Extasis en el averno

(fragmento de cuento extraviado)

 

El no contar con un minuto

es el peor enemigo de aquel

que se busca dentro de su

propia existencia.

 

 

Yo diría que un eco nocturno fue lo que la atrajo.  Nada especial, solo el eco de mis pasos por el desolado callejón suburbano que me conducía a donde siempre.  Creo que iba a un paso por segundo y a tres latidos por paso.  Mas de cuarenta minutos sin parar a las tres de la mañana, pero no importaba, tenía que llegar al matadero de los sanos.  Solo la cura detendría los dos millares de  insensatos avances que me movilizaban al sureste de mi lecho.  Solo el sabor a nausea y el moroso parpadeo me indicarían que ya estaba satisfecho.

 

El vecindario lucía frío y muerto.  Nada daba indicios de vida, ni siquiera las omnipresentes criaturas de la noche deambulaban por mi camino.  El sendero de oscuridad pavimentada en sombras y el silencio me dirigían al adefesio de siempre.  Mis manos apretaban el encendedor desechable que utilizaría en la matanza de mi propia voluntad.  Sudaba copiosamente y comencé a quitarme la camisa sin aflojar la marcha.  De repente divisé‚ en el suelo lo único que me detendría por cinco y medio segundos.  Divisé‚ un cigarrillo prácticamente completo desde casi diez pasos.  Orquesté‚ un movimiento gracioso para recoger el cigarro donado por el azar mientras no dejaba de avanzar.  Lo tomé‚ con mi diestra mientras la siniestra arrastraba mi camisa sudada por el suelo que se perdía bajo mi desespero.  Sin mirar la marca lo apreté‚ entre mis labios y seguí avanzando.

 

El viejo encendedor trató de hacer su trabajo una vez mas pero ya estaba muy cansado de sus prolongadas encendidas en mis viciosas gestiones nocturnas.  La brisa que generaba mi caminar sobre una atmósfera estática le impedían suplir una llama que sirviera para algo.  Ya iban cinco chisponazos cuando decidí detenerme para dar paso a la prioridad de fumar mientras caminaba.  De repente detuve mis pasos, coloque mis manos en forma protectora y procedí a encender, a inhalar y a saborear el humo en mis venas.  Antes de que terminara de aspirar esa primera camada, la calenturra del seco sabor me preñaba la boca dándole sabor al resplandor de la llama y la sombra de mi desesperación.  Y de nuevo, como las tres últimas noches, estaba allí esperándome.  Su silueta esbelta flotaba en mi camino como si me mirara.  La luz de una residencia cercana la bañaban por su flanco izquierdo.  La observe de una sola pieza y analicé‚ cada una de sus virtudes sin parpadear.  Mi aleta impresión me impidió retirar el cigarro de mi boca.  El humo no fumado me cegó de momento y su reflejo me condujo a estregarme los ojos con la otra mano.  Cuando los volví a abrir ya no estaba allí.