El
Embeleco
"Quien
en el amor
encuentra
su bandera,
esgrimirá
la verdad
como
su espada y
no
le faltarán causas
para
ofrendarse."
La vida nos debe respuestas a todos, aunque no nos
atrevamos a cobrarlas. Aquellos que
conforme queden, sin indagaciones y extraviados en la madeja de otros, vivirán
pues, desconociendo sus propios caminos y soñando vidas alquiladas.
Temerosos o pasivos viajarán por coloquios ciegos de adjetivos y por
ajenas miradas sin senderos. Se
engañarán desabridamente, comandados por el pisar firme de la inseguridad y la
miopía del que acepta sin preguntar.
De alguna forma tapizarán fácilmente sus existencias
sin el hermoso riesgo de cuestionarlo todo.
No requerirán de incómodos argumentos o de aquellas respuestas tan
duras de digerir pero reafirmantes del ser por el conocer. Para mí es axiomático. A más preguntas más búsqueda, a más
búsqueda más respuestas, a más respuestas más reencuentros, a más
reencuentros más vida, así de sencillo.
Pero, por alguna anónima razón que todavía
desconozco, la naturaleza conserva su prerrogativa de cultivar esporádicamente,
seres fraguados en la tentación de demandar una respuesta. Estos seres, inquieren la verdad guiados por los quebradizos
impulsos de un hechizo semántico y por pinceladas flagelantes de una
inescrutable necedad. Quizás ellos
optan quedar desligados en el cruel destierro de la incomprensión como pago a
sus incesantes pesquisas. Todo eso
únicamente por reclamar el derecho a un porqué limpio de mitos antes de
cumplir sus sentencias en el tiempo.
De esas letras pequeñas de la vida y otras más
aprendería Tomás y con más rapidez de lo que hubiese deseado aprender.
A su corta edad, su amplio amor por el discernir lo conducía por
irreversibles vertientes de leyenda. Pensar sistemáticamente en la escuela fue un evento y
analizar su íntima sustancia fue otro. Pero
al escribir un monumental tratado retórico cuestionando todo, la situación se
le escurría entre sus pequeñas manos. Doscientas
setenta y ocho páginas manuscritas de juegos líricos, le convertían
inevitablemente en una curiosa pieza de murmuraciones e hipérboles a sus
tiernos nueve años y medio.
La supra discernida obra, con todos sus recursos
literarios, le reclamaban un atril en la galería de lo extravagante.
Su nombre, su estampa y su niñez se disipaban rápidamente, usurpados
por irrelevantes posturas favoritistas. Difícilmente
volvería a ser Tomás Landa Hernández, el niño de cuarto grado del pintoresco
colegio católico. Ahora y sin
mediar solicitudes, fungía como el
pródigo autor de las complicadas reflexiones instruccionales o el portavoz
honorario de la educación nova. Sin
embargo, él entendía que escribir sobre el aprendizaje era un arte tan viejo y
saludable como el amor mismo.
Una vez la Señora Rodríguez sentenció su trabajo
como auténtico, genuino y propio, se le acercaron y consultaron diversos
sectores de la dórica vida colegial. La
Principal, Hermana María Isabel Solorzana; el Director del Colegio, Padre Ramón
Salamanca y el Coordinador Arquediocesano, Monseñor Avelino Urrutia; rindieron
saludos oficiales y felicitaciones pausadas al novicio escritor.
Un representante religioso, Padre Dionicio Alabastros, le solicitó al
autorcillo su autorización para reproducir el manuscrito en forma de libro o
panfleto.
“Lo
que queremos es que nos permitas fotocopiar tu trabajo para reproducirlo en una
forma legible. Para esto es
necesario que tú y tu abuela firmen este documento autorizando a la arquidiócesis
reproducir tu escrito.”
Ni Tomás, ni su abuela objetaron tal petición, que
resplandecía como luces de un inesperado honor otorgado por la Santa Iglesia.
Una vez los clérigos se apoderaron de una copia, comenzaron un tedioso
trajín de burocráticas transcripciones egiptológicas.
Las imágenes xerográficas fueron enviadas a una fría oficina
arquidiocesana, poblada de espejuelos, guayaberas y cuellos romanos. Allí los religiosos investigadores hicieron alardes de dotes
científicas adquiridas en sus últimos seminarios en Israel.
Una meticulosa reproducción, página por página, palabra por palabra y
letra por letra, desenredaba la torcida caligrafía.
Luego de dos días de escarpado trabajo, apenas se visualizaba una
tercera parte del producto.
A todo esto, el niño permanecía ajeno y desinteresado.
El prefería sus infantiles tertulias con su panita Luis, diseñadas en
torno a colecciones de estampitas y a súper héroes.
Esto no impedía que se le impusieran al niño todo tipo de extrañas e
indeseadas anécdotas. Una de estas
detallaba relatos sobre una sombría cátedra cabalística a la cual el niño
asistía secretamente. Otro rumor
recurrió a cuentos de un místico gurú oriental que le impartía agilizantes
ejercicios para su joven mente. Una
señora que vestía siempre un paño sobre su cabeza, alegaba que el niño era
un espíritu reencarnado de un gran prócer patrio y que su nombre empezaba con
la letra "J". Yo
sinceramente no le doy ningún merito a ninguna de esos relatos.
A todos estos pueblerinos rumores paisajistas el niño optaba por
simplemente ignorarlos.
Su deseo de confundirse en el contorno escolar fue
frustrado a cada momento por méritos no solicitados y por inusitadas
concesiones que surgían. Todo se
agravó aún más, cuando de su trabajo original, fue extraído un pequeño
segmento de cinco páginas mecanografiadas.
Correspondía a la señora Quiñónez tomarse tal licencia editora.
La impulsiva educadora inscribió el fragmento seleccionado como una
pieza presentada por Tomás en el certamen literario intramuros del colegio.
El pasaje sometido versaba sobre una madre que escribía
un pensamiento por cada día de su gestación. Cada escrito supuestamente fue plasmado en la parte posterior
de las páginas de un calendario de hojas.
Tantas hojas, tantos pensamientos. En
total fueron doscientos setenta y cuatro días, de los que la maestra pudo
extraer porciones de algunos catorce. Cada
sección contaba desusadas imágenes describiendo la relación hijo-madre y su
imperante papel en la amorosa tarea de educar.
Tres de los extractos fueron plasmados en la cuartilla dominical de la
parroquia para el día de las madres.
“Segundo
día de la cuarta semana – Mi jornada contigo es un verso que rima con tu
porvenir, es una melodía que se entona cada día con el mismo deseo,
es una canción que siempre escucharé con oídos de madre”
“Cuarto
día de la vigésimo sexta semana – No confundiré tus primeros pasos o tus
primeras desentendidas palabras con errados caminos o con insolencias que emanen
de tu boca. Seré tu madre todos
los días pero nunca cómplice de lo impuro.”
“Tercer
día de la duodécima semana - Eres
algo que queda después que desaparece la ultima estrella, eres un ideario de
leyes inéditas, eres el sabor que perdura en mi boca después que digo tu
nombre, eres masa arcillosa a mi esfuerzo y eres el molde de mis días.
Hijo eres mi hijo, eres parte de mí, mas nunca me has pertenecido.“
La fracción no encontró cerrada competencia en el
certamen escolar. Ganó inclusive
el primer premio correspondiente a la categoría que abarcaba hasta noveno grado.
Sin embargo, Tomás nunca solicitó que prosa alguna fuese incluida en
tal certamen. Mucho menos deseaba
competir en un grupo de estudiantes mayores que él.
Ganar el inesperado mérito llegó acompañado de indelegables deberes.
El niño y su trabajo representarían al Colegio San Sebastián de Puerto
Nuevo en el Certamen Literario Regional Católico.
A pesar de que originalmente el trabajo fue entregado en la clase de
Estudios Sociales de Cuarto Grado, éste fue inscrito para competir en la
categoría de literatura libre en la sección de sexto a noveno grado.
Extraño honor vanguardista para un niño que recién aprendía a
acentuar las palabras esdrújulas.
El certamen regional se escenificó en los predios del
Colegio Santo Cristo de los Pobres. Este
colegio ubicado en el exclusivo reparto de Condado Norte y circundado por
numerosos hoteles, restaurantes y lujosos condominios, se adjudicaba un nombre
sutilmente inapropiado. Allí
estudiaban los hijos de las carteras más florecientes de la capital.
Además contaba con el porcentaje mayor de la notoria prole de la estirpe
política del país. Este
renombrado colegio ostentaba el más moderno centro multidisciplinario de todo
el sistema educativo de la Iglesia Católica del país.
Entre sus paredes de veteado mármol azul, se escenificaban anualmente
una cronología de diecisiete debut sociales y un ostentoso concurso de belleza.
El elemento de mayor seductividad del glamoroso
anfiteatro era sin duda, una matriz de treinta y dos monitores televisivos donde
se presentaban todos los movimientos en una perfecta sincronía teatral.
Los electrónicos artefactos lo mismo emulaban una sola imagen animada
que una serie de diversos acentos dentro de total actividad.
La supuesta pantalla gigante miraba a los presentes desde el lateral
izquierdo frontal del escenario. Sus dinámicas presentaciones iluminaban mecánicamente
las secas caras de los asistentes con un enorme mosaico de anticipados ánimos
coreográficos.
Para la noche de cierre del certamen asistieron casi
mil personas, lo que representaba apenas una tercera parte de la capacidad del
reconocido centro. Chispeantes
arreglos florales y elegantes cintas amarillas demarcaban el área reservada
para los invitados oficiales de la acentuada pomposidad. En el mosaico electrónico se visualizaron digitales siluetas
de algunas personalidades literarias estratégicamente escogidas.
Los congelados rostros de Cervantes, Calderón de la Barca, Unamuno y
Alfonso Décimo parpadeaban con luminiscencia cromada a los mil rostros
asistentes. Nadie lo percibió, pero ningún rostro puertorriqueño o caribeño
fue invitado al amenizar electrónico.
Entre las veinticuatro facciones reproducidas en la
ceremonia, no se asomaron los livianos anteojos de García Lorca, o la redondez
frontal de Neruda. Muy ausentes
estuvieron los bigotes poblados de García Márquez y la tupida barba de Hostos.
Ausentes y sepultados por el peso de sus indigeribles controversias
centenarias y sus magistrales dones de tocar la llaga abierta.
Rostros maestros, maquiavélicamente o no, ignorados por los sintéticos
auspiciadotes de tan plástica noche peliculera.
La ceremonia se extendió entre densos discursillos
sobre la pureza agonizante del vernáculo y instintivos aplausos esporádicos.
Uno de los invitados al podio, disparó involuntariamente tres
barbarismos fugitivos en su exponencia de cuatro minutos.
Entre la audiencia cundió una leve histeria engendrada por profundos
ataques de conciencia lingüística. Pareciera,
que nadie allí hubiese osado jamás, usar semejante impureza del léxico.
El pecado del lugar y del momento se resumían en las frases: estar
redi, llegar al parquin y sentir aquel filin en el aire.
Si algo salvó al discursista de ser maselado sin juicio previo, fue su
historial de aportaciones económicas al anfitrión colegio.
De turno polarizó la actividad un notorio catedrático
que desenfundó espeluznantes teoremas recalcitrantes. Entre sus aportaciones, exigió la inmediata extracción de
anglo adiciones idiomáticas aceptadas en la última década. Llegó a sugerir el establecimiento de una academia local de
la lengua para que actuara de árbitro y censura del lenguaje hablado y lo
escrito en el país. En toda su
arcaica letanía no rozó ni por equivocación los sencillos términos: escuela,
maestro, estudiante o niños. Todo
su montaje parecía girar entre desorganizados ataques hacia la amenaza
invisible y traicionera de la lengua rival.
Ausentes de la atención estaban también muchos de los
niños. En vez de escuchar tanto
discursotes, cuchicheaban inquietamente entre ellos los temas de la inmediatés
infantil. Tomás, que asistió
acompañado de Doña Prudencia y de Luis, conversaba sobre su preferencia de
asistir al cine sobre la premiación. Luis mencionó cuatro títulos taquilleros
a los que Tomás secundaba sin reservas.
Cuando llegó el momento de la premiación, a cargo
quedó el director del departamento de español de uno de los colegios más
celebrados, el Señor Miguel Narváez. Este
profesional laico, de manerismos acentuadamente afeminados e indumentaria muy
estilizada, comenzó una esquematizada presentación del honorable panel de
jurados. Después de algunos
joviales comentarios y abundante coba a los distinguidísimos y nunca bien
honrados como se atrevió a describir, concedió el turno al gran anfitrión de
todo aquel montaje, el Monseñor Urrutia.
Este monseñor bronceado por un acento español y con
un pie de ronca voz gallega, era nacido y había soñado con el fútbol en las
calles de La Coruña. Entre
estrecheses de la vida y reencuentros del destino llegó a este país hacía
catorce años. Aunque siempre le
parecían tres. Su afición por el
tabaco negro y el templado vino tinto cabían dentro de su enorme sencillez
humana. Estaba dotado de una
inmensa sensibilidad escondida, que para sorpresa de muchos, desenfundó aquella
celebrada noche.
“Primero
que nada, debo dar las gracias a todos los exponentes que hoy nos han brindado
su tiempo. Gracias a los distinguidos miembros del jurado y a todos aquellos que
hoy velan celosamente por nuestro vernáculo. Pero espero que quede en perspectiva, que nada ni nadie aquí,
es más importante que esos que acompañamos hoy, los niños.”
Una moderada llovizna de aplausos interrumpió sus
sinceras declaraciones.
"Los
que hoy nos acompañan y los que no están aquí, los que escriben, los que
compiten, los que juegan y los que no..., esos son la sal de nuestra tierra.
Son la razón y el ser de nosotros mismos, así que a ellos les dedicamos
esta actividad."
Aplausos mucho más cerrados volvieron a interrumpir la
emotiva declaración. Espontáneamente,
la audiencia entró en un momento de palpable trance donde el absoluto silencio
suplicaba por mas de las roncas palabras del monseñor.
“Hoy
he leído algo producido por un participante muy joven del certamen.
Tengo que decirles que lo que he leído me ha calado hondo.
En siete años participando directamente con esta actividad y tratando de
leer algo de cada trabajo, nunca me había sucedido nada similar.
Tomé este papel en mis manos y lo comencé a leer livianamente. Después
de dos párrafos no pude detener mi lectura y debo confesarles que me conmocioné.
No de pena, no de alegría, sino de un poco de luz.
Algo en mi viejo ser, se iluminó con las jóvenes palabras de un serio
pensador embargándome la compostura. Sinceramente,
me gustaría leer algo de esto para ustedes.”
El clérigo
tomó una serie de papeles fotocopiados y los colocó en el púlpito de los
discursistas. De su impresionante hábito
negro, sacó unos anteojos de grosor monumental y los vistió temblorosamente.
La lectura fue densamente tapizada con su
voz de gallego fumador. Cientos
de sofisticados vatios electrónicos amplificaron sus entrañadas palabras en un
eco blanco y macizo.
“Surgiste
del firmamento de mi propio ser y respiraste de mi savia, bebiste de mi boca y
comiste de mi selección. Conociste
mi rostro más interno y viajaste por mis venas tocando mi corazón.
Rescostándote en mis circunstancias, lastraste kilómetros de meses y
sentiste mis padeceres. Nunca
dejaste de ser semejante a mí y a muchos, pero tu lugar ocupaste como único
viajero hacia el mundo de lo nuestro. Quizás
no te acuerdes de mí...”
Un silencio de piedras sobrecogía la audiencia mal
entrenada a escuchar. El lector
continuó su prosa perseguida por un caudal de sentimientos proscritos.
Su vibrante ronquera hombruna esculpió escarpadas palabras perfumadas
por el vino tinto de la vid de otros lares.
“Cuando
al fin nuestras miradas se encontraron, te hablé a los ojos. Sembrando mil
besos en la faz de tu piel y te viví cual a mí. Me emborrachaste de curiosas miradas y cofres de mimos te
obsequié. Te aboné de cuidados y
tú me irradiaste vida. Alabadas
sean todas las bendiciones que me has traído, ya que éstas me permiten
conocerme a mi misma.. Todavía no me recuerdas...”
“El
día que caminaste lejos de mí, fue ese el día que más gocé de tus andares
tambaleantes. En tus huellas vi mis
deseos y en tu espalda cargaste mi pensamiento. Toda tierra que pisaste en tu viaje la guardé en
bancos de recuerdos, para así siempre saber que no fuiste sólo un sueño.
Hoy no te veo o tú no me ves, pero recuerda por favor, que siempre seré
tu madre...”
La lectura parpadeó suspensivamente durante unos
segundos. El lector levantó su
vista y retiró sus anteojos indicando que su sección había terminado.
Desgastados aplausos surgieron intangiblemente esperando una coda de
explicaciones. Susurros y sólo
susurros quedaron en la sala como esencias desvanecidas en el aire.
El monseñor recordó que nada era tan capitulante como aquellos que por
no escuchar, oían borrascosamente y no vivían para entender.
Percibió que su mensaje moriría atascado y reo de las apagadas
inquietudes de su auditorio. La audiencia se negaba a conmoverse de primera instancia con
la muestra recibida. Pocas
explicaciones y de poca gana surgieron de parte del lector.
“El
autor de estas bellísimas líneas es un jovencito de nuestro hermano Colegio
San Sebastián de Puerto Nuevo. Hoy
tuve el placer de conocerlo a través de sus escritos y recordé que no hay
edades si existe el deseo de entender al prójimo.”
El monseñor Urrutia continuó con el preludio de la
premiación por espacio de diez minutos más.
Tiempo que aprovechó con inmisericordes sermones a su auditorio
involuntariamente cautivo. Un leve
derroche de anécdotas ibéricas muy bien atesoradas fueron desempolvadas por el
clérigo. Al terminar su prólogo a
las sentencias de los evaluadores, se despidió con la mirada de un hombre muy
solo y buscador de algún lugar perdido y dorado.
En la esperada colación de méritos, Tomás se adjudicó
el primer lugar de la avanzada categoría en que participaba.
Aquella fecha resplandecía como el momento de cobrar créditos por sus
incontables noches febriles de insomnio. Placas,
fotos, abrazos y aplausos embriagaban someramente al agasajado.
Tonalidades del siempre excéntrico señor éxito, desmembraron a
momentos su humildad profundamente sembrada.
Un destello extraño decoró su mirada no tan niña en aquella noche.
No era orgullo ni soberbia sino simple degustación del dulce triunfo.
Un hombre que vestía un gabán a cuadros se le acercó
disimuladamente al laureado y le ofreció una tarjeta de presentación.
Con una brillante sonrisa en su boca comerciante le dijo muy claramente.
“Si
deseas ganarte buena plata me llamas que yo puedo ayudarte.”
La abuela se percató del acercamiento no solicitado y
procedió a quitarle la tarjeta al niño rompiéndola inmediatamente.
Un adagio del tiempo le fue brindado al asombrado nieto.
“El
que tiene dones no necesita buscones.”
Antes de retirarse de la actividad, se le solicitó a
Doña Prudencia que permitiera al niño un aparte con la prensa televisada.
A tal petición la señora aceptó con reservas e instruyó de nuevas
directrices al pequeño.
“Mi
amor, por favor no te pongas nervioso y contéstale a estos señores unas
preguntas que te van a hacer. Si
algo no quieres contestar, les pides que hagan otra pregunta."
Terminando la explicación, colocaron a Tomás en una
posición vistosa y comenzaron todo. Un
camarógrafo disparó una su cegadora luz sobre el rostro pálido del niño.
Simultáneamente una rubia reportera de elegantes aires le hizo juego.
El chico lucía poco fotogénico y distraído frente al escenario.
Una señal manual marcó el comienzo de la entrevista.
Arquimistamente, la profesional del medio noticioso, introdujo una
sonrisa en su rostro y mecanizó un diálogo enlatado en una esquematizada
presentación.
“Aquí
Zaida Cruzado desde el centro de ceremonias del Colegio Santo Cristo de los
Pobres. En estos momentos acaba de
celebrase la premiación del Séptimo Certamen Literario de las Escuelas Católicas.
Y como dato curioso, este pequeño que me acompaña aquí y que cursa hoy
el cuarto grado, se adjudicó el máximo galardón para la categoría de sexto a
noveno grado. Este joven escritor
del Colegio San Sebastián de Puerto Nuevo se llama Tomás Landa Hernández.
El ha presentado un trabajo muy novedoso que habla sobre las madres y su
relación con sus hijos.”
Cuadradamente, la reportera improvisó una pregunta
académica de apertura hacia el entrevistado e interpuso el micrófono esperando
una contestación.
“Tomás,
¿Qué te inspiró a escribir sobre la madre en este certamen?”
En segundos, el niño contestó una figura retórica
salpicada de aparente incoherencia rebuscada.
“Cuando
escribo no pienso mucho, veo hacia adentro y hacia afuera, cierro los ojos y
sigo escribiendo. De lo que veo
escribo lo que siento como si lo estuviera viviendo.
La música siempre me lleva hacia todos esos temas que nadie me ha
contado y el sueño me dice cuando terminar. Durante doscientas setenta y cuatro
noches le di libertad a ese caluroso deseo de entender esa ausencia que me marca
y que todavía me porfía.”
La reportera fue sorprendida con la guardia liviana en
su tarea periodística. Trató de
visualizar una silueta conocida en toda aquella palabrería pero le fue inútil.
Para salir del paso se ingenió de mutis graciosos, clásicos de su
vocación.
“Muy
interesante todo eso Tomás, gracias por tus palabras. Amigos esto ha sido todo desde el Colegio Santo Cristo de los
Pobres, reportó Zaida Cruzado.”
De repente, las luces camarográficas cesaron su
castigo y los curiosos prosiguieron su circular desinteresado.
Tomás y su abuela se encaminaron un dulce andar por una noche libre de
recordados precedentes. Al llegar a su morada, ambos compartieron un brindis de
chocolate caliente, galletas de soda con mantequilla y risotadas familiares.
Sin invitación, llegó un timbrar telefónico que cristalizó la velada
en incertidumbre. Nadie esperaba
llamadas en aquel momento incógnito de humilde celebración. Doña Prudencia contestó el teléfono y despachó la llamada
con media docena de conjunciones evasivas y una aceptación en apagada voz.
Cuando finalizó el coloquio, una cita peculiar había
sido concertada. La abuela procedió
a desconectar la línea telefónica para evitar más interrupciones al descanso
que casi comenzaba. El niño miraba
a la señora con respetuosa curiosidad y ésta le informó brevemente y por
cortesía.
“Eran
de la televisión y quieren que asistas al programa de Miranda este miércoles.
¿Si es que quieres ir?"
No se hizo esperar la contestación.
“Claro
que quiero ir.”
Tal como la abuela planificó, la noche no fue invadida
por más eventualidades inesperadas. En
la mañana del sábado, el sol urbano se confundió con una cadena de aromas
conocidos. El conversar
matutino se estableció sazonado por inmediatas interrogantes.
“Abuela,
¿Por qué me invitaron al programa de Miranda?
La abuela le respondió con su pesado tono mañanero.
“Ellos
vieron tu contestación en el noticiario y les interesa invitarte para un
programa que darán sobre la educación. Yo
pienso que será una buena experiencia para ti y quién sabe si a lo mejor para
ellos. No te preocupes, el señor
que me llamó me dijo que no serás parte del panel sino del público que hace
las preguntas a los panelistas.”
Aunque esto último tranquilizó en algo a Tomás, éste
no pudo relajar su amplia frente que ya marcaba la preocupación.
La abuela se percató de la inquietud del niño e intentó cambiar el
tema. A pesar de sus intenciones,
su selección parecía encaminarlos hacia el centro de un laberinto temático
que apenas comenzaba.
“Hijo
mío, sé que has escrito sobre madres, padres, hermanos y amigos en la escuela.
Sólo he leído una pequeña parte de tu trabajo y estoy contenta con él.
Pero todavía no me has contado de que trata el resto del escrito.”
Sin mucho esfuerzo comenzó a fluir un torrente
quebrador de esquemas y distanciado de lo concreto. Para cada tema, el niño encendía la chispa de sus ojos y
vivía dentro de sí una gama de sortilegios místicos.
Todos los temas que mencionaba, estaban atados a cuentos parabólicos que
mojaban la imaginación más árida y su timbre de voz encendía matices
imprevistos para su compañera de conversación.
“Bueno,
después de la parte de la familia escribí sobre un educador. Me acuerdo bien
que cuando este educador se miraba a sí mismo en un espejo, no tenía ningún
rostro conocido. Su cara se
transformaba todos los días en un rostro distinto. Sólo algunos de sus estudiantes podían ver su verdadero
rostro. Los demás se comunicaban
no con él, sino con sus rostros. Después
el educador no se recordaría de quien realmente era él detrás de todas sus
caras.”
La abuela sonreía confusa, pero no interrumpió.
Era más su necesidad de oír que de preguntar.
“Luego
escribí más páginas sobre aprender y sobre enseñar. También sobre enseñar a aprender y sobre aprender a enseñar.
Estas cosas parecen raras. Pero
son tan sencillas porque se traducen en un solo arte o instinto, el sentido común.
Escribí sobre un día en el tiempo en que se hablaba en la lengua del
idioma de la verdad. Allí las
personas se comunicaban a base de verdades absolutas y las disyuntivas nunca
desembocaban en contradicciones. Esto
era un mundo de gente derecha que tenían como ley la verdad codificada en el
instinto de cada cual. La
curiosidad por crecer era tal, que no existían miedos, ni fronteras en sus
mentes. El límite de lo conocido
para este tiempo fue el deseo. Su
precio en justicia nunca fue estimado por hombre alguno.
Lo importante de todo aquel tiempo, era que no había utopías entre
ellos, sólo saldos y balances.”
Al contar aquello, el niño entraba en un trance extraño.
Su voz oscilaba dramáticamente con las palabras y su dicción manejaba
algo más allá de la oratoria. La
semántica de lo escuchado no preocupaba tanto a la abuela como la transformación
psíquica de su nieto. Sin embargo
prefirió dejarlo terminar su encomienda explicativa, aunque pensó que algo le
pasaba a su nieto. Ya todo
comenzaba a generar una genuina preocupación ancestral.
Estaba muy consciente de que la fragilidad de un niño abarcaba todas sus
facetas, especialmente su mente. Tomás
continuaba desbocado entre ideas río abajo.
“Otra
cosa sobre la que me acuerdo haber escrito es sobre los libros.
Aquí relaté la historia de una ciudad hecha de millones de ejemplares a
los que nadie podía leer. Cada habitación, cada casa y cada edificio estaban sólidamente
construidos de libros apiñados entre sí.
Cada ejemplar era único en su edición y único en su valor arquitectónico.
Si algún libro era leído, algún lugar de la ciudad era estremecido.
Cuando llegó el momento de elegir entre leer o vivir cobijados entre
tibias paredes, se tuvo que tomar una decisión.
La abuela no pudo resistir y preguntó.
“¿Cuál?”
El pequeño narrador sólo le dijo...
“Tendrás
que leer esa parte para saberlo, Abuela.”
La dama sonrió sarcásticamente y le otorgó el tanto
al niño que continuaba disparando su compendiado adelanto.
“Sobre
otros medios educativos y no educativos también escribí. Escribí seis escenas
sobre formas o procedimientos de enseñanza y en todas entendí al educador
aprender más que el educado. De la
cultura escribí muchas cosas y todas fueron vistas como caretas encubridoras.
Describí veintiuna caretas distintas que completaban la amplia colección
de la cultura enseñada. Una de las
caretas tenía cara de celo, otra de ciencia, otra de pelea y otra de dioses.
La que más me gustó era la de la cara de juego porque esta convertía
al que se la ponía en un niño. La
peor de todas era la belleza física. Esta
careta siempre fue la que a más gente engañó.
También escribí una parte completa de los dioses."
La abuela volvió a interrumpir.
Pero esta vez en tono mucho más sobrio.
“¿A
qué dioses te refieres?”
Tomás no disimuló su atrevimiento y se manifestó un
tanto precipitado en su explicación.
“Tú
sabes, a las religiones y a los religiosos.”
La dama ya estaba más que preocupada por su nieto y
comenzó a sudar un frío presentimiento. Pensó
que la temeridad del niño se pasaba de madura y le hizo una firme advertencia.
“Ten
cuidado con eso. Sabes que esas
cosas no son para jugar. No sé lo
que hayas escrito, pero ya me preocupa.”
El niño le restó importancia a su abuela como rara
vez.
“No
te apures abuela, que no escribo para que la gente pensante se moleste.”
Continuó su impetuosa narrativa sin más desafueros.
“Después
escribí sobre dos hombres que nacieron el mismo día, fueron a la misma escuela
en la misma clase y eran igualmente inteligentes. Los dos fueron buenos estudiantes y buenas personas.
Pero sólo uno consiguió sus metas.
Ambos hombres murieron el mismo día.”
La abuela no aguantó una palabra más.
“Bueno
eso es todo, no me digas más nada. Pronto
leeré lo que escribiste y sabré de qué es que me estás hablando.
Esto de dioses y muertos ya me tiene un poco nerviosa.
No veo la escuela en esto por ningún lado.
Me imagino muchas cosas y me estoy asustando.
Por favor hablemos de otro asunto menos complicado.”
La mitad de ambos desayunos había quedado en un estado
inerte y frío por las controversias planteadas. Los dos perdieron el apetito entre el apasionamiento de uno y
el estupor de la otra. La abuela
procedió a preparar un café bastante claro y otro sumamente oscuro.
Segmentó el diario y le concedió la parte de noticias a su nieto.
Ella buscó refugio en los especiales comerciales.
En aquel momento, el silencio los visitó y se quedó a vivir entre ellos
por bastante tiempo.
El tema literario quedó proscrito sin decreto y sin
consenso. La incomunicación nubló
la fresca mañana. Esa tarde
siguiente Doña Providencia fue a recurrir a los representantes locales de la
ayuda divina. Llamó a la Principal
del Colegio y le comunicó desarbolada su preocupación. La religiosa confundió el propósito de la llamada y le
felicitó por las buenas dotes de su nieto.
“Es
importante saber cuando alguien está verdaderamente comprometido con lo que
dice o escribe. Entiendo que en el
caso de tu nieto es así. Este niño
además de ser un buen estudiante de cuarto grado tiene muy buenas actitudes.
El fue muy respetuoso y convincente al reclamar su autoría.
Sinceramente yo llegué también a dudar del muchacho.
La semana pasada leí un pasaje o poema que escribió y que tituló Salmo
Ecológico de un Educador. Y aquí
lo tengo copiado. Creo que es
bueno. Te lo leeré ahora. Dice así…”
Casi sin dejarle hablar, la religiosa hizo una lectura
entusiasta de la porción prometida. Primero
ella leyó un descriptivo preámbulo. Según narraba la introducción, un maestro siempre recitaba
un salmo antes de cruzar la puerta de su salón.
Este maestro trabajó durante largos años aplicando muy fielmente los
versos del salmo a su cátedra. De
acuerdo con la historia, esta acción redundó complicadamente en innumerables
beneficios pare él y para el género humano.
De nuestro destino
dueños seamos
y por el amplio
sendero avanzando
borrando fronteras
y temores tatuados
para cumplir la
faena del pequeño
de ser luz de
origen y no de reflejo
En sus infinitos
ojos y en sus sonrisas
apreciaremos el
regalado instante de la vida
navegando en mares
de profunda conciencia
sin incidir en
desesperanza o impaciencia
Beberemos de esa
paz soñada
sirviendo primero
otra sonrisa
y para cosechar
los frutos de justicia
sembremos de
esperanza una palabra
Todo este verde
cuesta un mundo
y el precio del
pasaje no es tan claro
pero no busques
ciencia en lo torcido
ni confundas
carentes con malvados
Recuerda que un
espacio cabal y sano
aglutina deberes
en todos sus enlaces,
pero si la verdad
deseas que algo pase
comienza a crear
hoy con tu propia mano
En este azul mundo
tan frágil
siempre ha de
existir un lugar
para aquellos
hermosos seres
que anónimos y
muy conscientes
reconozcan su
privilegio de actuar
Luego sus huellas
serán borradas
por sombras de
olvido y vientos del tiempo
pero amplio campo
legarán a la camada
revestido
en verde y de francos sentimientos
La monja terminó su lectura con una amplia sonrisa
telefónica y una larga pausa resumió imponentemente las ideas de los versos leídos.
Permeaban intensas incertidumbres en la mente de ambas.
¿De donde le provenía semejante musa? ¿Por que su fijación con la
tarea educativa? ¿Que le diablos
tiene que hacer un niño de nueve años escribiendo elaborados poemas y
asombrosos cuentos sobre situaciones tan complejas y vivencias tan alejadas a su
propia idiosincrasia? Las primeras
palabras correspondieron a Doña Providencia.
Su voz temblaba en un ahogado sollozo que le abordaba debido a su honesta
preocupación de abuela.
“Cada
vez que leo o me dicen algo de mi nene, me preocupo más.
Hay algunas cosas que no he podido entender.
¿Usted no cree que todo esto que mi niño escribe está un poco fuera de
lugar? ¿Que usted cree que le pasa a Tomás?”
La veterana religiosa le ofreció un sedante filosófico.
“De
vez en cuando, la vida nos premia con evidencias que corroboran la grandeza del
Altísimo. Esta parece ser una.
Dejemos esto en manos de quien lo ha mandado.”
La abuela
que por costumbre no debatía en los terrenos teológicos, cedió un poco en su
inquietud. Pensó que si la Hermana
lo decía, existía una especie de garantía no escrita de la intervención
divina. Con otras pocas palabras
terminó la llamada y por tanto aquel difícil día.
El domingo se evaporó entre misa, estudios y la
aburrida televisión. El lunes y el
martes se quemaron las horas lentas e insípidas entre escuela y el silencio de
la casa. Aquellos días parecían sólo
escollos postrados frente a la meta más esperada por Tomás.
El asistir al estudio de televisión era en todas las formas un evento
novelero que inquietaba al niño. La
noche del martes se desveló pensando mil cosas pero sin escribir una letra.
El miércoles
en la mañana el niño asistió a la escuela pero fue buscado temprano por su
abuela para cumplir con el compromiso. Viajaron
en un carro público para llegar al estudio de televisión.
Estimaron llegar una hora antes del inicio del programa para poder
adquirir una buena posición en las graderías del público.
El programa al cual asistirían se llamaba
"Miranda a los Confines". Esto
era una referencia obvia a la temática y procedimientos sensacionalistas que
abordaba su animador Manuel M. Miranda Miranda. Este programa a pesar de ser
otra copia de los ya famosos programas de diálogo y antidiálogo, incitaba a
sus panelistas a utilizar todo tipo de artimañas en la sustentación de sus
puntos. Notorio fue el día que un
invitado simuló un ataque cardiaco y fue sacado en camilla. Con esto pudo
conseguir que fuese escuchado desde el hospital.
En otra ocasión un panelista sacó un arma y gritó a todas voces que se
iba a suicidar. Para su sorpresa,
el público del auditorio comenzó a corear:
“¡Qué
lo haga!... ¡Qué lo Haga!.”
Pero definitivamente el caso más insólito del
repertorio fue la vez que un activista ecológico llevó una misteriosa caja de
zapatos. El panelista señalaba que
el recipiente estaba lleno de una supuesta tierra contaminada por desperdicios
de desechos de una farmacéutica local. Sus
alegatos indicaban que dicha tierra contenía grandes proporciones de un agente
químico carcinógeno muy difícil de pronunciar.
Por otro lado los representantes del complejo industrial y del gobierno
debatían lo contrario. Cuando el
diálogo fue agotado por improperios de ambas partes, el ecologista abrió su
caja e introdujo su mano. Sin
mediar palabras, comenzó a arrojar a los rostros de sus rivales panelistas
sendos trozos del contenido barroso. Todos,
incluyendo el moderador, corrieron despavoridos al percatarse que la pegajosa
masa arrojada, no era otra cosa que los propios excrementos fecales del
ecologista.
Cuando llegaron a la estación emisora los ánimos de
Tomás y de Doña Prudencia se encontraban en puntos cruzados todavía.
Mientras el niño destellaba emoción y curiosidad, la preocupación de
sua abuela giraba en torno a cómo regresarían después del programa.
En la recepción corroboraron sus invitaciones y les indicaron como
llegar hasta el "Súper Estudio de Miranda".
Esa explicación sobraba pues habían señales de colores neonizados
indicando el camino a seguir. Una
vez dentro del estudio se podían distinguir cuatro letras “M” de utilería
que servían de decoración. Las
letras verdes neón de dos metros y medio de altura desarmonizaban con todo
aquel escaparate de fingido orden. El
niño estaba atónito y distraído con todo aquel mundo que se alzaba ante sus
ojos. Lo único que pudo
impresionar a la abuela fue un actor galán de novela que avistaron en el
pasillo.
Todo estaba muy bien coordinado.
El personal técnico trabajaba laboriosamente sin prestar atención
alguna al público que se iba congregando.
Un elegante ujier vigilaba en cada esquina, portando un radio de
comunicación. Pruebas de luces y
sonido se realizaban por doquier. Del
fondo del estudio emergieron una dama y un caballero no muy sofisticados.
La pareja impartió una serie de instrucciones al publico y al panel de
invitados que esperaban pacientemente. Estaban
prohibidos las fotografías, las grabadoras, comer, fumar o beber, las armas de
fuego y muy especialmente las cajas de zapatos misteriosas.
Cuando fueron declaradas todas las reglas de terreno ya era tiempo de
comenzar con el espectáculo.
Las luces del auditorio comenzaron a parpadear como señal
de que todo estaba listo. Un técnico
armado de enormes audífonos confrontó al publico presente con señales para
que aplaudieran animadamente. Se
comenzó a escuchar el estribillo musical del notorio programa.
Mientras tanto por la parte posterior de las cámaras apareció el
afamado animador. Llegó acompañado
de un guarda espaldas gigantesco y de un alcahuetes que le recordaba los
pormenores que no tuvo tiempo de aprender.
Este le marcaba sin disimulos los pasos a seguir compitiendo con la
algarabía y la estridente música. Además,
le administraba tarjetas índice con los nombres y trasfondos de cada uno de los
invitados del panel a la vez que le arreglaba el nudo de la corbata.
Cuando el moderador entendió que ya era suficiente, le hizo una señal a
su colega con el pulgar hacia arriba y este entró con un saludo estrepitoso al
escenario.
“Muy
Buenas noches, mis gentiles amigos. Hoy
de nuevo aquí para serviles, su amigo de siempre Manuel Miranda en un programa
más de "Miranda a los Confines".
Ya saben que nos pueden llamar a los teléfonos que aparecen ahora en sus
pantallas o nos pueden enviar un FAX al número indicado.
Pero lo importante es que si tiene algo que decirle a alguien aquí no sé
quede con eso por dentro que le puede hacer daño. Para hoy tenemos un tema muy
especial, “Motivación y métodos en la escuelas” y nuestros panelistas de
hoy son..."
Miranda procedió a presentar a cuatro invitados de
distancias irreconciliables. Primero
nombró al Señor. J. Mangual. Este
trajeado era el asistente del Secretario de Educación y su chivo expiatorio
favorito. Poseía la indigna
reputación de firmar toda reprimenda entregada a los maestros y era el portavoz
de toda noticia negativa que surgiese en el sistema educativo.
Todo un pobre diablo oficial.
Después presentó a la Señora Nativa Aldarondo,
miembro casi única de la Sociedad Pro Antiguos Valores de crianza.
Esta señora de algunos setenta y tantos años presentaba su hipótesis
basada en la educación de hace mucho, pero mucho tiempo.
Hablaba poco, se veía levemente sumisa y distraída pero creía
fielmente en el castigo corporal como medio educativo.
Quizás por esa razón le fue suspendida su licencia de maestra del
sistema público hacía cinco años.
Otro invitado era un tal Joe Cruz, niuyorican, neo
fascista urbano, que se recortaba pelado y disfrutaba de exhibir su complicada
madeja de tatuajes corporales. Este
confuso personaje había sido golpeado varias veces por maestros en la escuela.
Su teoría sustentaba que la escuela había perdido toda su utilidad y
vigencia, por lo tanto debían ser cerradas.
Se veía fácilmente como la contra parte de la Sra. Nativa Acevedo.
Por último, presentaron a la Señora Amarilis Raíces,
Maestra, secretaria de la Confederación de Educadores, delegada del último
Congreso Internacional de Justicia al Magisterio. Dama de aspecto muy criollo, mordaz de crítica.
En ella no existían recelos ningunos para atacar de inmediato a su archi
enemigo, el Señor J. Mangual.
Aquella cuarteta parecía haber sido escogida por el
mismo Mefisto. Juntos no podían
verse, oírse, ni olerse y mucho menos entenderse en un diálogo.
Cuando comenzó el tiroteo de argumentos, Tomás estuvo pendiente de
hasta los respiros. Trató, sin
percatarse de no emitir parciales juicios con ninguno.
Estuvo en acuerdo y desacuerdo con los puntos esgrimidos por cada uno de
los contrincantes verbales. Entendía
los alegatos salariales de la Señora Raíces, pero no comulgaba con su
despectivo acento al mencionar la palabra 'administración'.
Del Señor Mangual reprochó mentalmente su patética ceguera
institucional, pero le notó vestigios de ser una persona documentada.
Con Joe, lo único que pudo concordar fue la sencilla
idea de que si alguien no quiera ir a la escuela, pues que le busquen otra cosa.
Con la Señora Aldarondo estuvo muy de acuerdo hasta que ésta habló de
sacar sangre a golpes a los estudiantes.
Tomás miraba con la boca entre abierta y pensaba que todo aquello era
una guerra de polos encolerizados. No
entendía muy bien para qué lo invitaron a ese desarreglo conspirado mal
llamado programa de diálogo.
Una vez los panelistas comenzaron a sacar hirientes
chispas, se desató un acalorado ataque de temas personalistas y acusaciones de
todo tipo. Difamaciones y trapos
sucios eran la parte emocionante del programa de aquella noche.
Miranda trató de envolver al público asistente para que se
abanderizasen con algunos de los irreconciliables invitados.
Varios asistentes opinaron cargados hacia uno u otro
bando. Miranda seguía solicitando
atrevidos a la porfía. Sin que
nadie se lo pidiera, Tomás levantó su mano izquierda muy derechamente.
Las cámaras tomaron su rostro inmediatamente.
Miranda se entusiasmó con el pequeño, pareciendo haber estado esperando
el momento y le acercó el micrófono muy hábilmente.
Doña Prudencia sonreía de una sola muela y perdía rápidamente el
color. El niño se levantó con una
postura elocuente y departió fluido mientras dispersaba onduladas
gesticulaciones.
“No
importa los ojos que abramos, las canas que nos manchen, los callos que nos
minen o el tamaño de las alas, se conoce o no se conoce la parte escurridiza.
La parte buscada. La parte
necesitada.”
Miranda sólo pudo someter una interrogante mueca en su
cara. El público quedó semi
descalabrado al no poder asociar el tema con el surrealismo pintado en sus
mentes. El moderador permitió que
el niño continuara contradiciendo instrucciones en mímicas de su coordinador.
“Si
un Angel hoy nos concediera un deseo, sólo silencio deberíamos pedir.
Silencio completo para encontrarnos.
Entonces tomaríamos los ojos de uno, canas y callos de otro y las alas
del último. Los vestiríamos por
todo un día. Ataríamos los
sentimientos de ellos a los nuestros. A
lo mejor entre todo esto pudiésemos sentir algo escapado, escondido o perdido
de cada cual. O quien sabe, si quizás podríamos llamarle verdad a este
injerto de híbridas misiones.”
Miranda comenzó a retirar su micrófono
disimuladamente. Tomás no parecía
tener intenciones de callar. Doña
Prudencia se desesperaba en un baño de sudor más frío que los muertos.
Su cara estaba matizada por una mirada de vergüenza social.
El niño continuó su carga poseído por las inquietas musas del momento. Sus ojos estaban perdidos en ninguna parte y ceñía el gesto
como si tuviese cuarenta años.
“Si
el público quisiera entender el problema de la educación, así como de otros
mil problemas del mundo, pedirían silencio al Angel. Apagarían sus televisores ahora mismo y buscarían ponerse
en el lugar de quien quizás los busca. Se
atreverían a caminar la mitad o algo más de la brecha, invitando al contra
parte a caminar el resto. Todos
podemos comenzar ahora. Yo quisiera
pedirles a aquellos que en realidad quieren mejorar sus realidades que por favor
apaguen sus televisores. Piensen en esto un momento.
Este programa no nos hace mejor en nada ya que de todas formas esta
discusión no nos lleva a ningún lado. Apaguen
los televisores ahora mismo y pregunten a sus hijos, a sus nietos o a otros niños
como mejorar la escuela, como integrar su mundo al suyo y que ellos esperan de
usted. No espere otro momento hágalo
ahora mismo, apague el televisor.”
Espontáneos aplausos de apoyo surgieron del enmudecido público. Aquí Miranda le retiró el micrófono y sonrió sarcásticamente a las cámaras. Miranda cont