
Homenaje a Bernardo
Hay tres faenas arduas en la
vida:
ser hijo, ser padre y perdonar
A veces dudo un mudo en repetir esta
historia aunque amerita nunca olvidarla.
Nunca olvidarla y cuando digo nunca es nunca ni siquiera un instante. Esta historia que a pesar de ser de huérfana
de desenlaces es una guía silvestre de quienes la revivimos. Hoy se cumplen diez años de la consumación
de mi relato pero todavía siento el calor de sus manos en mis manos, su mirada
derramando un discurso de ternura y el dilema de sus recuerdos.
Como muchos de ustedes saben, Bernardo
fue mi padre. Y cualquiera diría que eso me sentencia a hablar de él en una
forma sesgada y empapada de subjetividad.
Yo no vengo a debatir eso. Yo
solo quisiera relatar el acontecimiento más enigmático que jamás he
vivido. Lo contaré como mejor me
permita la memoria y resistiendo cualquier juicio a sus huellas por mi vida.
Quizás todos ustedes recuerdan a
Bernardo Santana Marín como un hombre impetuoso y ensimismado. Yo me acataré a los hechos y ustedes si
quieren denunciarán quien fue Bernardo.
Comenzaré mi relato describiendo mis vivencias con él por los últimos
dos años antes de su partida. Para
aquellos que no pueda dar crédito a mi relato, aquí están mi hermana y mi madre
que con gusto darán fe de mis palabras.
Comencemos pues.
Tenia yo dieciséis años cuando aquel
divino verano se aproximaba vertiginosamente.
Regresaba yo de la escuela para encontrarme con aquella escena tan
habitual. Antes de abrir la puerta del
frente de mi casa podía escuchar su ronca voz y sus roncas palabras. Solo mi perro Merlín me recibió al entrar a
la casa. Su coleteo de labrador rubio y
sus reverencias a mi llegada me revelaban que no me había equivocado de casa,
por no decir de hogar.
Mi madre sólo me dijo que yo había
llegado muy temprano o que el día se había ido muy rápido. Tina, mi hermana dos años mayor que yo,
caminaba de la cocina a su cuarto con un emparedado y una soda cuando me vio
llegar. Ella me prestó su opinión de
aquella tarde con una mirada fruncida y ademanes negativos de cabeza. Sobraron las palabras. Era el show de Bernardo y yo acaba de llegar
para actuar mi parte. Para mi suerte o
desgracia, mis líneas no eran mayores que las de mi madre que escuchaba callada
sus odiosos enojos.
“¡Que mierda! Aquí nada sirve. Te dije
o no te dije que eran unos pendejos los tipos de la compañía de Satélite
TV. Si no fuera por el record médico
diría que los tiraron al trasto cuando nacieron y criaron la placenta. Son unos come excretas.”
El tema de Bernardo aquel día azotaba
sobre la antena satélite recién instalada.
Según mi padre, el equipo fue incapaz de reproducir en diáfana imagen
cinco canales que la señal del televisor.
Aunque sus exabruptos no requerían de la menor provocación, la dichosa
antena sonaba como la cruzada perfecta.
Lo peor de todo el asunto era su animosa aversión capaz atropellar la
sensibilidad de un rinoceronte. Aquello
continuaba sin dar signos de recato.
“Para lo que cobran y para lo poco que
hacen deberían fusionarles los cerebros para ver si de la mutación sale uno que
sirva para instalar un satélite como manda el jodido manual. Y tú mujer, la próxima vez que venga un
mamao de esos no le des tanta charla ni les ofrezcas café y dedícate a
verificar que la instalación tan siquiera sirva. Yo no lo puedo hacer todo aquí”.
Terminando esas palabras, Bernardo pasó
por la antesala y se percató de mi presencia que no le pareció agradable
tampoco. “Hola Bernardo”, le
dije antes de continuar por las escaleras a mí habitación.
“Hola de que carajo. Deja de tocar ese apestoso perro y vete a tu
cuarto a estudiar a ver si te haces un hombre de billetes algún día y no te
tienes que casar con la mujer más lenta del planeta como me pasó a mí. Cuando te metas en tu cueva me haces el
favor de mantener tu mierda de música bajo control que ya estoy bastante
encabronado. A tu hermana también le di
su dosis de electro shocks para que se ponga una camisa un poco menos
puta. A mi no me importa que tenga
dieciocho, se endereza o le pinto veinte dedos en la cara.”
Yo no sé porque mi madre le aguantaba
tanta insolencia a Bernardo. El dinero
aunque era sustancial no llegaba al banco como debió haber sido. Durante esos últimos años yo no vi un grano
de cariño, una noche romántica o una conversación de amor por mi casa. Quizás ella se casó demasiado joven o esperó
mucho para salvar un trazo de auto estima.
Tina por su parte le robaba los cigarrillos a Bernardo y de vez en
cuando una botella de esto o aquello.
Mi hermana nunca dijo nada pero yo sabia de otras fuentes que se fugaría
con su novio tan pronto terminara la escuela ese año. A mí me quedarían dos años mas de esa novela de latigazos
verbales hasta que me pudiera enlistar en las filas del ejercito. Por lo menos allí pagan.
Amargamente todavía recuerdo cuando
Bernardo sostuvo una discusión de dinero con mi madre. El muy sádico no lo pensó dos veces para
arrojar toda la comida de la despensa y el refrigerador en la basura y verter
veneno de insectos dentro del recipiente.
Vociferaba que pasaríamos hambre por todo un día para que supiéramos que
sin su dinero sufriríamos irremediablemente.
Su morbidez llegó al extremo de comprar un canasto de pollo frito y
devorar un par de piezas sentado frente al televisor mientras nosotros lo
observábamos. Al terminar su tortura,
arrojó las otras piezas al trasto de la basura de la cocina. De allí, mi madre las sustrajo y las
repartió entre nosotros como si nada hubiese pasado.
Para Bernardo, tanta barbaridad, tantos
resentimientos eran las enseñanzas de una niñez muy dura, un padre abusivamente
dominante y la universidad de la calle como él decía. Profesionalmente, Bernardo era el vendedor estrella de una línea
de calmantes narcóticos de gran demanda.
Sus innumerables fines de semana en su lancha de pesca, acompañado de
médicos, clientes y potenciales, le servían de gancho a sus fructíferos
negocios. Su lancha era su todo. No lo pensaba dos veces para vender su alma
por pasar otra tarde de juerga con sus amigos médicos y sus queridas amiguitas
en su lancha de 30 pies de eslora bien llamada; “Vive tu vida, no la mía”.
Era habitual que Bernardo nos estrujara
las demandas de su lancha sobre nuestras propias necesidades. Para colmo, mi madre le tenía que preparar
la lancha durante la semana para que él la abordara el sábado en la
mañana. Sin recatos le decía.
“Espero que me le hayas llenado el
tanque bien que la última vez lo dejaste a mitad. Esa lancha es la que trae las habichuelas a la casa. De no ser por ella, tu tendrías ni lo que
llevas puesto y estos cabezones estuvieran descalzos. A mi no me importa si falta leche o pan aquí, el tanque y la
nevera de la lancha deben estar llenos cada sábado”.
Al llegar a mí cuarto cerré la puerta
sin cerrojo y arroje mi mochila al suelo.
Mi cuarto siempre fue un refugio de los vaivenes de mi juventud. Me embelesaba su ventana porque me permitía
husmear las otras casa del vecindario desde el segundo piso. Mi escritorio estaba ubicado mirando de frente
al marco de aquel universo de cristal transparente.
Encendí la música a medio volumen y
abrí la ventana para que entrara un poco de mas de aire. Procedí con la rutina de llegada y busqué
una muda de ropa interior fresca. Ya me
había quitado los pantalones para proceder a tomar un baño cuando de repente la
puerta del mi cuarto sé abrió sin aviso.
Era Bernardo que impetuosamente continuaba balbuciendo sobre la antena
del televisor.
“Si uno quiere que algo se arregle debe
hacerlo uno mismo. Nadie sirve para
nada si no le pones un buen billete en el bolsillo. Total que cualquiera diría que es tan difícil orientar una
pendeja antena hacia el sur. Tiene que
venir un marinero de experiencia como yo para darle clases de donde carajo
queda el jodido sur.”
Bernardo apagó el radio y comenzó a
mirar hacia la ventana mientras se hablaba a sí mismo. Por casi un minuto, ni se percató que yo
estaba en la habitación. Permanecí
parado allí, en calzoncillos, escuchando su letanía. De repente, él sintió mi presencia y dirigió sus cañones hacia
mí.
“Y que carajo haces tu ahí medio
desnudo mirándome. Te dejas de paterias
y te pones un pantalón que yo voy a estar entrando y saliendo de aquí por un
rato. Voy a arreglar esa entena y
necesito salir por tu ventana para subirme al techo. Le enseñaré a todo el mundo y especialmente a ti Junito, que si
algo quieres, lo debes hacer tu mismo.
Es mas, por ser hoy tu día de suerte, te voy a dar una lección de la
vida absolutamente gratis. Escucha bien
mis palabras que te servirán para entender el juego.
La vida es una pendejada. Eso es así porque la gente es una mierda y
no saben un carajo. Por lo tanto, gente
como tú y como yo debemos olvidarnos de los demás y comenzar a vivir por
nosotros mismos. Después de todo lo
único que importa en el juego no es ganar sino hacer al contrario perder. Después aprenderás, por ahora lo único que
importa es que esa antena churrienta está mas perdida que un cangrejo bizco.
Sin mas gratuitas enseñanzas, Bernardo
sacó su paquete de cigarrillos y procedió a servirse uno. Lo encendió e inhaló profundamente antes de
brindarme una sonrisa burlesca. No muy
hábilmente se sentó en mi escritorio y apretó el cigarrillo entre sus labios
para proceder a salir por la ventana.
Su primer paso era de alrededor de dos pies hacia la azotea de la casa
que tenía una inclinación de algunos 30 grados. Desde la azotea habrían algunos 25 pies de caída libre hacia el
piso de concreto.
Me quedé observando su testaruda misión
hacia la célebre antena mientras me ponía de nuevo los pantalones. No tardó mucho en escalar al techo y
desaparecer de mi vista. Todavía el
humo merodeaba por mi escritorio cuando decidí sentarme a esperar que Bernardo
terminara. Desde mi escritorio
escuchaba sus pasos sobre el tejado además de las palabrotas que arrojaba
indiscriminadamente por su boca. De
repente hubo un extenso silencio de algunos treinta segundos. El sosiego fue interrumpido por una
secuencia inesperada.
“Voy a mover esta jodida antena,
arrrrr! Asi sea lo ultimo que haga
AARRRRR! Muévete coño, Te mueves o dejo de ser Bernardo Santana, Vamos
ArrRR! Vamos Antena de la Mierda AAARrr! Ay, Ay, Ay Coño, NOOO! NOOOO! CooooñOOOOO!!!!!”
Desde mi asiento lo vi pasar en su
catarata de maldiciones camino al suelo.
Lo siguiente fue un sonido similar a cuando uno tira una bolsa de basura
al suelo. Entonces el silencio volvió a
reinar. Permanecí sentado con la boca
entre abierta por algunos segundos. No
podía dar crédito a mis sentidos.
Lentamente me levanté para asomarme por la ventana hasta divisarlo en el
suelo. Su cuerpo estaba contorsionado
mirando hacia arriba. Cerca de su cuerpo estaba su cigarrillo que todavía
humeaba. Sus ojos permanecían cerrados,
su boca lucia abierta y en su mano derecha sujetaba todavía la antena satélite
de pie y medio de diámetro.
Cuando pude reaccionar, salí corriendo
del cuarto, bajé las escaleras de tres brincos y corrí a la cocina. Allí, mi madre conversaba con alguien por
teléfono. Le relaté desesperadamente la
suerte de Bernardo pero ella no me prestó mucha atención. Solo me contestó que quien lo había mandado
a estar con esos desesperos y continuó hablando por teléfono. Tuve que engancharle la llamada y repetir lo
sucedido añadiendo que Bernardo estaba
muerto en el suelo.
Mi madre salió de la cocina, no sin
antes apagar una hornilla que estaba usando para cocinar la cena. Según fue interiorizando la gravedad del
asunto, apretó la marcha y salió hacia el patio dejando la puerta abierta. Detrás de ella salimos el perro y yo. Tina escuchó mi conmoción desde su cuarto y
salió detrás de nosotros con toda calma.
Cuando llegué a su lado, mi madre
permanecía de pie tapándose la boca con la mano. Con una voz muy tímida, repetía su nombre como si tratara de
despertarlo, “Bernardo, Bernardo, Bernardito”. Yo no le distinguí respiración u otras señales de vida. Mi hermana lo miró a la cara en un silencio
de expresiones y retiró su vista hacia el otro lado. Al percatarse del humo que surgía desde el suelo, Tina recogió el
cigarrillo de Bernardo, le saco la tierrilla y
procedió a fumarle un par de jaladas.
Merlín fue el único que se atrevió a
tocarlo. Primero lo olfateó por
distintas partes del cuerpo y luego procedió a acercársele a la cabeza. Allí, sin encomendarse a nada, procedió a
ejecutar su magia canina introduciendo su babosa lengua dentro de la oreja
izquierda de Bernardo. Después de
varias profundas lamidas, el milagro de la saliva del perro aconteció.
Bernardo emitió un gemido que nos disipó
la incertidumbre de su muerte. Mi
hermana no emitió emoción alguna pero yo sentí cierto alivio. Luego se oyeron otras lamentaciones y
algunos balbuceos. Movió primero la
cabeza y reveló una copiosa mancha de sangre en el suelo. Mi madre por fin se arrodilló a su lado y
comenzó a ayudar colocándole el trapo de la cocina en la herida. Verificamos que no tuviese extremidades
rotas y comenzamos por sentarlo en el suelo.
Después de varios minutos sentado, Bernardo seguía sumamente
aturdido. Entre mi madre y yo, lo
levantamos y con mucha dificultad lo ayudamos a caminar hasta dentro de la
casa. En la sala, lo acostamos en el
sofá principal frente al culpable televisor.
Desde allí, Bernardo comenzaba a dar
muestras de volver en sí aunque no del todo.
Mi madre se dirigió a la cocina.
Ella comenzó a escarchar hielo del refrigerador para ponerle en la
cabeza. Mi madre mencionó de llevarlo a
emergencias medicas para que lo chequearan y le sacaran placas de rayos X. Entonces algo paradójico sucedió desde la
ronca voz de Bernardo.
“Señora no se moleste, que ya han hecho
mucho por ayudarme. Quiero que sepan
que les estoy muy agradecido por toda la atención que me han dado. Por favor, yo no debería ser mas molestia
para ustedes.”
Yo me tuve que reír de tal ironía pero
mi risa duro poco. Sorprendido quede al
percatarme de que Bernardo miraba fijamente la parte baja del cuerpo de mi
madre que husmeaba por hielo en el refrigerador. Al darse de cuenta que yo lo observaba me pregunto con inocente
disimulo.
‘Se ve bien la doña, digo se ve
saludable de piernas. ¿Quién es ella, tu mamá?
Yo le ratifiqué con la cabeza y esperé
por su reacción. No sería la primera
vez que Bernardo nos enredara a todos en una de sus insensatas
manipulaciones. El adolorido hombre
continuó su aparente charada de manera muy pausada y convincente.
“Tu padre debe estar orgulloso de ella
y de ti también me imagino. Ustedes se
han portado muy bien conmigo. Ahora
solo quisiera sentirme mejor para volver a mi casa. Por cierto que lindo perro, me gustaría tener uno así algún día.”
Le sonreí y no le contesté nada. Pausadamente me levanté y fui a la
cocina. Le proporcioné los detalles a
mi madre y estos no le parecieron nada graciosos. Ella me mencionó que Bernardo tenia un sentido muy morboso de
burlarse de nosotros y que le siguiera la corriente hasta que se cansara del
chiste. Me dio el hielo que llegó a
escarchar y entre otras cosas me dijo.
“Si quiere tomarlo a chiste ese es
problema de él. Yo le ofrecí llevarlo
al medico y el no quiere. Tu sabes cuan
testarudo es ese hombre. Así que
atiéndelo tu que yo me voy a dar un baño para ver si se me quita el susto. No es que yo sea una interesada pero tu
sabes que Bernardo no tiene ni un seguro de vida y yo no trabajo desde hace
mucho tiempo. Ve y ayúdalo pero no
dejes que se trepe al techo de nuevo.
Después de bañarme voy a llamar la compañía de satélite televisión para
que vuelvan a reparar el desastre que hombre ha dejado.”
Sin mas ni menos, mi madre se marchó a
la segunda planta con destino a un tibio baño y me dejo con el asunto a
mí. Yo no quería abandonar al viejo a
su propia merced porque era capaz de encaramar al tejado de nuevo. Sin mucha fanfarria le dije.
“Mira Bernardo, Mami va a arreglar lo
del satélite después de darse un baño y tu necesitas atención a ese golpe. Esa fue una reventada bien fea y estás vivo
de milagro. Nos diste tremendo susto. Porque no mejor te lavas eso y te llevamos
mas tarde al médico para que te den un chequeo. Bueno, tu decides, es tu cabeza no la mía.”
Al escuchar mis palabras, Bernardo se
sentó en el sofá y me miró confusamente.
Con cierta vergüenza en sus palabras me volvió a decir.
“Mire joven, dígale a su mamá lo mucho
que le agradezco el favor. Pero por ahora,
lo único que quiero es regresar a mi casa y tomar un descanso por un par de
horas. Después decidiré que hacer. No quiero ser mas molestia aquí aunque tengo
otro problema. No me acuerdo donde vivo
y me siento como si estuviese soñando.
No recuerdo algunas cosas y me
duele mucho la cabeza. Dígame como
llegar a mi casa y yo me ocupo del resto.”
Para hacerles el cuento corto, Bernardo
alegaba que se había enterado en ese momento de que él vivía con su familia en
aquella casa. Eran nuevos para él también
los hechos de que yo era su hijo, que su hija mayor estaba en su cuarto y que
el mejor lugar para tener un buen descanso era su cama en el segundo piso. Yo seguía en la duda. Pensé que aquello era otra de sus parodias
de mal gusto. El accidentado hombre no
tenía muchas ganas de argumentar, así que cedió a mis explicaciones con la boca
entre abierta. Solo me preguntó un par
de cosas.
“Si tu dices que soy tu padre, ¿Por qué
me llamas Bernardo?
Le contesté, “Porque tu dices que
esa es la forma que se te debe respetar.”
Bernardo ripostó, “Eso no está bien,
a tu padre lo debes llamar Papá o algo así.”
La segunda pregunta fue, “¿Estas
seguro de que la señora que subió a darse un baño es mi esposa?”
Al yo contestarle que sí, Bernardo se
incorporó en sus pies y comenzó a caminar pausadamente. Con mi ayuda, subió los primeros escalones
pero pidió que lo dejara subir por sí mismo.
Luego entró a su cuarto y yo me fui a la cocina a buscar no sé que. Pasaron unos minutos, cuando mi madre
apareció a mi lado con una cara aterrorizada, chorreando gotones de agua tibia
y vestida únicamente con su bata de baño.
Le pregunté que le ocurría y ella me narró temblorosamente.
“Bernardo entró al baño cuando yo me
estaba sacando el champú del pelo y yo no me percaté. Cuando abrí los ojos, él había corrido la cortina de baño y me
estaba mirando de arriba abajo y sin decir nada. Tenía una cara muy rara.
Estuvo allí parado como un minuto.
Entonces se me acercó poco a poco hasta casi rozarme con el cuerpo y me
dio un beso en la boca muy suavemente.
No me acuerdo cuando fue la ultima vez que Bernardo me había besado
así. Yo estaba petrificada. Cuando terminó de besarme, me miro a los
ojos y me dijo que yo era la mujer más hermosa que él jamás había visto. Luego salió lentamente del baño, se tiró en
la cama y quedo dormido al instante.
Estoy asustada, no sé que le pasa a Bernardo. Parece que la caída lo ha dejado mas loco de lo que estaba.”
Bernardo durmió toda aquella tarde y
toda la noche. Mi madre, Tina y yo nos
sentamos en la sala a conversar lo ocurrido.
A falta de señal de televisión, elaboramos complicados escenarios donde
Bernardo nos corría su teatro por maquiavélicas razones. Tina no daba crédito de nada relacionado con
él. Mi madre seguía tan asustada que se
fue a dormir con Tina aquella noche. Yo
le sugerí a ambas que esperáramos al otro día para observar cuando él se
levantara a trabajar para ver su actuación.
Si algo transmutaba a Bernardo en un ser compulsivo era su posesiva
manera de dirigirse a trabajar.
Al siguiente día, me levanté un poco
tarde para ir a la escuela. Algo estaba
ausente de aquella mañana. No escuché
las quejas ni los improperios que cada día me despertaban a la usanza de mi
casa. Pregunté si Bernardo se había ido
a trabajar y mi madre me indicó que él seguía durmiendo. Me senté a desayunar con mi madre y Tina
antes de partir para la escuela.
Estábamos terminando con el café cuando escuchamos a Bernardo entrar al
baño del pasillo. Era algo muy raro que
no usara el baño de su cuarto como de costumbre. De allí salió un tanto desorientado y comenzó a bajar las
escaleras muy lentamente. Todos
guardábamos silencio pero no le quitábamos los ojos de encima.
Bernardo pausó de caminar y se sentó en
el penúltimo escalón de la planta baja.
Vestía la misma ropa del día anterior y todavía le manchaba la cara un
poco de sangre seca. Nos miro con
cierta lejanía hasta que fue interrumpido por Merlín que lo saludaba de rabo
batiente. Mi perro nunca había
simpatizado con mi padre y mucho menos se interponía en su camino por las
mañanas. Bernardo lo miró levemente
sonriente, le puso su mano sobre su frente y a los pocos segundos lo abrazaba
por el pescuezo. Nosotros permanecíamos
mudos. Nadie se atrevió a interrumpir
la escena.
Mi madre nos indicó que ya era hora de
irnos a la escuela. Todo apuntaba a que
mi padre se tomaría el día por enfermedad o algo así. A esa hora, Bernardo estaría en su oficina muy acicalado y
despachando un desayuno cortesía de la compañía. Marché junto a mi hermana a eso de las ocho menos cinco. Nadie se despidió de nadie. Le comenté a Tina que guardaba ciertos
recelos sobre la seguridad de nuestra madre al quedarse allí sola con
Bernardo. Ella no hizo declaraciones al
respecto. Los dos sentíamos que ciertas
vibraciones en el ambiente no enganchaban con la realidad común de nuestra
casa. Aún así nos fuimos introvertidos
a la escuela.
Al terminar el día escolar, regresé a
mi casa con la misma curiosidad que me había marchado aquella mañana. El primero en recibirme fue Merlín como de
costumbre. La casa parecía demasiado
apacible para ser la nuestra. De la
cocina escuché murmuraciones y me dirigí a ver que sucedía. Mi sorpresa fue grande cuado encontré en
ella a Bernardo fregando los trastes junto a mi madre y riendo de forma muy
jovial. Sin que yo dijese nada,
Bernardo, soltó los platos, se me acercó y me saludó extrañamente.
“Hola hijo, ¿Cómo te fue en la escuela
hoy? Tu mamá me dijo que tu yo nos
llamamos igual. Ella también me dijo
que tu hermana es Tina y que el perro se llama Merlín. Estuve dando vueltas por
la casa y mirando fotografías casi todo el día. Luego ayude a tu madre en algunas tareas. Ella es una mujer maravillosa y muy
cariñosa.”
Yo quedé enmudecido y no sabia si
reírme o llorar. Mi madre exhibía una
sonrisa reluciente mientras continuaba secando los platos. Hasta la voz de Bernardo ya no parecía tan
ronca. La conversación continuó en un
giro más inaudito aún.
“Tu madre me ha contado también que yo
trabajo en la venta de medicinas pero no entiendo bien que es lo que yo
hago. Ella dice que me pagan por
visitar a los médicos y convencerlos de que usen una versión más potente de
Fluoxetin. Yo sé que eso es un calmante
que se ha usado por décadas pero también sé que tiene terribles efectos
secundarios. Es mas, también puedo
decir que un noventa y cinco por ciento de los usuarios de esa droga, pudiesen
tener los mismos efectos con tan solo cambiar ciertos estilos de vida. Lo que no sé es porque me pagan para
recomendar semejante narcótico.”
Luego de eso tuvimos una larga
conversación en la que pude corroborar la amnesia de mi padre. Estuvimos conversando aquella tarde más
extensa y profundamente que nunca antes.
Bernardo me preguntaba de todo y sobre todo tenía algo que aportar. Hablamos de mí, de su salud, de la familia,
de Tina, de mi madre, del perro y de la casa.
Sin embargo, mi madre me sacó aparte
por unos minutos y pidió un gran favor.
Ella me hizo prometer, que por mas que Bernardo preguntara, yo no le
mencionaría su lancha de pesca y sus amigotes.
Mi madre me pidió ocultar además, la existencia de media docena de
botellas de escocés que ella misma recién había derramado en el fregadero. Por mi parte yo también le mentí a Bernardo
cuando me preguntó si por casualidad él fumaba y si nosotros éramos felices
junto a él. Su amnesia a todas luces
era una bendición. Mi madre y yo no
estábamos determinados a no dejar pasar la oportunidad de comenzar de
nuevo.
Mas tarde llegó la escéptica de mi
hermana y le preguntó como le quedaba la diminuta camisa que llevaba
puesta. A tal pregunta Bernardo
contesto, “¡Preciosa! A ti todo te debe quedar muy bien.” Tina sonrió y me dijo en voz baja, “Esta
loco, no lo vayan a dañar.” Al
término de esa noche, mi madre le echó el brazo por el hombro a Bernardo y le
secreteó unas picaras palabras.
Bernardo sonrojado le devolvió otro secreto y ambos se fueron a la cama
temprano.
Al día siguiente Bernardo no fue a
trabajar y por resto de la semana tampoco. Como cuestión de hecho, nunca volvió a ese trabajo. Alegó que no le interesaba trabajar en el
giro de la propagación de medicinas narcóticas. Por casi dos meses se dedicó a buscar trabajo en los lugares más
inusitados. Primero nos preguntó a mi
madre y a mí para ver si sabíamos donde podían emplear a un cuarentón con
amnesia severa. Luego visitó a cada
vecino de la cuadra para hacerles favores y tareas hogareñas a cambio de unos
pocos pesos. No fue hasta que uno de
los vecinos le reconoció y lo recomendó para trabajar en una tienda de
vitaminas y remedios naturales.
Con su nuevo trabajo, Bernardo comenzó
a conocer sobre las ciencias de la homeopatía, osteopatía, medicina tradicional
china, ayurveda, nutrición naturista y otros remedios de la medicina
verde. Mi madre le convenció sin mucha
dificultad sobre ciertos ajustes económicos necesarios. Entre estos cambios, Bernardo canjeó su auto
por un modelo más modesto. Luego
establecieron una distribución de suplementos vitamínicos que mi madre administraba
desde el hogar. Sin mucha dificultad,
Bernardo y mi madre se destacaron en la nueva línea de negocios y el dinero
empezó a fluir nuevamente en mi casa.
Poco después, Bernardo comenzó un
régimen de lectura sobre distintos temas progresistas y hasta rebajó algunas
veinte libras de peso. No quisiera
dejar de mencionar que dos fines de semana al mes, donaba tiempo voluntario en
la sociedad protectora de animales y en los comedores de ancianos indigentes de
la ciudad. Los otros restantes fines de
semana los dedicaba felizmente a la compartir con la familia y en las tareas
del hogar.
A los tres meses del milagro de la
antena y el perro, mi madre le confesó la existencia de su lancha. Con la mayor naturalidad Bernardo se
regocijó de la noticia y la fue a ver a la marina. Al regresar a casa, le notificó a mi madre que la había puesto a
la venta con el propósito de crear un fondo para los estudios de Tina. Al escuchar esas palabras de su boca, a mi
madre le brotaron lagrimas.
Un día llegué de la escuela y Bernardo
había regresado de su trabajo en la tienda.
Estaba sentado en el comedor con varios de sus libros y una libreta de
apuntes tamaño legal. Le pregunté que
hacia y él dijo que estaba escribiendo.
El nunca había mostrado inclinaciones hacia tal asunto, así que sentí
cierta curiosidad. Le pedí que me
dejara leer alguno de sus escritos y me mostró varias páginas de un texto en
particular. Tan pronto deslice mis ojos
sobre el material y comencé a compaginar su profundidad, sentí algo en mi
propia naturaleza. No puedo describir
la experiencia con palabras pero cada vez que releo este fragmento regreso a
aquel mismo instante.
Galletas de la fortuna
La sabiduría es una combinación de
legados naturales, experiencias existenciales, objetos mentales y vibraciones
emocionales en armonía y afinidad con la inteligencia cósmica que nos configura
en seres humanos. Esta esencia
metafísica de la sabiduría es esquiva a la síntesis y rara vez se deja amarrar
en palabras. Observamos un árbol y vemos
una enciclopedia de historia natural, oímos la risa de un niño y escuchamos a
la humanidad en su lucha evolutiva, nos acaricia la brisa y abrazamos la
vida.
Percibimos la sabiduría como un inmenso
tomo de pericias intelectuales que extraemos
desde los textos mas rebuscados para acumularlos en pergaminos que
colgamos en las paredes de nuestros despachos.
Nada mas lejos de la realidad.
La sabiduría es una experiencia efímera como la llama de una vela que
juguetea cerca de una ventana abierta.
Es una estrella fugaz que cruza nuestra clarividencia para robarnos una
sonrisa de fascinación e inocencia. Es
nuestra propia mente evocando, degustando, besando e inmolando la autenticidad
y las consecuencias de cada uno de nuestros respiros.
Quien le puede asentar palabras a
eso. Yo creo que mil descripciones son
nada al lado de una pequeña muestra de su sabor a luz. Por eso admiro a las legendarias galletitas
de la fortuna que agasajan los banquetes de sabores en los restaurantes de
comida china. Como diría Lao-Tse
sabiduría envuelta en palabras no es sabiduría, pero no dejes de vivirte la
galletita y su oportuna fortuna universal.
Lo sabio del dictamen de cada papelillo
es el alcance de su recado, es la natural sencillez de sus palabras y es su dulce
sabor al paladar espiritual. Su
fortuita coincidencia de augurios y su etiqueta de advenir a nosotros en
nuestro momento mas satisfecho, las consagran como un magistral oráculo
azucarado. Por eso estoy convencido que
la sabiduría escrita debe ser breve, sencilla, universal y profunda como el
apéndice escrito dentro de cada galletita de la fortuna. Para consumar mi punto de manera un tanto
más evidente, he aquí cincuenta de los mensajes apetecería encontrar en mis
afortunadas galletitas.
1)
Procure
que al levantarse cada mañana, encuentre con una foto de usted mismo(a)
sonriendo felizmente.
2)
Trate
de que cada día tenga su propia hermosura. El ser humano es el único animal que
acostumbra a morirse mas, los lunes en la mañana.
3)
Cuando
pase por un cementerio y sienta que alguien le dice un numero, juéguelo.
4)
Saque
tiempo para su cuerpo y su cuerpo sacará tiempo para usted.
5)
Trate
bien a sus niños que ellos decidirán la suerte de usted.
6)
Entre
cantando a su oficina cada día y procure salir cantando también.
7)
La
vida es para el que se atreve a vivirla y el amor también.
8)
Preferible
es ser poeta, enamorado y soñador que querer serlo.
9)
Procure hacer lo que su espíritu le ordene
cuando todavía el espíritu esté manifestado en
su cuerpo.
10) Una vida demasiada ocupada es una vida muy pequeña.
11) Dígame su nombre, sexo o edad, y le contestaré que está
irremediablemente equivocado(a). Mire
un amanecer y se conocerá usted mismo(a).
12) Apague la televisión cada vez que un libro lo llame.
13) La prisa constante es un desbalance existencial que trata
inútilmente de huir del aquí o del ahora.
14) El ahora es eterno y siempre presente.
15) El aquí es donde siempre has estado.
16) Después de Khrisna, Zoroastro, Lao-Tse, Kunfucuis, Pitágoras,
Sócrates, Buda, Jesús, Mahoma, Bahá'u'lláh, Ghandi, Einstein y tantos otros, seguimos tirando
piedras en Jerusalén. Dios quisiera
saber, ¿Por qué?
17) El amor y la insensatez
son frutos del mismo árbol así como el hablar o el callar son obra de los
mismos labios.
18) Hay tres faenas arduas en la
vida. Ser hijo, ser padre y
perdonar.
19) Hay tres artes universales
en el amor. Crear, evolucionar y
retornar a la semilla.
20) Cuando sientas deseos de
cantar, bailar o reír. Hazlo y no
preguntes por que.
21) Saluda y sonríe al que te mira desde el otro lado del espejo. Él tiene las llaves de todas tus puertas y
el mapa de regreso.
22) Por lo menos una vez en la vida; camina hasta llegar a la otra
orilla, enamórate sin reservas, ignora las consecuencias y haz un milagro.
23) Pensar no es temer, así como
temer no es pensar.
24) Silvestre como los autos en
la vía, programado como la sangre en las venas, imperfecto como dos soles en
colisión o sublime como un te quiero, el amor es una paradoja, pero que
importa.
25) Si Buda, Jesús y Einstein coincidieron en pensar que el tiempo no
existe, por lo tanto interpretaban la prisa como algo inútil.
26) Querer, amar, enamorarse, compadecer, comprender, sonreír y
perdonar son opciones dulces y no engordan.
27) La abeja pica y perece, el salmón llega al río para la misma
suerte y el ego humano no sabe porque viene y a donde va.
28) Aquel que termina de crecer, ciertamente habrá muerto.
29) Aquel que se niega a jugar el juego del universo, pierde por regla
del terreno.
30) Quien es quien en la vida, no importa. Quien ama a quien en la vida, tampoco importa tanto. Lo importante es ser y amar, liberado del
quien.
31) Nadie tiene todas las
contestaciones todo el tiempo así como nadie tiene póquer de naipes en cada
jugada.
32) La diferencia entre la paz
mundial y la paz espiritual es el tamaño del ego a domar.
33) Compadece de quien constantemente habla de sí en primera persona y
desconfía de quien lo hace en tercera persona.
34) Las huellas grandes y profundas se siembran en un corazón a la
vez.
35) Para manejar los problemas de hoy hace falta saber de compasión,
para los problemas del mañana procuremos saber multiplicar.
36) Si te vas de viaje siempre lleva en tu equipaje una sonrisa, un
par de abrazos extras y palabras reconfortantes para obsequiar.
37) Si te tienes que divorciar, divórciate también de su sombra.
38) Si vas a casar, divórciate de tus sombras primero.
39) Nunca discutas con él alega portar la palabra de Dios. Evidentemente no sabe lo que está diciendo.
40) Si la humanidad sigue destruyendo la vegetación, la humanidad será
fertilizante para la vegetación.
41) La peor prisión es la soberbia y la sentencia más amarga es la
intolerancia.
42) Reírse de uno mismo es el mejor perdón que se puede recibir.
43) Andar hacia delante es
evolución, volar adelante es revolución, detener la marcha es reacción y
regresar es destrucción.
44) Todos recuerdan la garganta del cantante y las manos del
guitarrista. Sin embargo, casi nadie se acuerda del corazón del poeta.
45) La libre empresa no es tan libre, la dictadura del proletario no
es tan proletaria, la democracia representativa no representa al pueblo y
después piden que creamos en estadísticas.
46) El que escribe por encargo, miente por definición.
47) Si la afinidad es el séptimo sentido, por lo menos contamos con
catorce herramientas sensoriales.
48) Es cómodo ser soldado en tiempos de paz, convaleciente en plena
salud, filósofo desde las graderías y profeta con los bolsillos llenos.
49) Poema nuestro, que estas en el verso, cuán complicado es tu
universo, cúbrenos en tus misterios, desnuda poema los silencios, mas en la
tierra que en el cielo, no nos dejes jamás sin tu canción e invítanos a amar,
amen.
50) El que deja piadosa propina
en este restaurante le acompañará la buena fortuna de mis galletitas. – El
Cocinero -
En silencio, le mire seriamente. Habían pasado casi seis meses desde el
accidente y todavía yo no podía digerir todas aquellas experiencias. Pero como decía Tina, “Mejor ni
preguntes”. Así que le felicité
livianamente por el escrito y le devolví los papeles. Bernardo sonrió muy mansamente y me indicó que los papeles eran para
mí por ser yo la primera persona que había leído uno de sus escritos. Yo tomé
las paginas nuevamente y le agradecí el favor con un apretón de manos. Sus manos irradiaban una genial tibieza y su
mirada se podía sentir posándose sobre mí.
Bernardo, mi padre, me dio un par de palmadas en la espalda y se sentó
de nuevo a continuar escribiendo como si nada hubiese pasado.
Un sábado me encontraba solo en la casa
y me sucedió un evento similar. Entré
al cuarto de mis padres a buscar unos ganchos de ropa y me percaté de que
Bernardo coleccionaba varias paginas escritas cerca de su lugar en la
cama. No pude resistir la tentación y
me puse a ojearlos. Para mi extrañeza,
Bernardo había redactado alrededor de treinta poemas y varias prosas en sus
papeles manuscritos. Confieso que no
pedí permiso para leerlos. Aún
guardamos todos sus poemas y escritos.
El primero que quiero compartir contiene un recado muy simple y se llama
Aroma a Hogar.
He caminado el
mundo
persiguiendo
una estrella
pero en mi
propia parcela
me sobra lo que
yo busco
Una mujer de
ojos tiernos
dos briosos
chamacos
y un agite de
lado a lado
del feliz rabo
de mi perro
Al rayar el
día, un buen café
y en la tarde
un prieto guiso
no falta allí
el pan ni el vino
ni el cariño de
mi mujer
Quien lo
hubiese pensado
que después de
tanta vuelta
mendigando una
respuesta
la suerte anida
a mi lado
Otro poema que me gusta mucho cada vez
que lo visito se titula No recuerdo.
Este escrito lo encontramos mucho después de su desenlace entre papeles
estrujados que Bernardo mismo había desechado.
Mi madre lo guarda junto a todos los otros que mi padre le dedicó.
El calendario
me habla de años
pero yo supongo
que fue ayer
en que mis
tinieblas se borraron
con tu ensueño
de mujer
me quiere
confundir
pero es que no
recuerdo
mi biografía
antes de ti
será que olvidé
el recordar
o me hechizaste
para olvidar
Es que no
recuerdo
a que sabe la
maldad
no recuerdo
la cara de la
soledad
no recuerdo
la primavera
sin inocencia
y tampoco
recuerdo
un despertar
sin tu presencia
A veces
deambulo por la calle
preguntando
dónde estuve yo
tratando de
rescatar detalles
de mi
existencia sin tu amor
Quizás me has
embrujado
o se me ha
perdido el sufrir
aunque de nada
vale el pasado
si no vivo
abrazado a ti
Bernardo le preparó a mi madre muchos
otros versos y cartas durante esos dos años.
De las varias docenas que de poemas que Bernardo le obsequió, ella ha
traído hoy tres muy sencillos pero muy sentidos a su vez. El primero se llama Te consiento, el
segundo es una canción llamada Quizás estoy loco. Esta canción fue cantada por mi padre muchas
veces y siempre pensamos que era una vieja melodía. Un día le pregunté que artista cantaba ese número a lo que él me
contestó que era de su autoría. A esto
Bernardo continuó diciendo que es el milagro
lo que importa y no el santo.
Por último compartiré otro pequeño verso llamado Pretextos. Espero que los aprecien aunque sea una
fracción de lo que nosotros llegamos valorar.
Te consiento
Te consiento la
inocencia
y los domingos
tempranos
donde
despiertan tus manos