La autoestima del puertorriqueño

 

A veces reírse de uno mismo
es muy buena medicina
aunque conocerse a si mimo
suele ser el mejor remedio

 

Analizar la autoestima de una persona es algo enmarañado y tratar de hacerlo para un grupo tan complejo como el puertorriqueño es algo que parece inalcanzable.  Esta tarea se complica mucho más al reconocer que nuestra definición de lo que es ser puertorriqueño a veces se torna borrosa debido a nuestras realidades políticas, migratorias e históricas.  Sin embargo no le cogeremos miedo al bulto y buscaremos la forma de aportar algo en una manera rápida, sencilla y práctica.  

 

Lo primero que vamos a dilucidar es una definición razonable lo que es ser puertorriqueño mas allá de lo que dice el diccionario y menos complicada que lo pudiesen aceptar algunos sociólogos exigentes.  Los puertorriqueños somos un grupo étnico disperso geográficamente y con cierta diversidad cultural pero unido en el reconocimiento de nuestro origen o el origen de nuestros padres en la isla de Puerto Rico.  A esta definición le caben varios asteriscos y sendas notas al calce pero no nos compliquemos todavía.

 

La definición de autoestima es más sencilla aún.  Autoestima es la capacidad de reconocer nuestro valor propio y vivir de acuerdo ello.  Abundando en esta definición, una persona que ejerce autoestima busca la verdad, acepta su realidad, asume su responsabilidad, honra sus valores, actúa de acuerdo a su propósito existencial y vive en armonía con sus principios.  Por favor lea la oración anterior nuevamente y trate de visualizar cada uno de esos seis puntos.  Según las autoridades mas versadas en este asunto, estos son los elementos conducentes a una sana autoestima. 

 

Si tomamos esta definición como valida, notamos que la autoestima no es una simple variable sicológica sino al menos seis condiciones del comportamiento humano.  Si extrapolamos estas seis conductas al nivel de evaluar nuestra etnia puertorriqueña en términos de su autoestima como pueblo, la cosa se pone un poco más resbalosa.  Para dar un ápice de control a nuestro juicio debemos determinar nuestra muestra a evaluar, la escala o proceso de medición a que sometemos esa muestra y el criterio observable en el cual basamos la cuantificación de los resultados obtenidos de tal muestra.  Simplifiquemos este ejercicio en una forma hipotética, viable y económica.  

 

Para obtener la muestra razonable piense en diez puertorriqueños que usted conozca lo suficiente para evaluar subjetivamente sus valores y estilos de vida.  Trate escoger personas de diferentes vertientes y cualidades.  Trate de diversificar edades, lugares, profesiones y géneros. Una comadre, un par de vecinos, una sobrina, el bodeguero de la esquina, su médico y no olvide incluirse usted mismo.  Evitemos los extremos, así que eliminemos al loco del pueblo y a la maestra voluntaria de la clase dominical.  Para evaluar cada uno de ellos otorgue puntuación del uno al diez en cada uno de los seis componentes de la autoestima.  Recuerde que diez es impecable y cero es incapacidad total.

 

Por ultimo, sea honesto con su muestra pero entendiendo que esto es solo un juicio subjetivo sobre quienes no se pueden defender.  Por cortesía no llame a su evaluado para notificarle el resultado de esta evaluación.  Eso no le va a ganar afectos. Además puede que usted esté siendo evaluado en este momento y a lo mejor inclementemente.  En mi caso yo me limpio las manos por si algún amigo, conocido o enemigo que se siente aludido.  Comencemos pues con cada uno de los seis criterios de la autoestima de manera un poco mas directa.

 

El primer elemento de la autoestima es la búsqueda de nuestra verdad.  Una persona que busca la verdad posee una mente activa, maneja hechos relevantes y vive en el presente sin perder el contexto más amplio.   Por definición, no evade la realidad aunque esta sea incomoda o dolorosa.  Esta persona también trata de entender y analizar al mundo y si es posible, al universo.  En su búsqueda de la verdad reconoce sus valores y sus raíces aunque está dispuesto a revisar viejos conceptos para adaptar nuevas ideas e ideales. 

 

Mi muestra de boricuas salió bastante bien en la evaluación de este primer criterio,.  Los puertorriqueños en general les gusta estar enterados y están dispuestos a tratar casi cualquier tema.  A veces somos un poco livianos en el análisis y le tenemos un poco de repulsión a la complejidad.  Leemos menos libros que muchas otras culturas latinoamericanas aunque tenemos mayor escolaridad que los mismos.  Sin embargo, para los boricuas casi no existen temas tabú o no contamos con un historial represivo de los derechos de expresión en las últimas décadas.  Como dicen en el campo, somos bastante averiguaos.  El promedio de mi muestra aquí es 7. 

 

El segundo elemento es de la aceptación de la realidad propia.  Aquí una persona acepta realistamente lo bueno y lo deficiente en sí mismo para así poder decidir sobre ello y mejorar.  Entiende que no se puede cambiar lo que mantenemos en negación y visualiza que la aceptación es no evadir nuestro potencial, sino por el contrario, es despertarlo.  Acepta su realidad incluyendo los factores personales como el contexto familiar, la fisonomía, las emociones, los pensamientos y el privilegio de ser lo que somos. 

 

Aquí la cosa se nos complica un poco.  Auque los boricuas no tenemos muchos tapujos en ser como somos, guste a quienes les guste, el consumismo nos desenfoca bastante en el arte de aceptarnos a nosotros mismos.  Sea por cuestiones de la campaña masiva e inclemente a la cual nos tienen expuestos o por otras razones mas profundas, a veces se nos va la mano con eso de la moda, el corre-corre, los gastos superficiales y la bebelata.  Pero por lo menos, hasta el momento nadie me ha dicho que ser puertorriqueño es algo aburrido.  Al contrario, es una cualidad que hasta cierta medida es un tanto alocada.  Como dice Ricky, muchos de nosotros vivimos la vida loca.  Mi promedio aquí es de 6. 

 

El tercer componente de la autoestima es asumir la responsabilidad propia.  Las personas responsables convierten metas en realidades, reconocen que el poder está en ellos mismos y no en  las condiciones externas y además son capaces de gobernar su propio tiempo.  Otras características de tales individuos es el tratar de alcanzar logros reconociendo la ley de causa y efecto a la vez que mantienen un comportamiento constructivo, oportuno y activo.  En otras palabras viven, aman y crean desatados de miedos irracionales. 

 

En este renglón los boricuas están bastante versados.  Muestra de esto es la gran cantidad de puertorriqueños que se aventuran en distintas y difíciles gestiones como son los estudios, el trabajo, la migración, el servicio militar y la fundación de familias.  Contrario a lo que algunos piensan, cada vez son menos los boricuas que se quedan pateando una lata en la plaza de un pueblo.  Todavía nos falta mucho por aprender en el renglón de crear nuevas empresas con capital boricua pero cada vez que abre una nueva empresa se cuelan los boricuas en todo tipo de posiciones. Cuando a un puertorriqueño le entra ese culillo de moverse en alguna dirección, no hay quien lo pare.  Mi puntuación en este reglón es 8.

 

El cuarto componente es honrar sus valores.  Para cumplir con esto, una persona actúa opuesto a la timidez y entiende la pasividad como un sabotaje.  No evade la confrontación necesaria y evita la manipulación de los valores o demagogias.  Vive sus valores auténticamente, abiertamente y sin fingir.  Adopta valores justos, inteligentes, maduros y necesarios a la vez que se desarrolla, trabaja, lucha y sustentas sus principios.  Una persona que honra sus valores reconoce que la diferencia esta en cada aportación, mantiene conciencia del contexto (tiempo, lugar y persona) y sobre todo procede en interés del bien.       

 

Que mucho hemos crecido en este sentido en los últimos treinta años.  Ya los tiempos del puertorriqueño eñangotao están pasando a la historia.  Quizás nuestras experiencias en las distintas luchas en el planos laborales, universitarios, políticos, comunitarios, ecológicos y periodísticos nos han propiciado cierto grado de madures en este sentido.  En contraparte, el perenne asunto del estatus político, la corrupción gubernamental y el tribalismo partidista han suplido una fuerza opuesta a la honra de los principios.  Otro factor que no podemos dejar a un lado es la propensión que hemos tenido como población a ciertas conductas antisociales como han sido las drogas y la criminalidad.  No obstante, en términos de defender principios, los boricuas ya se han puesto los pantalones largos.  Mi puntuación en este reglón es 7.

 

El penúltimo elemento de la autoestima es el de vivir de acuerdo a un propósito existencial.  En esta porción de la autoestima, una persona procede más allá de las fuerzas del azar y trabaja con ideas específicas y objetivos explícitos.  Persigue metas productivas, esforzándose para realizar resultados mayores, más profundos y de largo alcance.  Por último y mas importante aún, el propósito existencial no puede ser contra producente con la misma autoestima.  Es decir, nuestro propósito existencial no puede ser autodestructivo sino constructivo y positivo. 

 

Aquí tengo reservas acerca de nuestra ejecución o en la claridad de nuestros propósitos.  Como punto positivo debo resaltar que muchos puertorriqueños dedican sus vidas en mayor o menor grado a la religión, a la educación, al trabajo comunitario y a otras gestiones filantrópicas.  No se puede olvidar tampoco que la consagración que muchas madres y padres otorgan a sus hijos en nuestra comunidad son un propósito existencial de entero merito. Sin embargo, no es raro ver a nuestros compatriotas vivir de día en día y de cheque en cheque sin una clara dirección.  Muestra de eso es el pobre porcentaje de boricuas que ahorran o aportan para su retiro.  Otra muestra de esa falta de dirección es alto consumo de comida, bebida y otras sustancias que a la larga tendrán un precio en la salud de cada cual.  La cantidad de divorcios, de embarazos en adolescentes y de otros problemas familiares demuestran que esta es un área en la cual debemos poner más atención.  El individualismo, fomentado por el estilo de vida primariamente occidental de nuestra sociedad, limita nuestro desempeño en esta destreza también.  Como dice mi tía; muchas veces nadamos tanto, para morir en la orilla.  La puntuación de mi muestra en este importante renglón es 5.

  

Por sexto y último punto queda es el vivir en armonía con los propios principios.  En una sola palabra, integridad.  Esta integridad está presente cuando un individuo vive sus propias ideas y estándares de forma tal que orienta sus creencias y sus acciones hacia sus ideales.  Hace lo que piensa y lo que dice sin traicionar sus convicciones.  Es honesto consigo mismo y evita la hipocresía.  Admite que no somos perfectos pero en el proceso de su desarrollo personal, se ama a sí mismo como parte de su propio privilegio de existir. 

 

Aquí hay buenas noticias.  Los boricuas que he evaluado al igual que casi todos los boricuas que conozco, son bastante consistentes en vivir sus propios ideales.  Esto no quiere decir que nuestros valores sean tales o cuales.  Esto mayormente manifiesta nuestra consistencia entre valores y acciones.  Eso se refleja en la forma en que se destacan los boricuas en distintos giros y en la enorme cantidad de boricuas que expresan talentos que requieren dedicación, deseo y tiempo.  No es una casualidad la cantidad de deportistas, artistas, profesionales y trabajadores de calidad que produce la puertorriqueñidad bajo condiciones no siempre favorables.  Esto se debe mayormente a que una vez determinan cual es su propio valor, se entregan individualmente y a veces colectivamente a ese valor.  No obstante, nuestra puntuación y nuestra realidad no es perfecta aquí tampoco. Así que nos vamos con 8.      

 

Como conclusión puedo decir que el promedio de autoestima para mi muestra es de aproximadamente 7.  Este promedio, auque totalmente subjetivo, refleja un cuadro en el ámbito positivo.  Al menos mas positivo que lo que algunas personas puertorriqueñas y de otras nacionales piensan.  No somos la cultura helénica pero tampoco somos el “West Side Story” de los años 50.  Como comunidad contenemos muchas personas y familias que verdaderamente necesitan orientación o ayuda.  Además, pienso que hay mucho trabajo en las áreas que he mencionado anteriormente y que no quiero repetir.  Pero la mayoría de los individuos puertorriqueños, consientes o no, caminan por la vida con la frente en alto.  Es decir, su estima propia es saludable o aceptable.    

 

Cada individuo, al igual que cada sociedad o grupo étnico, posee un potencial de crecimiento y las semillas de muchas otras satisfacciones que la vida nos ofrece.  Ese potencial es como una fuente de luz, que al pasar por un prisma, evoluciona en valiosos colores.  Ese prisma triangular lo conocemos muy bien.  Por el lado en que la luz penetra se encuentra la educación.  Educación que empieza en el vientre de cada madre y no termina hasta que partimos.  Esta luz que invade al prisma se refleja inmediatamente en el segundo lado, que es el trabajo.  En esta labor nuestra de cada día se reflejan nuestra conciencia de propósito y nuestra dedicación de minuto a minuto.  Por último, el arco iris reluce por el tercer lado de del prisma.  Este es lado más importante.  Este es lado de la virtud y de los valores.  Y sobre todos los valores que podamos manifestar en nuestras vidas, brilla más el amor.  Porque como dice el libro de los libros; “pudieses ir al templo todos los días, hablar en lenguas y ofrecer grandes sacrificios, pero si no tienes amor en tu corazón, no has hecho nada. Porque sin amor, somos nada”.