Amada Patria;

 

Por primera vez, te hablo en segunda persona.  Me dirijo a ti, en la misma forma en que se le habla a Dios y a los seres de los que moran en el espíritu.  Tengo tanto que decirte pero no quiero agobiarte.  De agobios y desengaños ya tienes suficiente.  Hoy te traigo una noticia que entiendo debes conocer de primera mano.   Un inquieto designio que revolotea en mis desvelados sueños.

 

A partir de muy pronto me integraré a los millones y tantos mil de tus hijos que pueblan otras tierras.  Me convertiré, por algún tiempo, en parte de la diáspora boricua que en su lejana separación, te recuerda y te quiere.  Desde el ajeno frío, haré gala de nuestro espíritu emprendido e indómito que no conoce de latitudes y no entiende de límites fronterizos.  Me voy a sembrar mis ensueños en norteñas tierras.  De eso ya tú sabes.  Marcho buscando rendir la efímera oportunidad que la vida  presenta.  No es que contigo esté huérfano de oportunidades.  Al contrario, de todo lo que me has dado; no me puedo quejar. 

 

En ti he nacido, he crecido y he vivido abundantemente.  Tus lecciones las he aprendido y aplicado muchas veces.  Me enorgullezco de ser uno de tus hijos que te llaman por tu nombre,  Borinquen.  Un descendiente de la inmensa prole, que a pesar de contradicciones e infamias, te conoce como nación y te quiere como única patria.  Quiero que sepas que con ese mismo fervor peregrinaré por mí camino.  Y cuando pregunten, que de dónde fluye ese ánimo impetuoso que trabaja a manos llenas mientras grita inquiriendo un porqué a la vida, afirmaré, que provengo de un amplio continente tropical, poblado de coloridos espartanos caribeños y que comúnmente se conoce como Puerto Rico. 

   

De mí no te olvides, porque algo de ti siempre estará conmigo. Cuídate de quienes no reconocen el privilegio de ser cobijados en tus tibios cielos y desconfía de los que en su matemática oportunista mercadean  nuestra dignidad en dosis demagógicas.  No te rindas, persevera en la soberanía.  Exige esa prenda usurpada recordando nuestra cita con el destino.  Mantén tu verdor sano y esbelto para las generaciones venideras.  Guárdame un rincón campestre de vírgenes montes para compartir junto a ti en los amaneceres de  mi otoño.  Pero, si por las vueltas del azar, se vence mi último soplo en tu ausencia, recibe mis recuerdos arropados en tu bandera.  Compláceme con un paraje bajo la florecida sombra de un robusto flamboyán donde cobije mi alma en su morada final.          

 

Amada Patria, dame tu bendición, para que cuando mi andar se cumpla por aquellos lugares,  pueda yo regresar basto en experiencias y satisfecho de la jornada. .  Nos veremos cuando Dios así lo permita.

 

Tu hijo;