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Cada puertorriqueño es una historia.
Hace treinta y tantos años nací en Puerto Rico.
Pasaron diecisiete años antes de percatarme de la realidad de que soy un
puertorriqueño. Creo que ocurrió
en unas navidades, mientras al son de un seis, escuché a un trovador cantando décimas
que hicieron eco en mi curiosidad. Hoy
no puedo recordar aquella lírica inspirada, que entre otras cosas, relataba la
lucha de un tal Albizu. Mis pininos
estuvieron repletos de inmensas lagunas históricas e infundados complejos.
Constantemente me preguntaba… ¿Por qué la gente piensa así de sí
mismos? ¿Por que se niegan?
¿A que le temen? ¿De que
huyen? Escuché por primera vez la letra de la verdadera Borinqueña, nuestro
himno nacional revolucionario, en los predios de la Universidad.
Fue
tanta mí vergüenza cuando escuché la letra de Lola Rodríguez de Tío y quede
inmóvil de tararear siquiera una estrofa.
“Despierta Borinqueño que han dado la señal…” y yo en la
oscuridad más aterrante de mí propio contexto.
Llegué a pensar que la letra era una invención de los estudiantes de la
FUPI que cantaban con esas voces de corazón en mano.
Y al final... “!Que Viva Puerto Rico Libre!” y yo perdido en mí
desconocimiento. Llegué a casa con
la noticia de un himno nacional que no conocíamos y mi madre mi dijo que me
dejara de esas cosas de comunista y que no quería más problemas.
Pasando
mis académicos días, definí mi anhelo a los compases, de para mí nuevas
canciones; “Verde Luz”, “Oubao- Moin”
y “Monón”. A mucho
orgullo marchamos por el recinto a cantando a pulmón consignas de todos los
tipos y causas. Recuerdo los
eventos pero casi no me acuerdo de las consignas.
Regresaron Lolita, Irvin, Andrés y Rafael.
Asesinaron a Cordero, explotó Maravilla y nos revolcamos en los eventos
electoreros. Subieron la matrícula
y llegó la efervescente huelga del ochenta.
Pasé esos años entre la indignación y el amor, entre el humo y los
libros, entre la poesía patria y las realidades de la vida.
Son los años de mi vida que nunca cambiaría.
Al
terminar mis estudios me encontré de nuevo con el silencio cotidiano.
Pero mi curiosidad por encontrarme no claudicó.
Me alimenté de otras marchas y conciertos.
Saboreé veladas en el
Festival de Claridad, en el Grito de Lares y sobre todo en la Cantata Corretjer.
Los momentos silvestres de estos y otros festivales patrios han cultivado
el paladar de mi espíritu por ciertos poemas antes proscritos y escondidos.
Poesía concebida sin obtenciones comerciales y llena de las realidades
de Don Juan, el de Ciales. Versos
comprometidos y hermosos, y que hoy mas que nunca, repercuten en el creciente
vigor de los latidos de nuestra patria.
Latidos
que al ritmo la fértil música puertorriqueña, se entregan en dimensiones
insospechadas al abrazo de los versos de este hombre perseguido, patriota
entregado y poeta visionario. Cobijados
en las voces de Roy Brown, Andrés Jiménez,
Antonio Cabán y Flora Santiago, entre
muchos otros, de antes y de ahora, han
germinado en las pasiones que se nos fueron negadas por décadas.
Para mi Corretjer, desde su lugar en la historia, casi trasciende con su
verso a las gestas nacionalistas que marcaron su escabrosa vida.
Hoy percibo un crecimiento genuino de la apreciación de esos versos en
función de nuestra lucha libertaria y de la
emergente conciencia nacional.
“Boricua
en la Luna”, “En la vida todo
es ir”, “Inabon” y “Oubao Moin” se han convertido en
punta de lanza de los reclamos para que este pueblo se reconozca
naturalmente como nación. Yo diría
sin pretensiones de acuñar… “Cantamos, luego nos concientisamos”.
Nuestra lucha siempre ha sido obstruida por un discurso de baja estima y
un oscurantismo histórico impuesto al pueblo.
El valor propio y el redescubrimiento de nuestras verdades hoy nos llegan
en las perfumadas herramientas de la música y la poesía.
Todo esto sin olvidar por un instante los monumentales sacrificios y
desaventajadas luchas ejercidas, ayer y hoy, por miles de valientes puertorriqueños. Obviamente, no planteo el verso como sustituto del
trabajo y la lucha. Aunque si lo
tengo a mi haber como ente educador y como fuerza inspiradora en los momentos de
adversidad. De eso sabe Don
Juan Antonio Corretjer.
Mis inquietas experiencias me conducen a preparar este improvisado pero bien intencionado Cancionero de alma boricua. Quisiera que cada puertorriqueño en formación y que así lo desee, tenga la oportunidad que yo no tuve. Conocer en los albores de su vida, de la legitimidad de la patria y de las hazañas de Don Pedro y Don Juan. Quisiera ver a más niños puertorriqueños cantando sobre los dones que nos otorga la autoestima manejando estas verdades desde muy temprano. Y que se les anude la garganta cantando a pecho henchido… !Alabanza!… !Alabanza!… !Alabanza!