El Flamboyán

 orgulloso de sus raíces, sin importar suelo que pisen

 

Durante cierta época del año, en Puerto Rico ocurre un evento natural que embellece aún más el verde paisaje.  Cada año, este milagro de la naturaleza nos ofrenda su homenaje de rojas flores vistiendo los campos de fiesta.  El flamboyán en su majestuosidad, no se encomienda a nadie ni discrimina monte o llano cuando florece extrovertido y orgulloso.  Sus generosas flores cubren los caminos que bajan de los cerros, arropan las plazoletas de los pueblos y tiñen cada mirada en una alabanza color rubí.

 

Pero ese majestuoso árbol es así por una razón muy sencilla.  Él vive orgulloso de ser flamboyán y no se intimida al decirlo.  Orgulloso de sus robustas raíces, del alcance de su hospitalaria sombra, de su prolífica semilla y orgulloso sin duda de su esplendor rojo entre la verde rutina.  Un flamboyán aún en la orilla de una humilde carretera, de esas que entrelazan dos remotas barriadas, te dice sin miedo, “¡Yo soy flamboyán, para que tú lo sepas!”.

 

El flamboyán en su esencia, manifiesta la identidad puertorriqueña.  Esa misma identidad que igual carga el boricua de la isla, el que se aventura en otros lugares y aún aquel que nace lejos pero de semilla boricua.  Identidad que se proclama orgullosa de sus raíces sin importar el suelo que pisen.  Identidad que acoge con su hospitalaria sombra al amigo, al vecino, al familiar, al necesitado y hasta al extraño que pasa bajo sus ramas.  Identidad que siembra semillas de sudor en las factorías, semillas de gloria en tarimas y estadios, semillas de superación en los retos de la vida y semillas de sangre boricua cuando el deber ha llamado a los campos de batalla. 

 

Pero en sus flores, el flamboyán declara la alegría y el privilegio de ser lo que es, conciente de su realidad, convencido de su propio mérito e integro con su misión en la vida.  Así es la identidad puertorriqueña.   Llámese boricua, puertorriqueño, borincano, borinqueño o puertorro, sus flores se dejan notar.  Se notan en el espíritu alegre que define a cada boricua como una fiesta en potencia.  Se notan en el colorido que descubre a los boricuas como originales, talentosos, briosos y hasta sabrosos. 

 

Por eso, cuando nuestro decidido amigo Harry García, nos señala que es el momento de crear un periódico comunitario que manifieste la identidad puertorriqueña, florece la  verdad.  Este es el momento, este el lugar y esta es la verdad.  Los boricuas del sur de la Florida podemos, debemos y hasta tenemos que unir voluntades para realizar esta faena de identidad puertorriqueña.  De tal manera, que esta comunidad, tan necesitada de representación y voz solidaria, se manifieste como el flamboyán, exclamando; “¡Yo soy boricua, para que tú lo sepas!”