aquello era nada más y nada menos que un álbum para coleccionar estampitas relativas a otro comercializado héroe dentro del fantástico y lucrativo mercado de los niños.  Su increíble historia era vendida diariamente por televisión mediante una serie de dibujos animados y una línea de juguetes, que por cierto eran demasiado caros para él.  La no tan original leyenda épica relataba que el Capitán Sol además de ser un héroe sobrenatural, poseía cualidades de carismática estrella de la música "rock" a nivel universal.  Los ojos del niño destellaban alegría al manipular el apreciado álbum y varias estampillas que tomó sigilosamente del mismo lugar.

 

Cerca del escritorio reposaba un inmenso maletín escolar color café cortado y tan grueso como la fatalidad griega.  El niño inhaló fuerzas para levantar firmemente el angustioso bulto.  Su cuerpo se curveó hacia el lado opuesto de su mano ocupada, haciendo un acto de balance.  Un impostergable trayecto de un kilómetro comenzaba en aquel estrecho momento.  La los acostumbrados besos tibios de la septuagenaria y la agites frenéticos dela cola del perro.  La bendición de despedida fue complementada con instrucciones costumbristas de última hora.

 

“Tienes el pago del colegio en tu bolsillo y por favor no te olvides del programa de las carreras.”

 

El escolar caminó sobre una acera angosta e invadida varias veces por autos estacionados sin compasión alguna en el tramo correspondiente a los peatones.  Los casuales obstáculos  encendieron mas las imágenes mentales que brotaban de la fértil fantasía del pequeño.  Caminando con sumo cuidado para no pisar las líneas divisoras de la senda, viajaba Tomás en un imaginario helicóptero de reconocimiento.  Los charcos de lluvia los figuraba en apacibles lagos y la grama de los patios en espesos bosques poblados de seres que saludaban su paso.  Para él, los inconvenientes autos eran siempre gigantescas montañas que se le atravesaban en su aventura mañanera.  Como casi todos hacemos, aquel niño acortaba la distancia soñando en grande.

 

Previo a divisar la disecada silueta colegial, sintió la gritería silvestre de cuatrocientos niños.  En la tercera esquina, avistó un plantel de dos pisos coloreado de un aburrido amarillo escolar.  Una imagen comatosa de un santo hombre semidesnudo se levantaba en bronce ilustre próxima al acceso central.  Aquel martirizado a flechazos recibía el caótico comenzar mirando al cielo como quien implora; “¡Dios mío... Otro día!”.  Una primera piedra simbólica reposaba al pie de la imagen, portando una placa de bronce.  Encabezaba en grabadas letras góticas, "COLEGIO SAN SEBASTIAN".  En letras de molde figuraban la fecha de fundación del ilustre centro y una lista de responsables o interesados nombres de alcurnia.

 

Los padres y madres se despedían de sus vástagos en formas tan variadas como el caótico séquito de automóviles que conducían.  Tres niños desmontaron de un Gran Marquís con caras de realeza española y repartiendo secos cariños protocolarios.  Una pequeña que llegó en un Volvo negro le pidió a su padre un poco de dinero.  El padre le confió un cheque firmado y con la cantidad sin especificar.  Una madre que manejaba un sub compacto japonés arrastró sus dos atribulados hijos en el pavimento en una desbocada carrera contra un reloj de responsabilidades atrasadas. 

 

Mientras los padres trastornaban la mañana, los niños componían su orden natural.  Ya dentro del colegio, los alumnos se aglutinaban en bandas espontáneas que discriminaban por variados criterios.  La segregación por género, grado y otras diferencias adquiría forma sin que nadie la coordinara o le importara.  Entre ellos, sin embargo, no existían divisiones por condición social de sus familias, tendencias políticas, rangos profesionales de sus padres, coloración de la piel o por la pronunciación de sus apellidos.  Solo los intereses propios de los niños interferían en la espontánea tertulia matutina.

 

El desvelado Tomás cruzó el portón del colegio tras veinte minutos de faena tambaleante, varias misiones de su precoz imaginación y seis cambios de mano para aliviar la extenuaste carga.  Otro niño de su misma edad y estampa, pero procedente un hogar próximo al colegio, arribó en auto al mismo tiempo.  Un extravagante pero natural intercambio de saludos se produjo al avistarse ambos al umbral del recinto.

 

 “¡Tomasito... Mamaíto!”

 

Le profirió uno con sagacidad águila mientras el otro le ripostó un zarpazo similar.

 

 “¡Luisín... Cagalín!”

 

Ese fue el verdadero comienzo de aquel incontenible día escolar.  Allí se omitieron todos los rigurosos ademanes que damos por muy sociales.  No hizo falta apretones de mano, referencias al bienestar de las familias, ni siquiera intercambiaron un hola.  De allí en adelante, sus realidades comenzaron a nadar en la volátil idiosincrasia de los niños.  La conversación entre ellos fluyó cómodamente y con cierta sinceridad profana. 

 

 “¿Trajiste el  álbum Mamaíto?”

 

 “Seguro Cagalín. Con quien tu crees que hablas… Y tú... ¿Trajiste todas las estampas?”

 

Luis sacó de su bulto un libro y dentro del mismo encontró un sobre conteniendo alrededor de treinta coloridos papelillos muy bien cuidados y sistemáticamente organizados.  Los niños se sentaron inmediatamente en un banquillo a la diestra de la imagen del mártir portero.  En el mismo lugar donde pasaron la mañana anterior tertuliando sus párvulos intereses. 

 

Quince minutos de intercambio didáctico giraron en torno a las estoicas colecciones de estampillas y del álbum vestido de comercializada odisea.  La satisfacción de ellos no radicaba en complicadas presunciones o en severos estigmas rebuscados.  Dependía más bien en presupuestar anticipadamente más estampillas para ese día y de disponer sanamente de la desocupación esporádica que provee el horario escolar.

 

Un sólido timbre activó un aviso frenético imponiendo una dominante orden de avanzada.  Post infantes, niños y preadolescentes comenzaron un desfile turbulento hacia el corazón arquitectónico del colegio.  En una pequeña plazoleta cobijada por la sombra de cuatro robustos robles se acomodaron en orden de grados y consecuentemente por orden de tamaño.  Niñas a un flanco y niños al otro, enfilaron casi todos sin requerir instrucciones verbales de ningún tipo.  Luis y Tomás se integraron a su camada escolar sin dejar de conversar sobre el Capitán Sol y sus inverosímiles aventuras.  Repentinamente, una escena típica de la hora transformó la faz de Tomás que observaba con extraña indignación.  Desde su lugar, vigiló la actitud inerte de algunos desalineados preadolescentes y comenzó un tema que poco competía a su cuate, Luis.

 

“Se supone que son los más grandes y son los más lentos en organizarse.  Es más, algunos nunca hacen la fila como nosotros. Hasta les gusta que los vean lucirse desobedeciendo.”

 

Otro compañero que escuchaba en la fila, brindó una respuesta simplista que le negaba un poco de satisfacción a Tomás.

 

“Lo que pasa es que ellos son grandes y se "bufean" a los maestros.”

 

Tomás, continuó mirando el desaire organizacional que representaban los jóvenes y le contestó a su compañero algo carente de inherencia en aquella fila.

 

“Yo se lo que pasa.  Ellos le perdieron el amor por la escuela.  Por eso todos los días buscan otras cosas, aprenden menos y desobedecen más.  Se supone que sean mejores ahora y no lo son.  Han dejado de querer a la escuela. “

 

Luis lo miró con unos ojos chillones y le dijo bufonamente.

 

“Yo le perdí el amor a la escuela desde kínder."

 

Otro niño en la fila fue más severo y bizarro.

 

“Yo desde antes de "kínder"”.

 

A lo que Tomás le perdió el interés en aquel instante fue a la conversación unidireccional en que él mismo se había entrampado.  Siempre he pensado que entre niños como entre algunos adultos la perspicacia suele premiarse con el acoso de la soledad.

 

En esos momentos, una dama de algunos cuarenta años y setenta libras de sobrepeso se acercó a la fila estudiantil y comenzó un conteo automáticamente rutinario.  Un estampado traje propio de un remate en una tienda de descuentos delataba su no tan saludable situación económica.  La maestra saludó a algunas de las niñas con suaves palmaditas en la cabeza mientras enderezaba la inquietante fila.  Utilizando una voz tronada muy bien practicada pero maternalmente modulada, demarcó las directrices de rigor.

 

“Buenos días Cuarto Uno. Vamos a entrar al salón en silencio y cuando lleguen, por favor, se sientan tranquilos.”

 

A los niños que continuaron hablando, la maestra les hizo llegar el mensaje personalmente y con un acento ya no tan maternal.

 

“Cállate Manuel, despierta Tomás y camina….”

 

Otro timbre retumbó y los menores comenzaron a caminar a buen ritmo hasta una puerta rotulada;  Señora Quiñónez 4-1.  Una camada automática penetró a un salón trilladamente obvio.  El escenario emulaba atavíos propios de un hospital psiquiátrico de principios de siglo.  Un crucifijo, un cuadro del venerado mártir y un tablón de edictos con quince dibujos de rosarios decoraban arcaicamente el salón.  Un pequeño escritorio sin gavetas y sin adornos personales, un par de abanicos de techo con edad para retiro y un perseverante sillón de oficina servían de subsistencia para la profesora. 

 

Los niños ocuparon sus lugares esperando algo que les abordaría desde algún inalcanzable lugar.  La maestra observó los asientos que quedaron vacíos para tomar nota de los ausentes, que no eran muchos.  El acostumbrado recibimiento irrumpió ciegamente desde lo alto de la pared frontal de la habitación.  Una voz femenina de desgastado acento aragonés, repartió discordantes mensajes.  Por medio de un íntercomunicador electrónico, portaban mecánicamente la deshumanizada gestión institucional.  Un Padre Nuestro, una canción religiosa irrelevante y un recordatorio de que todos deberían tener las cuentas del colegio al día eran las bendiciones de llegada.  Hasta la maestra consideró el gesto oficial un poco imprudente.  Sin embargo, la emisaria educativa no se aventuró a emitir comentario alguno. 

 

La gestión académica despertaba entre recuerdos borrosos que desenlazaba la instructora sobre una pizarra verde opaco y chamuscada por la tiza y el abuso.  La mujer comenzó escribiendo la fecha corriente y una serie de palabras desacentuadas adrede.  Se armó de una letra algo estilizada y del tamaño de su palmo para restringir algún desenfreno de preguntas.  Dos niños rieron y comentaron clandestinamente que la maestra movía las partes traseras cuando escribía el que hacer en la pizarra.  La señora Quiñónez, al percatarse de la mofa licenciosa, les indicó en forma estrujada que se equiparan con la tarea asignada.  Uno de los niños denotó en su cara un profundo vahído estomacal, delatando su desafortunado incumplimiento.

 

Poco después comenzó un cotejo de cuadernos que estropeo el estreno del día al desarmado niño.  Palabras próximas al insulto y nada estimulantes premiaron la  inconsistencia del muchacho.  El compañero que contó con un trabajo completo, recibió una dosis menor de regaños, que no comparó con la tanda de su desafortunado cómplice.  La clase de español, apenas pudo sobrevivir entre copiar en la pizarra, regaños y otro par de inoportunas interrupciones.  Netamente la mitad del período asignado se atascó en el perdido pantano de burocracias escolares.

 

Seguido, dio inicio la próxima clase, la difusa materia obligada, el confuso teorema lingüístico, la clase de inglés.  Aquí la monumental tarea correspondía a otra profesional de la empinada tarea educacional.  La Señora López entró al salón 4-1 con un firme grito de guerra.

 

“Good morning students!”

 

Un coro irrelevante compuesto por dos tercios del grupo reciprocó automáticamente y con un acento inglés poco convincente y un tanto híbrido.

 

 “Good morning Misis López!”

 

De ahí en adelante, desvaneció aún más el vínculo comunicativo entre la señora López y el Salón 4-1.  Mientras los niños miraban a la maestra transparentemente, ésta los azotaba con sonidos invisibles para la mayoría de ellos.

 

“Today is Tuesday, and every Tuesday we work on grammar.... blah, blah, blah, blah, blah, blah, blah, blah, blah, blah, blah, blah, blah, blah, blah,”

 

Para Tomás, esa era la hora más larga de las veinticuatro provistas por el día.  Disimulaba afirmativamente con la cabeza cuando la maestra lo miraba.  Por dentro se sentía realmente indefenso dentro de la orquestada falacia.  Cuando la Señora López se marchó, él y Luis respiraron de alivio y se miraron con cara de no entender un pepino angolo.

 

A cargo quedó otra vez la señora Quiñónez quien volvió de un café y cuatro chismes de pasillo‚ que le reconfortaron el alma.  En esta ocasión, la maestra manejó la situación de manera más efectiva y dispuesta.  La clase de Estudios Sociales era su favorita y también la de algunos de sus aprendices.  En la pizarra escribió el tema del proyecto que había asignado desde hacía dos semanas; ¿CUAL ES LA IMPORTANCIA DE LA ESCUELA EN PUERTO RICO?  Instrucciones de último momento señalaban claramente las reglas de terreno.

 

“Muy bien niños!  Recuerden que cuando les llame, se ponen de pie y leen la introducción del trabajo para evaluarla.  La parte escrita la entregan para corregirla después.  Tienen dos minutos cada uno para leer la introducción.  El que no entregue el trabajo tiene dos efes y no quiero peros. Quiero ver las manos de los voluntarios para comenzar.”

 

Un silencio sin manos invadió el salón.  Ninguno, aunque preparados, quería comenzar tan innovadora tarea y mucho menos voluntariamente.  Primero alguien se debería prestar como holocausto para que los demás se beneficiaran de su temeraria experiencia.  Al no contar con voluntarios, la maestra sin pensarlo mucho, depositó la pesada responsabilidad en una de sus mejores alumnas.

 

“Cristina Ramírez, vamos, comienza tú mi amor.”

 

Una niña inmaculadamente castaña y pulcramente vestida se levantó de su santo pupitre, primero en la fila del centro del salón.  En sus manos sostenía un papel de tonalidad rosada, escrito diáfanamente con una caligrafía virtuosa.  El silencio no había abandonado el salón y las miradas se concentraron en la niña señalada.  Comenzó una lectura bendecida por la buena dicción, la soltura, la fluidez y una sonrisa.  En menos de dos minutos todo había terminado.  Fue un recuento cuasi “literátum” de la sección seis del capítulo dos del libro "Conociendo a Puerto Rico".

La discutida sección relataba una increíble epopeya que comenzaba con las primeras escuelas privadas españolas, mencionaba brevemente a “el maestro de los pobres” Rafael Cordero, recalcaba la pesada influencia norteamericana y terminaba con la idealización positivista de la educación actual.  En la página final de la ilusoriamente llamada "La Educación en Puerto Rico" tributaba con una enorme fotografía de “Su Excelentísima Reverendisima Eminencia El Cardenal”, brindando una charla a sonrientes niños de colegio.

 

Muchas de las oraciones del libro fueron leídas “verbatin” y la aportación original se limitaba a la mera sintetización de las ideas más importantes.  Esto era algo obvio, ya que a esa edad los alumnos están para meras síntesis a duras penas y algo de análisis surgiría con la llegada de cierta madurez académica.  En palabras llanas, Cristina hizo lo que se esperaba de ella, identificó las ideas centrales y las leyó en clase mas que aceptablemente.  La maestra muy complacida, la felicitó y estampó una "A" en su registro escolar.  Un pequeño proyecto de seis páginas a manuscrito fue entregado para terminar con la odisea de la pequeña.  La Sra. Quiñónez ojeó el trabajo cerciorándose que todo estuviese en orden sagrado.  En el proyecto se ampliaron los temas mencionados en la introducción y se incorporaron puntos encontrados en otras fuentes externas.  Esto entusiasmó a la Sra. Quiñónez que le obsequió un ramo de frases elogiantes en su dramático tono maternal.

 

Otros tres niños fueron llamados al deber en un orden caprichoso y brindaron resultados muy similares.  Repitieron inclusive la hermosa y lejana historia del maestro Cordero.  La maestra sin embargo, estrechó su margen de aceptación y los evaluó con "B" a cada uno de los informes orales.  En los correspondientes trabajos escritos se observaron trazos muy similares al de Cristina pero con una menor precisión gramatical. Para el quinto turno la maestra colocó su mirada sobre el registro y encontró un nombre entre todos.

 

“Tomás A. Landa Hernández, su resumen por favor.”

 

La maestra estaba prácticamente automatizada al momento de evaluar ese quinto informe.  Miró su reloj para liquidar el tiempo invertido.  Tomás se incorporó y miró su introducción con sudor en sus manos y poco de frío en su alma.  La maestra pidió que comenzara la farsa.  En diecisiete años de experiencia en el mismo grado y en la misma clase, la Señora Quiñónez había acumulado un vasto anecdotario.  Sin embargo, nada se aproximaba a lo ella que estaba a punto de presenciar.  Tomás comenzó a leer muy calmadamente y con las debidas pausas, un decreto retórico nunca antes visto el salón Cuatro Uno. 

 

“La Educación es como una mesa.  Pero una mesa de tres patas.  Una de las patas de la mesa es la Escuela, la otra es la Familia y la última es el Estudiante.  Lo importante en una mesa de tres patas es que todas sean más o menos el mismo tamaño.  Si no, lo que esté‚ sobre ella podría caerse.”

 

Tomás tomó una larga bocanada de aire y continuó leyendo su insólita presentación.

 

“Sobre el tope de la mesa es queda la verdad, donde se sostienen todas las cosas.  Si una de las patas es menor, lo que está encima de ella, se podría derramar hacia la mentira.  El trabajo de la educación es balancear la escuela, la familia y el estudiante para que nada ni nadie caiga fuera de la verdad.”

 

Tanta metáfora difundió consternación general y levantó una susurrada burla insurrecta.  Los compañeros de clase lucían confusos unos y riendo a boca tapada otros.  La maestra sólo pensó que el niño no podía estar actuando en serio y que pagaría caro su atrevimiento.  Sin embargo, la señora se percató de que algo de aquel revolú de la mesa trípode, contenía un rebuscado sentido en algún lado.  Una inquisitiva pregunta surgió interrumpiendo la perturbante exposición.

 

“¿Tomás Landa dime por favor... qué es eso que estás leyendo?”

 

El niño, sudado de manitas, se impresionó un poco, pero no se dejó descarrilar:

 

“Misis... Mejor dicho... Señora Quiñónez, esta es la introducción a mi trabajo.”

 

Una maestra de tanto millaje, no quería permitir que aquel atrevido se quedara enmascarado en su supuesta manifestación literaria.  Armándose de una sutil paciencia, la señora le hizo el juego sin acusarlo de nada directamente.  Dado que aquel evento no era algo muy común, procedió con inútil prudencia.

 

“ Muy bien Tomás,  ¨¿Dónde está la educación de Puerto Rico en todo esto?”

 

El tembloroso niño señaló estoicamente su papel parcialmente estrujado.  Sin añadir palabras solicitó con un gesto la oportunidad de continuar la interrumpida presentación.  La maestra permitió que prosiguiera, pensando que el impostor se hundiría más en su complicada trama.  El pequeño ubicó sus dedos sobre el papel localizando el último párrafo leído y remató la inspiración anterior con cierto grado de culminación esgrimista.

 

“Bueno yo iba por... que no se cayeran de la tabla... ah... aquí...”

 

“Sobre la firmeza de la verdad y la participación de todos se sirve la educación.  Allí, juntos se alimentan siempre los hombres y mujeres libres.  Nuestro deber es el de crear una gran mesa, de fuerte patas, hecha de la madera del sentido común.  Sobre su tope siempre quedará firme el más importante banquete, el futuro del país.

 

La aturdida maestra no pudo encontrar por donde entrarle al dilema parabólico.  Su gesto facial ofrecía un discurso sobre el punto medio entre el escepticismo y el éxtasis.  La académica pensó que indudablemente el chico era un maldito tramposo o un curioso lector de viejas citas.  Pero todo desbordaba un sentido mas allá de la situación inmediata.  Su programada mente se debatía entre la automática objeción y el aplauso.  Por primera vez, en diecisiete magisteriales años, la Sra. Carmen Matilde Quiñónez Peña vivió el impulsivo deseo de verbalizar su adjetivo literario favorito.

 

“¡Tomás, eso es... sublime!”

 

Aunque los niños acentuaron la risa, Tomás sonrojó de complacencia inocente.  Pensó que por fin había llegado el momento de cosechar el producto de sus noches vestidas de insomnio.  Escudándose en el ánimo atónito de su instructora, que yacía indigestada de símiles, el niño comenzó la segunda fase de su épica tarea.  Colocando su enorme maletín escolar sobre el tope de su pupitre, sumergió lentamente ambas manos dentro del mismo. 

 

Con cierta dificultad sacó una grotesca gruesa de libretas escolares grapadas entre sí por sus portadas.  Parecían ser seis cuadernos económicos sin forros protectores y con muchas de sus páginas curtidas de amarillo por el uso o el tiempo.  Explotaba la clase de curiosidad y el silencio se repartió entre los ojos inquietos de treinta y dos niños y un adulto.  Sin que nadie pidiera nada, Tomás entregó la misteriosa yunta de pliegos a la maestra.  Esta la miró con cierta cautela felina y sin ojear su contenido.  La Señora Quiñónez le preguntó desubicada:

 

“Y ahora, ¿Qué‚ rayos es esto?”

 

 Tomás comenzó a brindar justificaciones temblorosas y alejadas de respuestas relevantes.

 

“Misis... perdone la presentación pero no lo he podido pasar en claro.  Además, yo no sé maquinilla.  Misis... perdón, Sra. Quiñónez...  ¿Está bien?”

 

De primeras, la maestra no pudo contestar su  inquietante pregunta.  Pero, arremetida por la curiosidad, abrió la primera portada de la colección y leyó silenciosamente un encabezado inaudito.

 

   Pensamientos sobre la Educación y sus tres cosas mas importantes:

            La escuela, la familia y el estudiante

            Por: Tomás A. Landa Hernández 4-1

 

Todavía a la educadora se le imposibilitaba asociar el enigmático lote que le pesaba en sus manos con la asignación requerida, con la clase de estudios sociales y con el niño.  Silenciosamente asumió facciones ecuánimes, respiró profundo y comenzó un inquieto pasar de páginas.  Todas las hojas estaban escritas a lápiz por ambas caras.  En mucha de ellas se atestiguaban rastros de amplios borrones nerviosos y manchas de grafito.  La letra era indudablemente la de Tomás pero a veces se tornaba más indescifrable que de costumbre.  Las divisiones entre párrafos y secciones no parecían estar muy definidas. Tampoco los márgenes habían sido respetados en lo absoluto.  Después de ojear varias páginas, la maestra cerró el manuscrito y observó sus tres pulgadas de espesor.  Sin mucha ceremonia lo colocó sobre su escritorio y caminó lentamente hasta el lugar de Tomás.   Allí en un tono sobrio que disimulaba serenidad le repitió la pregunta.

 

“Tomás Hernández, ¿Qué fue lo que tú me entregaste? ¿De donde lo copiaste?”

 

El niño se sintió un tanto intimidado a consecuencia de la proximidad de tan voluminosa pedagoga.  Enterró su avergonzada vista en el tope del pupitre y pausó para desarrollar una salida.  Una respuesta empañada por una voz muy apagada llegó al estrado.  Con todo y su tímida voz, sus palabras retumbaron en la curiosidad y el silencio imperante del salón.

 

 “La asignación, Misis.  No la copié.  Yo la escribí de mi imaginación.  Esa es la asignación.” 

 

Uno de los niños más próximos, se adjudicó chillonamente dotes de padrino.

 

“¡Asignación, eso en un tremendo "Mamotreto!”

 

La risa se dispersó inmediatamente entre todos los niños.  Aquellos revoltosos comenzaron a dar aportaciones llenas de la cruel ironía niña.

 

“¡Chacho, tienes dos Aes.  Es más, pasaste el grado!”

“¡Con eso Tomás se gradúa de la universidad!”

“¡Eso es un testamento!”

 

La maestra se percató que Tomás estaba a punto de llorar debido a los epítetos proferidos a su documento e intercedió inmediatamente.  Para asumir el control de la jauría esta descargó estrepitosamente sobre todas las mofas.

 

“¡Silencio que esto no es una gallera!  Exijo respeto por su compañero.  El próximo que comente media palabra, tendrá algo más que contar en su casa hoy... ¡Caramba!”

 

Esta interjección era una de las más cargadas permitidas por el reglamento, aunque el manual no mencionaba nada sobre acentuarlo con tanto coraje.  Repentinamente el silencio regresó por quince segundos muy largos.  En ese momento un timbre extremadamente oportuno cerró el telón para esa clase tan arrebatada.  Los niños de otros salones comenzaron un apresurado bullicio hacia el patio.  No había oposición al toque de queda del salón 4-1.  La maestra los despidió con una clara e irresistible advertencia.

 

Van a salir al recreo en silencio.  No quiero que nadie comience a burlarse de Tomás ni quiero que hagan comentarios o chismes de esto. Si entendieron, entonces pueden salir.“

 

Sin mas instrucciones, comenzó un éxodo pausado y silente hacia el patio.  Tomás, en vez de salir, se acercó a la consternada maestra y devolvió su única duda.

”Señora Quiñónez... ¿El trabajo está bien?”

 

Rústicamente, la maestra evadió el comprometedor punto y le prometió una pronta respuesta.  Sin mucha ceremonia le instruyó a Tomás a que se fuera al recreo como si nada hubiera pasado, a lo que el niño accedió con calladas reservas.  Cuando todos se fueron, la dama cerró la puerta de su salón de clases y se sentó en su escritorio.  Acompañada del silencio y la soledad y con una despistada curiosidad meditó un por par de segundos sobre la evaluación del informe oral de Tomás.  Aunque sentía una satisfacción curiosa con su contenido, todavía reservaba dudas de su misterioso origen y de su oficio en la clase de estudios sociales. 

 

Para proseguir con la vida, en el registro anotó una "B" furtiva que justificó íntimamente.  Demasiado largo, muy complicado y ambiguo fueron los argumentos que afectaron el proceso  mental de la evaluación.  La maestra racionalizó que la presentación no era lo requerido y que el niño se atribuyó otras directrices.  Cerró el registro de notas y se topó irremediablemente con el otro dilema de Tomás, su descomunal trabajo escrito.  Tomándolo a dos manos, comenzó a explorar sus pliegos parsimoniosamente hasta que escurrió sus dedos sobre en una página al azar y leyó las primeras líneas.

 

"El hambre de aprender es distinta al hambre de comer.  Uno come porque lo necesita y aprende porque lo desea.  Sin embargo ambas cosas son necesarias para sobrevivir.  El deseo de aprender aparece en los estudiantes según entiendan la importancia propia de lo aprendido. Entre más entiendan que es importante más hambre tendrán."

 

Sencillo, admirable y inspirador, pero la señora Quiñónez no encajaba lo leído con un autor de nueve años.  El plagio, el fraude o la desilusión no se podían descartar tan temprano.  Había que leer un poco más, antes de tomar cualquier decisión.  En el segundo cuaderno introdujo su pulgar derecho y husmeó otras líneas no menos intrigantes.

 

"La pesada figura de la verdad es de formas irregulares.  Según desde donde el observador la mire, así la entenderá.  Sin embargo, ella es sólo una, aunque con muchas caras.  El estudiante debe rodear la figura de la verdad y observarla en todas sus caras para afirmar que la conoce.  Existen a veces cosas que nos impiden ver las otras caras y allí es donde un maestro bueno tiene que modelar la figura.  Quien sólo conoce o quien sólo quiere mostrar un lado de la verdad no es el mejor maestro.  A veces partes de la figura se esconden tras los prejuicios y otras manchas que el buen maestro debe limpiar.  Pero un estudiante puede obstinarse en ver sólo un lado de la figura, sentándose frente a ella sin moverse.  Entonces la parte difícil es para el maestro, que está retado a rotar tan pesada carga.  Por eso es preferible que el estudiante circule a voluntad propia en vez de que se le acostumbre a que le roten la figura."

 

La Sra. Quiñónez cerró el manuscrito y sonrió de paz un varios segundos.  La complacencia de lo leído y la resolución del dilema académico se enfrentaban en la fórmula de su conciencia.  Técnicamente, el vocabulario, los recursos y hasta el contenido no parecían propios de quién se atrevía a acreditarse la autoría.  Eso no le restaba a que fuese lo más hermoso que estudiante alguno le hubiese entregado como asignación jamás.  El entusiasmo dominó su cautela neutra y la puso de pie.  Abandonó el salón, mamotreto en mano.  Al salir, ni siquiera se molestó en cerrar la puerta de su aula.  Con prisa indiscreta, movió sus abultadas partes hacía la oficina central con una agilidad sorprendente.  Una vez allí fue recibida por la Principal, Hermana Isabel María Solorzana, Religiosa del Apostolado de las Santisimas Hermanas de la Misericordia S.A.

 

Tengo entendido que esta célibe mujer era muy culta y demasiado astuta por cierto.  La misma  estaba leyendo apaciblemente una revista extranjera en su despacho cuando fue interrumpida por su destino.  Como siempre, vestía su eterno hábito blanco y un crucifijo de madera que caía sobre su impecable figura.  Su competencia y autoridad no eran indiscutidas por aquellos predios y su dedicación al trabajo desinteresado le permitían el lujo de competir con los beatificados.  La maestra se presentó con un inusual agite físico y describió el episodio como si relatara una aparición fantasmagórica.

 

La Principal permaneció silenciosa mientras tomaba el vigoroso trabajo en sus manos.  Lo ojeaba sosegadamente mientras escuchaba.  Cuando la maestra terminó de exponer lo sucedido según su emocionado punto en la escena, la ilustre hermana, le pidió que le repitiera los hechos omitiendo tantas opiniones triviales.  La obesa señora, ya más calmada, le dijo que el trabajo no era redacción propia de un niño de cuarto grado.  La interpretación obviamente sobraba.  La Hermana se encontró tentada a leer algo dentro de la sorprendente y escabrosa prosa manuscrita.  Términos muy conocidos dilataron sus pupilas como quien observa piezas de brillante joyería real.

 

"El Amor es Luz.  La Luz es Energía.  La Energía es Movimiento.  El Movimiento es Progreso.  El Progreso es Justicia.  La Justicia es Verdad.  Siempre que la Verdad viva entre los hombres, estará la Justicia, el Progreso, el Movimiento, la Energía, la Luz y el Amor.  La buena Educación siembra la semilla de la Verdad en los niños para cosechar el fruto del Amor entre los hombres."

 

La Principal descartó inmediatamente el que la maestra estuviese exagerando cuando presentó su inquieta disyuntiva.  Sólo quedaba un testimonio por escuchar y no se haría esperar.  Requirió que trajeran a Tomás Landa Hernández a su oficina sin dilaciones.  El muchacho fue fácil de localizar.  Permanecía merendando solo, cosa rara en él.  Ni siquiera Luis le acompañó en esa errática mañana.  Mientras esperaba en su oficina la Hermana leía hambrientamente aquí y allá.  A pesar de su vasta experiencia ella nunca pensó ser servida con tales manjares en tan humilde plato.

 

"La nave humana viaja hace siglos a la deriva.  Nuestra tarea de navegantes es sobrevivir y buscar la verdad del universo.  En realidad nadie conoce el verdadero tamaño de nuestro mundo y no recordamos nuestros viajes más audaces.  Más aún, olvidamos como hemos llegado aquí.  Lo único que nos puede salvar de tanta desorientación es el deseo de recordar el viaje que nos ha traído para así borrar toda falsa leyenda de nuestros mapas."

 

La curiosa monja pensó en el audaz comentario y descifró rápidamente su agudo dictamen.  Inclusive el juicio emitido le pareció un análisis un tanto rudo aún para un adulto.  Otro segmento místico fue leído por ella inmediatamente de otra página al azar.  Comenzaba a intrigarse mas por su contenido semántico que por su dudosa autoría.

 

"Escuchar es la virtud del curioso, del inquieto, del líder, del sabio, del maestro y del aprendiz.  Todo el que escucha con cautela, organiza y gana espacio dentro de su propio pensamiento.  Escuchar es reconocer los distintos tipos de silencios y disfrutarlos según son. Escuchar es descubrirse a sí mismo dentro de estos silencios.  Sólo el idiota está perdonado de no escuchar, porque éste nunca calla."

 

En esos momentos se abrió la puerta de la oficina y entró el jovencito estampado en un sentenciado gesto de culpa.  Los últimos trazos de la merienda ocupaban sus manos mientras exploraba la temible oficina.  Cuadros del mártir, del Papa y de la Virgen de la Misericordia miraban al pequeño ya pavoroso.  La maestra y la hermana permanecían de pie y con aspectos fiscalizantes.  La religiosa portó la voz cantante en el suspicaz interrogatorio que apenas comenzaba.

 

“Tomás, hijo, la señora Quiñónez me dice que tú entregaste esta asignación y ella quiere saber varias cosas de cómo la hiciste.  Quiero que nos cuentes. ¿Quién te ayudó a escribir estas cosas tan interesante?. ¿Cuáles libros usaste como referencia?. ¿Dime de dónde sacaste tanta idea curiosa?

 

El niño se percató fácilmente de que su joven credibilidad estaba en juego.  Comprendió en ese momento que había sido tosco en abundancia al presentar semejante escrito sin anticipar a los adultos al respecto.  Las dudas sobre cuales serían las consecuencias lo sobrecogían.  Sin embargo sabía que debía ser convincente para salir airoso de semejante enredo.  Tratando de vender un poco de convicción, declaró auque con una acorralada mirada que delataba pavor.

 

“Sister... Perdón Hermana María, lo escribí yo solo.  Usé la imaginación y dos diccionarios, el de español y el de sinónimos.  Lo estoy escribiendo desde el año pasado y lo traje porque pensé que estaba bien para la asignación de Estudios Sociales.  Si algo está mal, me lo dicen y yo trataré de arreglarlo.”

 

La maestra ex