El areyto del atabey

(Fragmento  de un cuento extraviado)

 

Era la quinta vez en dos lunas en que regresaba el aviso de llamaradas huérfanas de humos.  El delirante mensaje llegaba en una fogosa señal del alto de un caobo y se extendía de palmo a palmo en el horizonte.  Otra vez era el mismo incendio que se reflejaba temblorosamente siniestro sobre el oscuro borde de los mares.  Las estrellas marcaban dos tercios de una espesa noche isleña muy cerca del final de la segunda temporada de siembra.  La furia de las llamas  reflejaban su maldad sobre olas mayores que un hombre y su perversa danza muda viajaba implacable hacia el poniente.  Maldito aviso ardiente, pero mas maldito fuese el no haberlo percibido en su urgente ardor.      

 

Aunque la caricia del viento de la montaña cubría el batey mientras despeinaba las húmedas yerbas, Coaná sudaba y no de fiebre.  Cada vez que volvía de su silente sueño solo a muerte sabía su boca.  Su terrosa piel de buen hombre se bañaba en el transpirado sumo mientras cerraba sus labradoras manos en recios puños de terror.  El correr del sudor y lo apretado de su mordida terminaron por despertarlo en un brusco movimiento de torso que casi lo arrojaba de su hamaca.

 

Bañado en su desespero Coaná, recogió su cuchillo de piedra que dormía junto a el cada noche en su lecho aún tibio.  Salió de dos pasos hasta la entrada del bohio y miró hacia las estrellas.  Todavía faltaba mas de un cuarto de una de las noches mas frescas del viaje de un sol.  Miró hacia el centro del batey y reconoció a Cebahí que montaba vigilia armado de un sólido palo de guayabo del ancho de un brazo y de una pierna de largo.

 

Cebahí reaccionó de inmediato a la mirada palpitante de Coaná y le hizo una señal con su vara de vigilante.  Coaná le contesto mostrtando pausadamente la palma de su diestra y entrando como era mandato a su oscura morada.   Allí dormía en otra hamaca su compañera Yara y en el suelo desnudo sus  tiernas y atesoradas hijas Yabará y Sabará se acurrucaban muy cercanas.  El húmedo viento cargado de temblores castigaba las paredes del bohío y a poco doblegaba sus cansados cimientos de mangle rojo.

 

Coaná tomó un trozo tejido de algodón que se escondía en su hamaca y cubrió a sus dormidas hijas con la tibia pieza.  Suavemente se sentó en el suelo junto a ellas y cruzó sus piernas en una postura de solemne reposo.  Así dejó caer sus manos sobre sus muslos y cerró sus ojos buscando encontrarse con el esquivo y apacible espíritu del sueño.  Poco a poco cada músculo de su cuerpo se despedía en un callado viaje nocturno hasta desalojar completo la atención de su cuerpo.  Así siguieron lentamente nadando las estrellas por el negro mar celeste hasta que la penumbra quedo vencida por el padre sol en el aura de una mañana hermosa.  Cohaná esperó libre de impaciencias pero sin recobrar su enlace con el dormir.

 

En las primeras señales de luz Coaná se levantó de su callado reposo y miró a su familia que permanecía profundamente dormida.  Se acercó a la hamaca de Yara y coloco su robusta mano sobre la cintura de esta.  Vistiendo su voz en el trueno que canta desde lejos en las montaña del saliente le dijo;