
La
catarsis boricua
Facundo
Cabral asegura que “Puerto Rico es una fiesta” y si él lo dice,
yo lo secundo. Prueba de ello es la
cantidad de días de feriados que se rememoran en la isla. Uno de sus días feriados más destacados es
el 25 de julio. Ese día generalmente es
bendecido con un precioso día playero en el que abunda la música caribeña, la
comida típica e innumerables cervezas.
Sin embargo, como ente político y social, el pueblo boricua de la isla
puede decir que ese fue el día que los montes parieron.
La
efeméride oficialmente celebrada es el “Día de la Constitución”, que de por si
no es poca cosa. Pero me atrevo a
señalar que esa fecha fue estratégicamente seleccionada para solapar un evento
que ocurrió 54 años antes del nacimiento del Estado Libre Asociado de Puerto
Rico. También me la juego a que lo
ocurrido 26 años después de la inauguración de La Constitución, no fue un acto
impensado. Vamos al grano.
El
25 de julio de 1898 la marina de los Estados Unidos, comandados por el general
Nelson Miles invade la isla de Puerto Rico por el pueblo de Guánica como un
accesorio de la guerra Hispano-Americana.
Digamos también que ese día comenzó una de esas relaciones amor-rencor
dignas de cualquier telenovela.
Desgraciadamente para los isleños, el papel que les tocaría representar
desde el principio de la obra fue el de la criada morenita con sueños de
artista. Lo que no imaginaba aquel
galán del norte era que el desembarco marcaría el primer día de los primeros
100 años de esta relación que hoy continúa, aunque en otros términos y
circunstancias.
Algunos
puertorriqueños de la época ilusamente pensaron que la llegada americana
traería progreso económico, libertades adicionales a la autonomía obtenida
desde España y quien sabe sí hasta un matrimonio con papeles y todo. Lamentablemente, Estados Unidos abusó del
pueblo boricua durante décadas apoyados en la política determinada en el
Tratado de Paris que dicta; "... los derechos civiles y la condición
política de los habitantes naturales de los territorios aquí cedidos a los
Estados Unidos se determinarán por el Congreso". Poco después ese Congreso decidiría que isla
es "territorio no incorporado"; es decir, "pertenece
a, pero no es parte de" los Estados Unidos, situación que prevalece
hoy día.
Si
eso no es imperialismo, pues que alguien me explique. En concreto eso representó un gran cambio para Puerto Rico y sus
habitantes. Las primeras medidas
post-guerra hispano-americana fueron la devaluación del dinero corriente, la
confiscación de toda propiedad administrada por el gobierno español y local y
la substitución del capital nativo e ibérico por el nuevo interés
estadounidense. Con el establecimiento
de un rígido gobierno militar, los intentos de imponer el ingles como vernáculo
y el empobrecimiento económico, político y social de los naturales de la isla
se acuñó el dicho del “americano feo”.
No
vale la pena enumerar los tristes eventos y leyes que marcaron el interés del
Congreso Americano sobre la isla y su pueblo.
Pero no puedo dejar de mencionar la oportuna imposición de la Ciudadanía
Norte Americana ocurrida en 1917, dos años antes de embarcar 20,000 isleños
hacia los distintos frentes de la Primera Guerra Mundial. Esta política de reclutamiento masivo y
compulsorio de puertorriqueños ha sido repetida en la Segunda Guerra Mundial y
en los conflictos de Corea y Vietnam.
Admito
sin embargo que no todos los americanos han sido tendenciosos en perjuicio de
la isla. Puedo mencionar a Jack Delano,
fotógrafo social, que publicó realidades gráficas del pueblo puertorriqueño en
los círculos de Washington y el resto del mundo. No sé si por esa gestión filantrópica o por otros asuntos que el
presidente Franklin Roosevelt viajó a Puerto Rico acompañado de su carismática
esposa Eleonor. Con esta visita comenzó
un tratamiento mucho más empático y hasta quizás un tanto paternalista hacia la
isla de parte del gobierno americano.
Durante
los años subsiguientes se establecieron las primeras obras publicas y un
programa de reconstrucción de la infraestructura física, económica y política
de Puerto Rico. Sin embargo, no se pueden olvidar los múltiples vejámenes que
se infligieron al pueblo boricua. Entre estos el auspicio oficial de la
emigración masiva, el establecimiento de imponentes bases navales en las islas
de Vieques y Culebras y la persecución trágica sufrida por el anhelo
nacionalista.
Dentro
de estas condiciones evolucionó el primer autogobierno y La Constitución
Puertorriqueña el día 25 de julio de 1952.
Quien escogió la fecha poco importa aunque generalmente se entiende que
el propósito fue el de solapar el aniversario de la invasión americana. La Constitución del Estado Libre Asociado o
ELA es, en su esencia, genial. Es obra
de una asamblea constituyente que tuvo el beneficio de conocer y entender la
Declaración Universal de los Derechos Humanos de la ONU de 1949 y la
infraestructura de separación de poderes norteamericana. Su Articulo II y todas sus secciones es
todavía hoy uno de los más completos en su genero. Explícitamente, para
mediados del siglo XX, contaba mas derechos de lo que las leyes americanas
reconocían para sus propios ciudadanos.
Un ejemplo de esto es su Sección 1 del Articulo II que dicta:
La dignidad del ser humano es inviolable. Todos los
hombres son iguales ante la ley. No podrá establecerse discrimen alguno por
motivo de raza, color, sexo, nacimiento, origen o condición social, ni ideas
políticas o religiosas. Tanto las leyes como el sistema de instrucción pública
encarnarán estos principios de esencial igualdad humana.
Sin
embargo, esa constitución padece de dos defectos únicos en la historia
constitucional del mundo moderno. No es
lo que dicen en sus páginas, sino lo que dejan de decir, lo que
desgraciadamente la atrofia. Primero,
no especifica de donde emana la soberanía última de la Nación
Puertorriqueña. Ese desliz ha permitido
al Congreso Americano siempre tener la última palabra en todo lo que ellos han
entendido pertinente. Pero por si eso
fuera poco, su pecado mortal es el no establecer claramente; como, cuando y
donde obtener dicha soberanía definitiva si así el pueblo lo desease.
A
partir del establecimiento del gobierno autonómico, y bajo la égida del
Gobernador de Puerto Rico, Don Luis Muñoz Marín, la isla se transformó radicalmente.
Reformas agrarias, educacionales, industriales y sociales dieron a luz lo que
hoy es Puerto Rico dejando atrás los tiempos de latifundios cañaverales,
analfabetismo masivo y enfermedades perniciosas que abundaron por generaciones.
Pero
todo en la vida tiene un precio y la modernización ha sido costosa para Puerto
Rico. La arrabalización de los centros
urbanos, la degeneración social, el consumismo brutal y la crisis de identidad
patria son algunos de los productos marginales de una transformación radical en
menos de una generación. Otro problema
endémico de la isla durante las primeras décadas del ELA, fue la continua
disputa de la inconclusa definición de la relación con los Estados Unidos.
Por
un lado, la tendencia nacionalista, que aunque con una aceptación minoritaria
en el pueblo, siempre ha contado con argumentos verticales y voces de
peso. En el otro extremo, se
aglutinaron rápidamente las fuerzas que entendían que el destino de Puerto Rico
debía ser la anexión de la isla como “Estado 51” de la unión americana. En la defensiva fue quedando la erosionada
mayoría del oficialismo defensor de la relación autonómica que ofrece el
ELA.
En
este circo de tres pistas, el pueblo participa a veces como espectador y otras
como parte del espectáculo. Pero siempre ante el silencio omnipresente del
dueño la ultima palabra, el gobierno americano. Tanto es así, que si no entiendo mal, el último presidente
americano que visitó oficialmente la isla fue John F. Kennedy. Por lo tanto, hace siete presidentes que no
se sabe de ellos. No sé como es que
cuatro millones de ciudadanos americanos se le han perdido en el mapa. Espero que la próxima vez que se acuerden de
los isleños no sea para llenar las líneas de combate en algún remoto lugar.
Así
un día de 1968 ocurrió lo inesperado.
Los anexionistas ganaron la gobernación derrotando a los arquitectos del
ELA. Desde entonces, se han
intercambiado ambos partidos políticos el poder administrativo más veces que
los matrimonios de Elizabeth Taylor.
A
pesar de dichos cambios, varios elementos se repitieron sin importar el gobernante de turno. Primero, la creciente corrupción
gubernamental y el gigantismo del aparato de gobierno. Luego, el deterioro de
la retórica política y la sustitución de la economía productiva por el
“mantengo social” basado en ayudas provenientes de los Estados Unidos. Todo esto, fue a su vez agravado por la
hostilidad oficial hacia la oferta independentista, que aunque minoritaria,
ofrecía una oposición alternativa a la situación imperante. Esta actitud se reflejó tristemente en la
marginación de dichos sectores por una gran parte de la sociedad boricua que
tildaba de comunistas y otros epítetos típicos de la guerra fría a todo aquel
que manifestaba abiertamente su nacionalidad puertorriqueña.
Esta
última expresión conoció a su “Némesis” el día que Borinquen parió al más
notorio de todos sus montes, “El Cerro Maravilla”. El 25 de julio de 1978, un grupo independentista clandestino,
llegó a dicha montaña con la intención de sabotear unas antenas retransmisoras
de televisión. El grupo de tres
jóvenes, no portaba armas y planificaban pegar fuego a unos tanques de presión
que permanecían en el lugar.
Dos
de los jóvenes desconocían que un agente encubierto los acompañaba simulando
ser uno de ellos. Este agente a su vez,
había coordinado una emboscada con la División de Inteligencia de la Policía de
Puerto Rico. Para mala fortuna los
saboteadores, la policía los detuvo y los ejecutó en el lugar estando ellos
arrestados de rodillas. La oposición
política independentista y los familiares de las victimas acusaron públicamente
al entonces gobernador Carlos Romero Barceló, (anexionista) y otras figuras de
su gobierno por la planificación y el eventual encubrimiento de los hechos.
Dos
Secretarios de Justicia y varios fiscales exoneraron de responsabilidad a los
policías aunque abundaban interrogantes y discrepancias de todo tipo. Por mas de dos años la prensa alternativa y
distintos grupos de presión de la isla denunciaron enérgicamente hasta lograr
un compromiso de la oposición autonomista para reabrir la investigación si
estos regresaban al poder. En 1980, en
una confusa elección y por muy pocos votos el Gobernador Romero retuvo su
puesto pero perdió eventualmente la mayoría
legislativa.
El
Senado de Puerto Rico liderado por la oposición autonomista, efectuó una
extensa vista senatorial transmitida en vivo por radio y televisión. Decenas de agentes policíacos, oficiales del
gobierno y peritos de todo tipo desfilaron por el estrado compuesto por una
representación senatorial de cada partido. Ante prolongados interrogatorios y
una abundante evidencia, los involucrados se atrincheraron en sus coartadas
muchas veces apoyados por algunos senadores anexionistas que apelaban a todo tipo
de recursos para obstruir la investigación.
El
índice de audiencia llegó a su punto más alto la misma noche en que uno de los
policías cardinales cayó vencido ante su propio remordimiento y cantó como un
ruiseñor. Prontamente varios de los
agentes solicitaron inmunidad y comenzaron a declarar crudamente todos los
detalles sobre la ejecución y sus motivos.
Lo
más impactante no fueron las innumerables lagrimas derramadas parte los
acusados, los familiares de las victimas y los propios senadores ante la
atrocidad de la verdad. Tampoco fue la
profunda trascendencia del desmenuzar aquel encubrimiento oficial que incluía:
omisión de evidencia, alteración de testimonios e intimidación a testigos. Sin restarle impacto a lo anterior, puedo
decir que los mas que conmocionó al pueblo puertorriqueño fue conocer de los
propios ejecutores, sobre décadas de prácticas secretas del aparato
gubernamental que sistemáticamente fueron implementadas para infiltrar,
desacreditar y desestabilizar organizaciones y ciudadanos particulares que
manifestaran tendencias nacionalistas.
Los
pecados capitales de la División de Inteligencia de la Policía fueron: la
plantación de evidencia falsa y el eventual arresto de inocentes, actos
terroristas violentos contra personas y entidades con el propósito de culpar a
la sedición y la inconstitucional práctica de crear abundantes expedientes a
miles de personas que comulgaban con el ideal independentista. Entre los remedios que se establecieron
puedo mencionar: el encarcelamiento de los asesinos, cómplices y otros
perjuros, el desaforo de fiscales, técnicos forenses y ministros de justicia
involucrados y el desmantelamiento de la tenebrosa División de Inteligencia y
sus desafortunadas prácticas.
Poco
después se abrieron otras vistas senatoriales sobre el papel que jugaron altos
funcionarios del gobierno, incluyendo el propio Gobernador Carlos Romero
Barceló. Estas segundas vistas fueron infructuosas en su propósito de
demostrar, fuera de toda duda, su directa participación en la planificación de
los asesinatos. Sin embargo, después de
las primeras vistas, el pueblo de Puerto Rico ya era de por sí: menos incauto,
mas tolerante, mejor informado y un tanto más liberado. Liberado, y espero que por siempre, del
ominoso estigma de impugnar nuestra propia condición de Nación Puertorriqueña.
Hoy
han transcurrido mas de 20 años desde aquella calurosa tarde de un 25 de julio
en que un confundido pueblo caribeño, a través de su propia intolerancia,
tropezara con su propia verdad. Desde
entonces, millones de boricuas en la isla y desde otras comarcas cargamos con
mas orgullo y menos temores nuestra idiosincrasia puertorriqueña. Condición o bendición que cala mas profundo
que cualquier ideología política y vive más allá de nuestras propias costas. Cada vez más atletas, artistas, políticos y
demás ciudadanos oriundos y de segundas generaciones boricuas repetimos lo que
hace poco la Honorable Gobernadora de Puerto Rico, Doña Sila Maria Calderón
expresó enérgicamente en su discurso inaugural; “¡Somos
Puertorriqueños Primero!”.
Los
retos de la menor de las Antillas Mayores y su pueblo son hoy tan grandes como
hace 100 años. Vieques sigue bajo el
asedio de bombardeos de la marina de guerra americana. El dilema del estatus político no ofrece una
solución temprana o simple mientras el silencio de la parte acreedora de la
ultima resolución sigue siendo inminente.
Sin
embargo, hoy, Puerto Rico es un pueblo mucho mas maduro, más consiente de sí
mismo y más feliz de serlo. Todo esto
sin haber perdido su capacidad de pueblo evolutivo en armonía con los más altos
valores de la expresión humana. Para
mí, de por sí, eso es suficiente argumento para una fiesta. Así que secundo otra vez lo que pregona
Facundo Cabral, “La vida es una
fiesta y la puerta está abierta”.