Una Taquilla para Soñar

 

"Hay fuerzas que nos unen

y otras que nos separan.

Cuídate de aquellas

 que inmovilizan en indiferencia"

 

 

Me sentía como un espejismo solitario, sentado otra vez en aquel reluciente y tumultuoso templo.  Le robaba un lapso a la vida para desconocerme un poco.  Cada vez que visito la pequeña Babel me veo en las caras de los que compran la sintética felicidad.  En aquellos pisos marmoleados puedo respirar un ambiente mundanamente artificial, filtrado de preocupaciones y tormentosos motivos existenciales.  Allí somos lo que el capricho social pretende que seamos.  Miles pasos fortuitos y miradas esquivas que se mueven comercialmente entre un torrente de murmullos casi apagados.  Niños, mujeres y hombres se entrelazan con la ociosidad, la necesidad y el lujo.  Se aíslan de sí, anonadados en ese deseo niño de tener por tener, estar por estar o mirar por soñar.  Yo también voy allí a soñar. Soñar con otros lugares, soñar que desconozco mi antecedente y que logro lo que ni siquiera he intentado.  Quizás soñar me ayuda a conocer alguien más dentro de mí.

 

No pasé mucho tiempo, cuando del lugar en que emanan las luces, me visitaba un conocido.  Me afirmé bien en su rostro sin nombre.  Hacía semanas que aquel sueño me saludaba.  Según llegaron los recuerdos, me acompañé de musas para diseñar una vía perfecta que llegaba desde Cayo Hueso hasta Venezuela. Delineando aquel imaginario multi-riel sobre la mar caribeña, reconstruí esa ruta precolombina.  Quizás así, se romperían los marasmos fosilizantes de decenas de lugares besados por las mismas aguas. Claramente vi el tranvía trans-caribeño que hermanaría en propósito a continentes, países, islas, pueblos anglos y pueblos latinos.

 

Si Japón lo consiguió en apenas siete años, nosotros quizás en veinte transaríamos con nuestro destino.  Con la tecnología creadora el Expreso del Tifón, Hiroshima a Pusán, amarraría a Florida con La Habana fácilmente. Luego el Expreso del Huracán estrecharía a la Provincia de Oriente con La Española.  Por fin, aquel napoleónico sueño tomaba formas familiares.

 

De pronto, me sentí viajar cómodamente en un carromato alfombrado, de colores pasteles y decorado con cuadros cenizos.  Cuando entré por Aguadilla divisé un mural en cinco idiomas que comenzaba con "Bienvenidos a Puerto Rico".  Paisajes relampagueantes de la costa norte se despedían por mi izquierda.  En menos de cuatro minutos pasamos por el panorámico Guajataca visto desde lo más alto del paisaje.  Una despreocupada balada entonada por una genérica cantante flota sobre el zumbido sordo de ciento noventa mil caballos mecánicos.  Estiré los pies sentado en un tibio sillón de telas armonizantes.  Cariñosamente me abraza un aroma familiar.  Tentadores platos de comida criolla son servidos por hermosas asistentes.  Sí, muy hermosas como esa que invade mi vista frente y entra en...

 

!VAYAAAA!!!...!Estás embobao broder!

 

 Me espantó abruptamente el "saludo" de mi pana Georgie que me acababa de aparecer de no sé dónde.  Llegó con una camisa que me pareció sacada de una película de los ochenta.  No sé que me jodía más, la camisa o la gritería que no terminaba;

 

!CHAAACHOOO!!!..Vice. !Cambia esa cara!..  Acuérdate que hoy vamos para juego de la semifinal entre tu Puertorriquito y mi YU ES EYYYY,        !!JAAA...JA..JA!!.

 

Mientras reía perniciosamente, Georgie me exhibe dos suculentas taquillas multicolores impresas, "Puerto Rico 2004 - Basketball".  Por primera vez vi los privilegiados pases que habíamos encargado desde hacía meses.  Todavía el eco de sus comentarios rebotaban en mi mente y generaban un visible gesto de repudio.  Si algo es peor que una mirada de ira, es una sólida postura de indignación.  Al percatarse de mi incomodidad, Georgie trató de complacerme y cambió el tema.  Su selección no fue del todo acertada;

 

“Oye, esa jeva esta bien dura, con razón te tenía tripiando...”

 

Trate de justificarme sin comprometerme.  Le expliqué parcamente;

 

“Mano, Yo estaba maquineando otra cosa.”

 

Rápidamente, me devolvió una estocada irónica.

 

“Oh sí, yo sé que.”

 

A pesar del tono chauvinista que me brindó, no pude negar nada.  Sé que algo mío viajaba con esa mujer cual vi solo una vez.  Entonces cambie el tema.

 

“Y por cuanto tu crees que YU ES EY gane hoy?  Digo tu que eres un jodón del básquet internacional.”

 

Pensé que el compa había caído en la trampa fácilmente.  Se agitó, o mejor dicho, se irracionalizó y empezó a hablar mierda sobre baloncesto;

 

“Treinta y cinco de Thomsom, cuarenta de Smith, por lo menos cincuenta       Burns y cincuenta de Nash.  Por los demás, veinte de Jackson y cuarenta del banco.”

 

De primera intención no registré bien.  Esos números mágicos solo cuadrarían en la mente de un evangelista.  Desgraciadamente le tuve que preguntar.

 

 “!CARAJO!..¿Y Puerto Rico, qué?

 

Georgie se cruzó de brazos y miró al techo pensativo. Gesticuló como quién fuese a dictaminar sentencia.  Me miró y dijo secamente;

 

“Si llegan a cincuenta es pura leche.”

 

Quedé poseído por el inmundo espíritu del fanatismo.  Estaba desorientado.  Busqué esgrimir la coherencia y no caer en una brutal guerra de puntos de vista.  Inútilmente trate de venderle la idea de que era imposible que los norteños anotaran más de doscientos puntos.  Mucho menos podía concebir que  derrotaran a Puerto Rico con una ventaja de más de cien tantos.  Según me desenredé, interioricé la triste realidad de que el entrampado era yo.  Me reí sin recriminaciones y le lancé un reto;

 

“Te pago un peso por cada punto de ventaja que Estados Unidos sostenga al final.  Pero con la condición de que tú me pagues cien si pierden. “

 

Sin pensarlo una milésima vez dijo.

 

“Pan Comido, espero que sea por más de cincuenta.”

 

Permanecí sentado frente al desenfrenado bullicio.  Mientras tanto, Georgie se acomodaba la espantosa camisa ochentona.  Aquella pieza de coleccionista era color naranja seguridad con estampados verde luminiscente. Le sugerí que se sentara para conversar en lo que se preparaba la escena del juego.  Todavía faltaban dos horas y media para el silbato inicial.  Todos los factores de aquel lugar de Plaza Las Américas eran perfectos para la enajenación panista dominguera.

 

Te bufeaste mi camisa. Es una Nike original. Ya que los ochenta volvieron a la moda, me la monte para el juego de hoy.  Viste quien esta pintadito ay...­­YESSS!! es ­­MICHAEL JORDAN!!, el aéreo.  ¨Tu te recuerdas cuando jugaba con los BULLS?  Eso era un monstruo.  Líder de anotaciones siete veces, maestro del donqueo y miembro del Salón de la  Fama.  Cuando llevó a Chicago a cinco campeonatos, se quedó con todo.”

 

Junto con la semblanza me llegaban ideas no tan positivas.  Aquel gran atleta hacia años nos tenia posicionados igual que a su logotipo, espatarrados y en el aire.  Le tuve que interrumpir;     - Chacho sí, tan brutal como jugador y tan bruto como presidente.

 

Sin que nadie invitara, entré en un punto que sería crucial en aquel neurálgico día de mi vida.  Ese comentario tan impertinente de mi parte, se convertiría en el comienzo de una avalancha de mal intencionadas aportaciones.  Una respuesta de Georgie no se hizo esperar.

 

“No hables mierda, que cuando Jordan salió electo, por poco tu sales con una bandera americana a celebrar a la calle”

 

Casi tenia razón.  Su respuesta me hizo recordar las muchas ilusiones que se amargan cuando maduran.  Le tuve que otorgar ese punto 

 

“De veras que nunca pense vivir para ver un presidente de color.”

 

Una vez Georgie me vio indefenso, comenzó una despiadada retórica.  El bombardeo demagógico no fue nada tímido, pero si precipitado.

 

“Ay, no seas come mierda y dímelo...­UN PRESIDENTE NEGRO!. Por eso esta       es la gran nación americana. Aquí es donde nace la democracia y la       libertad.  En esta nación todos tus sueños se hacen realidad.  Eso no       lo vez en ningún otro lugar del mundo.  Es mas, nosotros aquí en       Puerto Rico ahora mismo estamos....  pues... tu sabes...eh...”

 

De momento, mi día fue resplandecido por un milagro.  Sin querer, Georgie entró en un terreno donde rápidamente quedo sin municiones.  Le fue imposible defender un esquema político tan cinematográfico.  Tampoco pudo dar marcha atrás a lo dicho.  La confusión y el desaire se apoderaron de él.  Aquel dilema vivía entre nosotros como un fantasma atrapado en el limbo retórico.  Lo bizarro, lo absurdo y lo paradójico se habían conjurado para hacernos siempre la misma jugarreta.  Varias décadas eran testigos de debates sobre leyes y consultas para definir el gámbito imposible.

 

   Planifiqué rápidamente una ofensiva sorpresa para sacar provecho de aquel error táctico.  Utilicé el viejo truco de argumentos confusos y consecutivos.  El camuflaje con una cortina de mi inglés inmasticable. Contra Georgie, cargué algunos de los acontecimientos recientes en el teatro de nuestra vida política.  El ataque comenzó con el relato del tranque vigente en el hemiciclo federal.  Para efectos de "record" cité al senador norteamericano Mr. Ted Nugent...

 

"If they want their independence, they are very erroneous.  Nobody here wants another change in our liberty system or the democratic rule.  On the other side, I don't want to see another star on my flag or to be associated with four millions of food stamper's with a Macho Camacho's style.  For me, the Porto Ricans can stay as they are, forever".

 

Georgie sabía que las iluminadas palabras del prócer norteño servían de plataforma a la megalítica vieja guardia congresional.  Mientras tanto, un ser invisible me hacia cosquillas donde reside mi crueldad.   Riendo cínicamente, le recordé a Georgie los conflictos civiles que imperaban desde que Jordan asumió la presidencia.  Se habían acentuado los mismos problemas raciales que existían desde mi infancia.  La iniciativa de la rama ejecutiva federal se congeló.  Todo lo que pareciera temática controversial tenía la peste.  Ni siquiera pudieron decidir si lavarse las manos o hacerse los ciegos con los asuntos de la isla.  A carcajadas, le repetí las salomónicas palabras del portavoz del presidente, Mr. Arsenio Hall...

 

  "The Puerto Rican issue is very simple.  We are waiting for the people of Puerto Rico and they are waiting for us. It's a matter of time....  Any other Question?...."

 

Olvidé que estaba en un lugar público y reí sin inhibiciones.  Las lágrimas me advertían que abandonara esa gestión burlona.  No obstante, seguí el ataque con el infame y dulce deseo de joder.  Le traje a colación el mensaje anual del gobernador sobre la resolución del maldito “estatus”.  Cité uno de los memorables discursos en que el Honorable Gobernador Don Marcos Rigau, divagaba el siguiente laberinto...

 

"Una vez le cambiemos el nombre al estatus de Estado Libre a Asociación Libre comenzaremos una nueva era.  Por asociación, la soberanía residirá en el congreso americano pero las libertades residirán en nosotros.  Todos nosotros podremos estar con la cabeza en alto al entender que nosotros decidiremos sobre nuestro destino aunque ellos retengan la última palabra."

 

Ya sentía piedras en mi estómago.  Le solicité una tregua a la risa.  Trataba de calmar aquella carcajada viciosa pero se revelaba contra mí.  Entonces me fijé que Georgie sostenía un semblante seco, matizado por una mirada interna.  Hacía tiempo que no veía a ese hache-pe sin el filo de un buen argumento para este tipo de reyerta.  Había llegado el momento de terminar con la ironía y cambiar el tema.

 

“Oye Georgie,  ¿Por que no trajiste a los muchachos?”

 

De poco valió el intento.  La maldición del dilema político se apoderó de nosotros como la melodía que nos levanta y sonsonetea nuestra mente todo el día.  Nunca esperé tan desconcertante respuesta;

 

“Sinceramente traté.  Pero la mai' dijo que era muy peligroso por la mierda terrorista.  Tu sabes "Los Azulejos".  Ella dice que hasta que eso no se resuelva, no van a salir a actividades públicas y mucho menos al juego de hoy.

 

Un argumento tan liviano en fundamento y desinformado me recordó algo que siempre trato de olvidar.  Desenlazar un matrimonio de par de décadas me hacía sentir como si escondiera un muerto en mi armario.  La malograda relación falleció en un enlodado final allí para el año noventa y ocho.  En esa ‚poca fue cuando me declaré objetor electoral junto a la izquierda independentista.  Carajo, ya era hora.  Después de cien años de coloniaje descarado pensé que era lo mas digno que podía hacer.

 

 Mi ex-compañera quería que hiciera campaña y votara por un independentista hermano suyo para la asamblea municipal.  Ella era solidaria con la posición oficial del partido.  Las inspiradoras declaraciones vertidas por el ex senador, ex representante, ex candidato a gobernador y ex no me acuerdo que mas, Don Rubén Berríos la motivaban a ella mientras a mí me desesperaban...

 

"Todos los independentistas deben sostenerse en las justas electorales. Durante años hemos logrado un incremento en los por cientos obtenidos elección tras elección.  El PIP es el único partido que consecuentemente ha incrementado su participación.  En el ochenta y ocho sacamos un seis por ciento, en el noventa y dos un nueve por ciento, en el noventa y seis once por ciento.  El tiempo nos brindará la victoria y con ello...."

 

Si acaso aquella tendencia se sostenía, el partido tendría asegurado el triunfo para el año dos mil treinta y ocho.  Tras buscarle todos los ángulos a aquel polígono de conciencias, llegamos a nuestros más primitivos instintos.  En el fatídico día, formamos una jodía perreta de aires tele novelescos.  Por desgracia, la discordia fue encendida por la burda mecha de la incomprensión política.  Total, al cuñado le sirvieron una derrota tal, que sus por cientos ni siquiera se percibían a simple vista en las gráficas del noticiario televisado.  Hasta mis hijos votaron por el ex Menudo que salió alcalde de Guaynabo por los estadistas.  Pero ellos que se entiendan con su madre.  Para mí, solo hubiera querido que asistieran al juego conmigo.  En algún lugar de Texas estarán.  Me consolé pensando que, aquella noche frente a sus televisores,  mis hijos gritarían dentro de sí, "Puerto Rico!, Puerto Rico!".

 

   Más lamenté por los hijos de mi amigo.  Pagaban muy caro aquella tragicomedia de personajes desconocidos.  Exterioricé la opinión mas elevada que aquella excusa merecía.

 

“Eso es pura mierda.  Por mí, "Los Azulejos" se pueden ir al mismísimo carajo.”

 

No podía creer que dos niños de doce y catorce años se les privaran de sus múltiples citas con el destino por ajenas especulaciones.  Nadie en el mundo tiene derecho de secuestrar la inocencia o la juventud.  Ni siquiera los procreadores tienen derecho a profanar el fugaz momento de la niñez. Mucho menos las grandi-elocuentes palabras de aquel que escribía inauditos momentos en nuestra anti-historia, Romero.  El autor del Carlismo Boricua, La Estadidad Jíbara y otros anatemas de nuestra idiosincrasia, promocionaba su última creación, La Estadidad Máxima.  Cuando el aguerrido asimilista quiso hacer alardes de su reconocida inteligencia, describió orgullosamente todo un Frankestein político...

 

"Programas federales máximos, escaños federales máximos, protección militar máxima, justicia y leyes federales máximas, cultura e idioma federal máximo es lo menos que vamos a pedir.  Esa es la libertad que queremos.  No nos darán menos porque lucharemos hasta la muerte si es necesario."

 

Los teóricos del materialismo histórico quedaron perplejos ante la despiadada cita.  Obviamente esa teoría era algo nuevo en nuestro diverso panorama político.  Un solo detalle no pudo ser digerido.  Las luchas liberadoras viajan hacia la emancipación y no hacia la asimilación.  Este desliz táctico le restó impacto a las temerarias declaraciones del maestro maravilla.  Si embargo, algunos recalentadores de polémicas insistieron en joder con el tema.  Entre estos un tal Granados no se que, que hablo incoherencias que nadie podía entender.  Este viejo citó a una extraña conferencia de prensa dizque para decir;

 

"Nadie nos robará lo que hemos ganado.  Protestaremos, apelaremos y seguiremos luchando en el foro que sea, hasta que..."

 

Los periodistas, al no entender que carajo quería decir este don, lo dejaron hablando solo y se fueron sin escribir una letra.  Así aparecieron y desvanecieron politólogos de todas las especies.  Desgraciadamente, los analistas noticiosos dejaron entrever un movimiento imaginario llamado "Los Azulejos".

 

Aquella criatura era un producto del sensacionalismo político.  La llegaron a describir como un ser clandestino que luchaba por la estadidad utilizando los más modernos métodos terroristas.  Aunque se desconocía de actividades relacionadas al grupo, se le adjudicaban una serie de planes increíbles que no valen la pena mencionar.  Para mí, lo más inverosímil era la fe de Georgie en aquellos seres mitológicos.

 

“Yo si creo que los azulejos nos traer n la Estadidad Máxima.  No me desesperaré‚ como tu con los independentistas.  Fíjate, los cubanos no se han rajado todavía.  Todos los años dicen que Castro se muere y que entonces volverán a Cuba.”

 

Cuando escuché el tema de Castro, me percaté que nos dirigíamos vertiginosamente hacia otro choque de insensatez.  Rápidamente enfilé‚ varios irónicos argumentos para la lucha de viejos tertulios.  Me preparé mentalmente con un reportaje periodístico dominical donde apareció el viejo Fidel.  Pense desarmar a Gerogie diciendo que el octogenario gobernante ganó el “triatlón de masters" cubanos este año.

 

Me sentí tentado de usar hirientes armas dialécticas.  Sin embargo, algo me decía que ya era suficiente.  Nada que tratara en aquel foro de informalidades fructificaría en lo absoluto.  La experiencia me estaba enseñando que la politización de las amistades desintegraba los lazos fraternales.  Este germen tiene la dudosa cualidad de corromper la llana semántica impartida a nuestras cotidianas relaciones.  En aquel hito existencial pude interiorizar que milenarios axiomas tales como amistad, familia, hermandad, amor y buena fe se desvanecen fácilmente cuando los sazonamos en demasía con el maldito proselitismo rivalista.  Antes que pudiera imponer algún tema menos polarizante, llego nuestro compañero de juerga, Edwin.

 

“Mira quienes están aquí, Georgie y Vicente.  ¿Que hacen?  Chequeando el tránsito pesado. .Mi gente, aquí siempre hay buenas mámises.

 

Esas oportunas palabras y un caluroso apretón de manos me devolvieron el entusiasmo y disiparon momentáneamente el pesado clima que imperaba.  Edwin es de estas personas nacidas para sembrar el humor y cosechar buenos semblantes donde quiera que vaya.  Sin embargo, le noté un poco preocupado. Mientras estudiaba cuidadosamente a las féminas que deambulaban en el perímetro, guardaba sus manos en los bolsillos y se mordía el labio inferior.  Conociendo a ese pana tan bien, pude percibir fácilmente que este estaba fuera de su animosidad dominguera.  Le pregunté.

 

Mano, ¿Que carajo te pasa?

 

Él comenzó a contarnos su titánica tragedia pero con una cara fresca y sonriente, típica de su prototipo humano.

 

“Mira Vice, estoy encojonadísimo.  Te acuerdas que el mes pasado me robaron el carro frente a mí casa.  En esa mierda se me fueron las herramientas nuevas, la lista de mis clientes, el muestrario del trabajo y hasta la copia de los discos de la computadora de la oficina.  Si los pillos supieran lo que se robaron, conseguirían trabajo con la competencia hoy mismo.  Pero pana, lo mas que me jode es que hoy, cuando casi estoy recuperado, me entero que en el maletín robado estaba la jodía taquilla para el juego de hoy...COOOÑOOOO.”

 

Estaba bien jodido y él lo sabia.  Con todo y que nosotros compramos esos especímenes hace mas de dos meses, pagamos el triple por cada asiento. Le pedí mi taquilla a Georgie y este la sacó de su cartera.  Cuando me la entregó, casi la estruja en la cara de Edwin.  El desdichado amigo las miró con un hambre ciega y me dijo;

 

“Vice, te pago trescientos pesos por ella... vamos antes que me arrepienta.”

 

No entendí o no quise entender.  Aquella taquilla sin precio estaba torturando a mi amigo.  Le traté‚ de hacer ver que no era para tanto;

 

“Mira Edwin, tu tienes el mejor asiento desde tu casa.  No te desesperes      que allí no hay que hacer fila ni recibir empujones.  Tienes todas las      frías que quieras sin mover un dedo.  Y si el juego se pone muy mierda     lo cambias o te acuestas.”

 

No acerté ninguna aseveración.  Edwin seguía tan incoherente como al principio;

 

“No jodas Vice, es en serio, te doy cuatrocientos.  Eso te da para muchas frías...  Es mas Georgie, ¿Qué tu dices? “

 

    Con Georgie se volvió a equivocar.  Este se pasó su taquilla por debajo de la nariz y aspiro profundo.  Disfrutando el aroma de la crueldad, le tiró bien bajo;

 

-      Te la doy por ochocientos.

 

    Increíblemente, Edwin sacó su cartera y empezó a contar billetes de cien y de veinte.  Al ver esto, Georgie le presentó la taquilla como si estuviera sosteniendo una frágil prenda íntima.  Prácticamente el trato estaba consumado.  Cuando intercambiaban la mercancía exploté‚ de indignación.  Me puse de pie y los miré‚ a ambos.  Me mortificaba que Georgie se valiera de la desesperación de un amigo para hacer su agosto.  Irritadamente grité;

 

-      ­CARAJO!... ¨Que hacen?  Te volviste loco Edwin?

-       

      ­COÑO!...Georgie, tu no eres más cabrón porque no eres m s grande.

 

   Al recibir la vertical censura, Edwin bajó un poco la cabeza pero sin dar indicios de retirar la oferta.  Georgie, molesto de veras, me increpa de manera airada.

 

     - Tú ni comes, ni dejas comer.  A ti que carajo te importa si él compra        o yo vendo.  Me haces el favor y te callas la jodía boca porque si el        no me compra a mí, le comprar  a cualquier otro m s cabrón que yo.

 

    Estos improperios encendieron en mi un sentido de conciencia que no me doy el lujo de vestir a diario.  La gente que nos rodeaba comenzaba a disfrutar del espectáculo.  Una inmensa e instantánea pausa nos paralizaba a los tres.  Miles de cosas pasaban vertiginosamente por mi frente.  Ya no podía garantizar la cordura de mi próxima movida.  Por suerte o no, una reacción estoicamente humanista salió disparada desde mí hacia el compañero en desgracia;

 

-      Toma mi taquilla.  Dame cien pesos que fue lo que me costó.  Solo te       voy a pedir un favor... No seas tan pendejo.

-       

   Georgie se quedo con la mano extendida mientras me miraba con cierto aire de desprecio cubierto de algo de orgullo.  Edwin por su parte, entendió perfectamente que estaba haciendo un tremendo papelote y se disculpo;

 

    - Vice olvídalo, lo siento.

 

   A pesar de que Edwin estaba volviendo a ser el individuo sensato que yo conocía,  no dejé‚ que despreciara mi oferta.  De aquel momento en adelante, yo no podía garantizar mi control.  Mucho menos si asistía a un juego lleno de emociones conflictivas junto a Georgie.  Me dolía el no ir, pero sé que me dolería mas, si las cosas seguían el curso de acción que habían tomado;

 

    - Vamos sin "rocheos", que me prometiste no ser tan pendejo.  Son       sesenta pesos a la una..., sesenta pesos a las dos... y sesenta pesos  a las...

 

    No me dejó terminar la subasta cuando se apoderó de la colorida pieza de papel impreso.  Me pagó con cinco billetes de veinte y me dio la mano fuertemente.  Yo sabía que había hecho algo bueno o mejor dicho, que hice lo que no se hace todos los días.  Me senté‚ y puse cara de yo no fui.  Georgie todavía un poco molesto, me dice;

 

    - Bueno, ya es hora de moverme hacia el juego, así que nos vemos.  Pero  no te olvides... tenemos una apuesta pendiente.

 

    Le dije que sí con movimientos de cabeza.  Edwin vestía un gesto de agradecimiento.  Me brindó una palmada en la espalda y me lanzó una invitación;

 

-      Este fin de semana vamos para Boquerón a pasarnos algunos días y       quiero que vengas con nosotros a pescar y darnos unos palos.

 

A tan atractiva oferta no tenía mucho que pensar;

 

    - Nítido, me llamas para coordinar.  Pues... que disfruten el juego y       que gane Puerto Rico...por supuesto.

 

Ambos partieron hacia el juego y se perdieron rápidamente en el mar humano que siempre fluye en esos centros comerciales.  Medité‚ muy poco sobre lo ocurrido.  Pensé‚ quedarme un rato mas conmigo mismo en el lugar de los hechos.  Una especie de trance comenzó a latir pausadamente en mi ser consciente.  Traté‚ de encontrar las experiencias mentales que había vivido antes de ser lapsazo por tan concretos sucesos.  Me ayudó‚ mirando fijamente a la entrada de una tienda de zapatos que quedaba frente a mí.  De repente y por casualidad, salió de allí la misma dama que hacía algún rato integraba bellas imágenes en mi mente.  No tardó mucho cuando el sueño amigo regresaba a sentarse junto a mí.  Hermosas y conocidas sensaciones se apoderaban de mí, según fui desdoblándome.  Visualicé‚ a la joven dama vistiendo un uniforme azul marino con insignias que decían "Expreso del Huracán".  El cariñoso aroma regresaba a tentarme.  Poco a poco, la hermosa asistente fue sirviendo los manjares criollos a todos los pasajeros en mi viaje imaginario.  Cuando llegó mi ansiado turno, me miró con ojos sonrientes, mostró dos platos exquisitos y preguntó...

 

- Desea arroz blanco o guisado?